En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 4: Los aposentos de la prometida
Seraphina caminó por los corredores del palacio sin permitir que nadie notara el temblor de sus manos.
El capitán imperial avanzaba unos pasos delante de ella. Detrás, dos doncellas la seguían en silencio, cargando el equipaje que había traído desde su casa. Ninguna se atrevía a dirigirle la palabra.
El palacio parecía no tener fin.
Cada corredor conducía a otro más amplio, decorado con columnas de mármol negro y lámparas doradas. En las paredes colgaban enormes tapices que representaban batallas antiguas, coronaciones y criaturas aladas que Seraphina no reconocía. En todos aparecía el mismo símbolo: una rosa dorada rodeada de espinas.
Seraphina sintió que aquel emblema la perseguía.
—¿Siempre está tan silencioso este lugar? —preguntó.
El capitán no se volvió.
—El palacio imperial no es una aldea.
—En mi aldea las personas hablan.
—Aquí también. Solo saben cuándo deben guardar silencio.
Seraphina apretó los labios. Estaba a punto de responder cuando el capitán se detuvo frente a unas puertas altas de madera oscura.
—Estos serán vuestros aposentos.
Las puertas se abrieron.
Seraphina entró y quedó inmóvil.
La habitación era más grande que toda la casa donde había crecido. Tenía una cama cubierta por telas color marfil, cortinas doradas, un balcón de piedra y una chimenea encendida aunque la noche no era fría. Sobre una mesa había frutas, dulces y una jarra de agua perfumada con flores.
Todo era hermoso.
Todo parecía preparado para una princesa.
Y, sin embargo, Seraphina solo pudo pensar en una jaula.
Se acercó al balcón. Desde allí podía contemplar una parte del jardín imperial. Los rosales se extendían hasta perderse bajo la oscuridad, todos marchitos y retorcidos. En medio de ellos, una rosa dorada resplandecía débilmente.
Seraphina sintió un escalofrío.
—¿Puedo salir del palacio? —preguntó.
—No sin autorización.
—¿Puedo regresar a mi casa?
—No.
—¿Puedo rechazar el matrimonio?
El capitán la miró por primera vez directamente.
—No.
Seraphina se volvió hacia él.
—Entonces sí soy una prisionera.
El hombre no respondió. Hizo una leve reverencia y abandonó la habitación junto con los demás guardias.
Las dos doncellas se quedaron atrás.
Una de ellas era joven, de cabello oscuro y rostro sereno. La otra parecía mayor y llevaba las manos entrelazadas frente al vestido.
—¿También ustedes van a vigilarme? —preguntó Seraphina.
—No, mi lady —respondió la joven—. Hemos sido asignadas para serviros.
—No necesito que nadie me sirva.
—Eso no depende de nosotras.
La respuesta sorprendió a Seraphina. La doncella bajó la mirada, como si temiera haber hablado demasiado.
—¿Cómo te llamas?
—Mireya.
—¿Y tú?
—Clara.
Seraphina caminó hasta una silla y se dejó caer sobre ella.
—¿Cuánto saben de mí?
Mireya y Clara intercambiaron una mirada.
—Sabemos que sois la futura emperatriz —dijo Clara.
—Todavía no lo soy.
—La ceremonia será en siete días.
—Si llego a la ceremonia.
Mireya contuvo una sonrisa, pero la ocultó rápidamente.
Seraphina la observó con curiosidad.
—¿Qué sabes de Aurelius?
El rostro de Mireya perdió cualquier rastro de humor.
—El emperador no es un hombre del que convenga hablar demasiado.
—Eso ya me lo han dicho. Quiero saber la verdad.
—La verdad cambia dependiendo de quién la cuente.
—Entonces cuéntamela tú.
Mireya se acercó a la chimenea y acomodó uno de los leños.
—Es un gobernante severo. No tolera la traición, la mentira ni la desobediencia.
—Parece encantador.
—Pero tampoco permite que sus soldados maltraten al pueblo. Ha reducido los impuestos en las aldeas del norte y ha construido hospitales cerca de las fronteras.
Seraphina guardó silencio.
No esperaba escuchar algo bueno sobre él.
—¿Y por qué todos lo llaman monstruo?
Mireya miró hacia la ventana.
—Porque hay cosas que los hombres temen más que a un ejército.
—¿Su rostro?
—Su maldición.
Un golpe de viento hizo que las llamas de la chimenea se agitaran.
Seraphina recordó la forma en que Aurelius había cerrado la mano sobre su pecho cuando ella entró al salón. Recordó también aquella mirada fría y el breve cambio en su expresión.
—¿Qué le sucede?
—Nadie lo sabe con certeza.
—Tú sabes algo.
Mireya apretó los labios.
—Se dice que una rosa dorada lo hirió cuando era niño. Desde entonces, lleva una marca sobre el corazón. Algunas noches el dolor es tan intenso que los médicos temen que no sobreviva.
Seraphina miró la rosa iluminada en el jardín.
—¿Y qué ocurrirá si la maldición termina de crecer?
Mireya tardó en responder.
—El emperador dejará de ser humano.
La habitación se llenó de silencio.
Seraphina quiso reírse, decir que aquello era una historia inventada para asustar a los sirvientes. Pero había algo en el tono de Mireya que le impidió hacerlo.
—¿Y él cree esas historias?
—Aurelius no cree en historias. Cree en hechos.
—Entonces no cree que pueda salvarse.
—No cree que pueda salvarse nadie.
Seraphina se levantó lentamente.
En la mesa encontró un vestido blanco extendido sobre una manta de seda. El escote estaba adornado con pequeñas perlas y, en el centro del pecho, habían bordado una rosa dorada.
—¿Qué es esto?
—El vestido que usaréis mañana para la cena imperial.
—No me pondré eso.
—Mi lady…
—No me presentaré ante él vestida como una ofrenda.
Mireya permaneció callada.
Seraphina tomó el vestido y lo dejó sobre la cama.
—Si el emperador quiere casarse conmigo, tendrá que entender que no soy una muñeca que puede vestir, exhibir y guardar cuando le plazca.
En ese momento, algo golpeó suavemente la puerta.
Las tres mujeres se quedaron quietas.
Nadie había anunciado una visita.
La puerta se abrió sin que nadie entrara.
Al otro lado del corredor, bajo la luz tenue de las lámparas, se encontraba Aurelius.
Su mirada pasó de las doncellas al vestido blanco y luego se detuvo en Seraphina.
—He oído que no piensas usarlo.
Seraphina sostuvo su mirada.
—He oído que está acostumbrado a que todos obedezcan.
Aurelius entró en la habitación y cerró la puerta tras él.
—No confundas tu rebeldía con libertad.
—No confunda su autoridad con el derecho a decidir sobre mi vida.
El rostro del emperador se endureció.
—Tu vida quedó unida a la mía antes de que nacieras.
—Entonces ambos fuimos condenados por personas que ya no existen.
Por primera vez, Aurelius no tuvo una respuesta inmediata.
Una punzada ardiente atravesó su pecho. La marca de espinas volvió a despertar bajo la tela de su túnica, extendiendo un dolor silencioso por sus costillas.
Seraphina notó que su expresión cambiaba.
—¿Está bien?
Aurelius recuperó el control.
—No vuelvas a preguntarme eso.
—No vuelva a entrar en mis aposentos sin permiso.
Los ojos del emperador se oscurecieron.
—Dentro de siete días serás mi esposa.
—Todavía no.
Aurelius se acercó a la puerta.
—Mañana cenarás conmigo.
—No tengo hambre.
—No te lo estoy preguntando.
Seraphina levantó el mentón.
—Entonces tendrá que obligarme.
Aurelius la observó durante unos segundos. Después salió sin decir una palabra.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Seraphina miró hacia el jardín.
La rosa dorada brillaba con más fuerza que antes.
Y, en el pecho del emperador, las espinas de la maldición acababan de crecer un poco más.