Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 4 Una conversación inesperada
Seguíamos en la rumba, hablando y pasando bueno con los muchachos del hospital. La música estaba a todo volumen y el ambiente estaba bastante animado. Yo todavía tenía en la cabeza el cansancio del turno, pero esa noche había decidido olvidarme del camello por unas horas.
Estábamos conversando cuando, de repente, vi a una mesera joven que pasó cerca de nuestra mesa. Llevaba varias cosas en las manos y estaba atendiendo a los clientes de un lado para otro.
Me llamó la atención que, a pesar de estar trabajando en medio de todo ese ruido, se veía bastante concentrada.
—Ya vengo —les dije a mis compañeros.
—¿Para dónde va, pues? —preguntó Marcos.
—Voy al baño.
Me levanté y caminé por el lugar. Cuando regresé, vi nuevamente a la muchacha cerca de la barra. Me acerqué, esperando no interrumpirla demasiado porque estaba trabajando.
—Hola.
Ella levantó la mirada.
—Hola.
—Soy Xavier González. ¿Y usted cómo se llama?
—Pues, Valeska Montoya.
—Ah, mirá pues. Qué lindo nombre.
—Pues gracias.
La muchacha continuó organizando unas cosas y yo le pregunté:
—¿Qué edad tiene?
—Dieciocho años. ¿Y usted?
—Veinticuatro.
Ella simplemente asintió.
—¿Usted camella acá?
—Sí. Hay que darle con toda.
Sonreí.
—¿Y no cree que está muy chiquita para trabajar en una discoteca?
Valeska hizo una pequeña pausa.
—Pues sí está como pesado, pero me toca por necesidad. Mi abuelita está enferma y tengo que camellar para comprarle sus medicamentos.
Aquello me sorprendió.
—Ah, ya. ¿Su abuelita vive con usted?
—Sí. Ella ha estado conmigo prácticamente toda la vida. Me crió, entonces ahora me toca responder por ella.
—Entiendo.
Me quedé unos segundos en silencio. Se notaba que Valeska hablaba de su abuelita con mucho cariño.
—¿Y estudia también? —pregunté.
—Claro. Por las mañanas. Eso es de ley, porque tampoco quiero dejar los estudios.
—Eso está bien.
—Tengo que hacer las dos cosas.
—¿Y qué quiere hacer cuando termine?
Valeska sonrió.
—Quiero ser doctora.
Aquello sí me sorprendió bastante.
—¿Doctora?
—Sí.
—Mirá pues, qué coincidencia. Yo soy doctor.
Ella me miró sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Trabajo en un hospital de Medellín.
—Qué casualidad.
—Total. Entonces ya tiene claro lo que quiere.
—Desde hace rato. Sé que va a ser difícil, pero quiero lograrlo.
—Pues eche pa'lante. Si eso es lo que quiere, no deje que nadie le diga que no puede.
Valeska sonrió.
—Gracias.
—De nada.
En ese momento una persona la llamó para pedirle algo y ella tuvo que atenderla.
—Tengo que seguir trabajando —me dijo.
—Claro, tranquila.
Me aparté de la barra y regresé con mis compañeros.
Marcos me miró apenas me senté.
—¿Y usted dónde estaba metido?
—Hablando con la mesera.
—¿Y qué?
—Se llama Valeska. Tiene dieciocho años, estudia por las mañanas y trabaja acá para ayudarle a su abuelita.
—Ah, con razón está trabajando.
—Sí. Además quiere estudiar medicina.
Marcos soltó una sonrisa.
—¿También quiere ser doctora? Eso sí es coincidencia.
—Sí. Me llamó la atención que tenga tan claro lo que quiere.
Pasaron algunos minutos y volví a mirar hacia la barra. Valeska seguía trabajando.
Antes de irme decidí acercarme nuevamente, esta vez para pedirle su número y poder mantener contacto
—Valeska.
Ella se volteó.
—¿Sí?
—¿Será que me puede pasar su número? Si no hay problema.
Valeska aceptó y me dictó su número.
Lo guardé en mi celular.
—Listo. Gracias.
—De nada.
—Que le vaya bien con el trabajo y con los estudios.
—Igualmente.
Regresé con mis compañeros y guardé el celular en el bolsillo.
La noche todavía continuaba y ninguno de nosotros tenía ganas de irse todavía. Seguimos hablando, escuchando música y parchando.
Yo no sabía qué iba a pasar después de aquella conversación.
Por ahora, solamente había conocido a una joven estudiante que trabajaba para ayudar a su abuelita y que tenía el sueño de convertirse algún día en doctora.
Y, curiosamente, aquel encuentro había ocurrido en una noche que yo solamente había planeado dedicar a olvidarme del trabajo.