Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 11
Los pasos de Kayla se sentían pesadísimos al bajarse del taxi frente a la reja de una casa. Con los ojos hinchados y los restos de llanto aún contenidos, presionó el timbre.
Poco después, una mujer abrió la puerta. —¿Kayla? Dios mío, ¿qué te pasó? —preguntó la mujer.
Kayla no respondió; se lanzó directamente a los brazos de aquella mujer y rompió en un llanto desgarrador. El ruido atrajo a un hombre que salió de su estudio y, al ver a Kayla destrozada de esa manera, su ira casi estalló, pero se contuvo.
—¿Qué te pasó? —preguntó el hombre.
—¡Hermano! —exclamó Kayla y se abrazó a él.
Sí, Kayla había decidido ir a casa de su hermano Adrián, y la mujer era Vanesa, la esposa de Adrián.
—Adrián, quiero quedarme a dormir aquí —dijo Kayla.
—¿Por qué? ¿Tienes problemas con Arturo? —preguntó Adrián.
—Sí. Por favor, no le digas a Arturo que estoy aquí, te lo ruego. No quiero verlo por ahora —suplicó Kayla entre sollozos.
Adrián exhaló un largo suspiro mientras acariciaba la cabeza de su hermana. —Tranquilízate primero, Kay. Descansa adentro. Vanesa, acompaña a Kayla al cuarto, por favor —pidió Adrián.
Después de asegurarse de que Kayla estuviera tranquila en la habitación, Adrián se sentó en la sala con sentimientos encontrados. Como hermano mayor, sentía que habían lastimado a su hermana. Sin embargo, también sabía que Arturo debía estar desesperado buscando a su esposa, y sin que Kayla lo supiera, Adrián tomó su teléfono y envió un mensaje breve a Arturo.
^^^Kayla está en mi casa. Ven a buscarla.^^^
Por otro lado, Arturo llegó a su apartamento y se angustió al no encontrar a Kayla. —¡Kayla! ¿Dónde estás? —gritó.
Arturo buscó en cada rincón del apartamento, pero Kayla no aparecía, hasta que llegó un mensaje y Arturo exhaló un largo suspiro.
—¿Por qué tenías que irte a casa de tu hermano? Deberías haber resuelto esto entre los dos, sin involucrar a nadie —gruñó Arturo y salió a buscar a su esposa.
En menos de treinta minutos, el rugido de un motor que Kayla conocía de sobra se detuvo frente a la casa de Adrián. Kayla, que estaba recostada en la habitación, se incorporó de golpe con el corazón desbocado.
—¿Le dijiste a Arturo? —preguntó Kayla con voz temblorosa cuando Adrián entró a su cuarto.
—El problema de ustedes no se va a resolver si tú huyes, Kay. Arturo está afuera —dijo Adrián con firmeza pero calma.
Kayla salió de la habitación con las piernas temblando. En la sala, Arturo ya estaba de pie con su expresión impasible de siempre. Su aura era tan gélida que hasta Adrián podía sentir la tensión descomunal que emanaba de aquel hombre.
—Vámonos —dijo Arturo secamente al ver a Kayla. Su voz era baja, pero cargada de autoridad.
—¡No quiero! —gritó Kayla.
—Kayla, ve con tu esposo —dijo Adrián.
—No quiero, Adrián —suplicó Kayla.
—Yo no tengo derecho a retenerte aquí. Tu esposo ya te dijo que vuelvas, eso quiere decir que debes volver. Resuelvan su problema entre ustedes dos —dijo Adrián.
—No quiero, hermano —sollozó Kayla.
—Kayla, vámonos —repitió Arturo.
—¡No quiero! ¡Hoy me echaste delante de todos! ¡Dijiste que no soy competente! —estalló Kayla, con las emociones nuevamente a flor de piel.
Arturo se acercó, haciendo caso omiso de la presencia de Adrián y de Vanesa. —En el quirófano cumplí con mi deber como médico responsable. Pero ahora estoy cumpliendo con mi deber como tu esposo. Vuelves a casa ahora o te cargo a la fuerza —advirtió Arturo.
—Arturo, por favor hablen las cosas con calma —intervino Adrián intentando mediar.
Arturo dirigió una breve mirada hacia Adrián. —Gracias por cuidarla. Pero este es un asunto de mi matrimonio —dijo Arturo.
Sin esperar más respuesta, Arturo tomó la muñeca de Kayla con firmeza pero sin lastimarla. Kayla intentó resistirse, pero la fuerza de Arturo era muy superior. Con un torbellino de emociones —rabia, vergüenza y tristeza—, Kayla no tuvo más remedio que seguir los largos pasos de Arturo hasta el auto.
Durante todo el trayecto al apartamento no se oyó más que el motor del auto. Arturo aferraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Al llegar al apartamento, Arturo cerró la puerta con llave de inmediato y se giró para encarar a Kayla, que seguía de pie, temblando, junto al sofá.
—Huir de los problemas no es la solución, y mucho menos involucrar a terceros. Debimos hablar esto entre nosotros —la reprendió Arturo.
—¿Y cuál es la solución correcta? ¿Que me humillen hasta que quiera morirme? —replicó Kayla con la voz quebrada.
—¿Crees que a mí me dio gusto hacer eso? ¿Crees que no me dio miedo cuando la sangre brotó por tu error? Contuve esa hemorragia aguantándome las ganas de desmoronarme al saber que quien casi mató al paciente era mi propia esposa. ¿Sabes que si hubiera sido otra persona, ya la habría despedido sin contemplaciones hoy mismo? —Arturo se acercó hasta quedar con el rostro justo frente al de Kayla, y ella se quedó muda, porque vio un atisbo de miedo detrás de la furia de Arturo.
Arturo la miró con la respiración agitada; la ira que antes desbordaba se fue transformando en una tensión asfixiante. Soltó la muñeca de Kayla y desvió la mirada, como si no soportara ver las lágrimas que no dejaban de rodar por las mejillas de su esposa.
—¿Sabes qué, Arturo? En ese quirófano no solo temblé por el paciente. Temblé porque quería demostrarle a mi esposo que podía contar conmigo, pero tú me destrozaste delante de todos. Me da vergüenza, Arturo. Mañana ¿con qué cara me presento ante Jimena? ¿Ante las enfermeras? Todos vieron cómo me echaste como si fuera basura —dijo Kayla entre sollozos.
Arturo finalmente se giró, acortó la distancia entre ambos y atrajo a Kayla hacia su pecho. No fue un abrazo tierno y romántico, sino un abrazo apretadísimo y posesivo, como si tuviera miedo de que Kayla volviera a desaparecer.
—Escúchame bien. Nunca quise humillarte. Pero en la mesa de operaciones no puedo tener sentimientos. Cuando tus manos temblaron, vi el peligro y tuve que sacarte para poder concentrarme en salvar al paciente y en salvar tu carrera —dijo Arturo.
Kayla intentó empujar el pecho de Arturo, pero él no se movió ni un milímetro. —Si te hubiera dejado ahí con la cabeza hecha un caos y hubiera ocurrido un segundo error, no habría podido protegerte del comité de ética del hospital, Kayla. Prefiero que me odies a verte perder tu permiso para ejercer en el hospital, porque después eso tendría consecuencias fatales para tus estudios —continuó Arturo.
Kayla se quedó atónita; dejó de forcejear, aunque los sollozos no cesaban del todo. —Pero tu forma de hacerlo duele mucho, Arturo —dijo Kayla.
Arturo exhaló un largo suspiro, hundió el rostro en el cuello de Kayla y aspiró el aroma que lo había tenido angustiado cuando ella desapareció esa tarde.
—Perdón, si mi forma estuvo mal —susurró Arturo.
Esa disculpa, tan costosa y tan rara en boca de Arturo, dejó a Kayla sin palabras; ni siquiera pudo responder.
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Continuará…