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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Esa mañana la boutique de Camila todavía estaba bastante vacía. Solo había dos empleadas acomodando los estantes de bolsos en la parte de enfrente. El aroma del perfume ambiental se mezclaba con el olor a café recién hecho. Una música suave sonaba desde una bocina pequeña en una esquina.

Valentina estaba sentada cómodamente en el sofá del área VIP, observando a Mateo que jugaba tranquilo con unos carritos de juguete sobre la alfombra mullida. El niño de vez en cuando hacía sonidos de motor con su propia boca y se reía bajito.

—¡Bum bum... cuidao, va a chocá! —El carrito se estrelló contra la pata de la mesa. Valentina sonrió al ver las ocurrencias de su hijo.

Camila estaba desparramada a su lado, sorbiendo un café helado. Escuchaba el relato de Valentina con atención.

—Además, tú también eres rara —soltó Camila de repente, después de escuchar lo que había pasado la noche anterior—. Una bata ya hecha pedazos y todavía la sigues usando.

Valentina se rio.

—¿Y qué quieres que haga? Justamente las batas viejitas son las más cómodas.

—¿Cómodas en qué sentido? —Camila la miró con los ojos entrecerrados, divertida.

—Frescas —Valentina se rio bajito mientras se acomodaba en el sofá—. Y suavecitas. Entre más las lavas, más a gusto se sienten.

Camila negó con la cabeza.

—Sí, pero tampoco es para que parezca un trapo de piso.

Valentina se rio más fuerte. En realidad no era que no pudiera comprarse ropa nueva. Si quisiera, podía llenar un clóset entero de batas finas sin pensarlo dos veces.

Pero para Valentina, la ropa de casa no era cuestión de marca ni de precio. Esa bata vieja y descolorida era justamente la más cómoda para las tareas del hogar. La usaba para cocinar, lavar, darle de comer a Mateo. Para la siesta, acurrucada con su hijo. Había una comodidad difícil de explicar.

La risa de Valentina se fue apagando. El rostro se le ensombreció al recordar lo de anoche. Las palabras de Santiago todavía le resonaban claramente en los oídos. Esa frase inocente le había destrozado y calentado el corazón al mismo tiempo. Su hijo, que todavía era un niño, se preocupaba así por ella. Y en cambio su esposo...

Valentina soltó el aire despacio.

—Andrés a veces me desespera —gruñó Camila, jugueteando con el popote de su bebida—. Ya sabe que su familia se aprovecha de él y aun así no puede ser firme.

Valentina asintió.

—Ser buen hijo está bien —continuó Camila, irritada—. Pero no al punto de ser idiota y sacrificar a tu esposa y tus hijos.

—Sí, tienes razón —murmuró Valentina en voz baja. Agachó la cabeza un momento antes de continuar, casi en un susurro—. Lo que más me enojó ayer es que resulta que Andrés, a escondidas, le dio todos nuestros ahorros a su mamá.

Camila se atragantó con su café.

—¿¡QUÉ!?

El grito fue tan fuerte que una de las empleadas volteó a verla. Camila estaba en verdadero shock.

—Más bajito —siseó Valentina, muerta de vergüenza.

—¿¡Todos los ahorros!? —exclamó Camila en un medio susurro—. ¿Los que eran para el futuro de los niños?

Valentina asintió despacio.

—Cinco mil quinientos dólares.

Los ojos de Camila se abrieron de par en par.

—¡Dios mío! —Se llevó la mano al pecho—. ¿Cómo puede ser tan... irresponsable?

Valentina sonrió con amargura.

—Por eso no le dirigí la palabra ni anoche ni esta mañana.

El pecho de Valentina volvió a arderle al recordar la escena en la terraza. Cómo Andrés confesó que los ahorros se habían acabado. Cómo doña Carmen seguía pidiendo dinero sin el menor remordimiento. Y lo que más le había dolido: su cadena, el regalo de Andrés, casi se convirtió en la solución.

Camila sacudió la cabeza con fuerza, resoplando indignada.

—Tu suegra sí que es un caso, ¿eh? —Camila soltó una risa incrédula—. Le doy un aplauso a don Eduardo por aguantarla tantos años.

Valentina no pudo evitar reírse.

—Bueno, ¿cómo te explico? —dijo encogiéndose de hombros—. El señor es de los que no les gusta el pleito.

—¿Por eso le hace caso en todo a la esposa?

Valentina asintió.

—Si ella quiere algo, todos tienen que seguirle la corriente.

Se quedó callada un momento. La expresión se le endureció.

—Lo que me duele es que con Andrés siempre es dura y exigente.

Valentina se quedó mirando al piso con la mirada vacía.

—Pero con los otros hijos es completamente diferente. Los consiente.

Camila asintió rápido, dándole la razón.

—Porque Andrés es el único al que pueden exprimir.

Valentina no contestó. Pero la mirada le confirmó cada palabra.

Mateo, que llevaba rato jugando, de pronto corrió hacia Valentina.

—¡Mamiii! —El niño le abrazó la pierna con toda su ternura.

Valentina le acarició el pelo con suavidad.

—Dime, cariño.

—Quelo galleta.

—¡Agarra de allá, Mateo! —Camila señaló el estante de botanas, riéndose—. Mira que tu hijo sí sabe disfrutar la vida.

Valentina sonrió y le trajo una galleta a Mateo. El niño volvió a sentarse en la alfombra a comer tranquilamente.

Camila miró a su amiga con seriedad.

—¿Por qué no le dices a Andrés que se muden a tu casa? Para que se aleje de esa familia tóxica de una vez.

Valentina negó de inmediato. La casa a la que se refería Camila era la propiedad que le habían dejado sus padres en la ciudad vecina. Una casa enorme que deliberadamente jamás había mencionado frente a la familia de Andrés.

—Si nos mudamos allá, van a volverse más abusivos —Valentina soltó una risa hueca.

—¿En qué sentido?

—Van a pensar que soy millonaria. —Valentina la miró, agotada—. Y entonces todas sus necesidades y sus caprichos van a caer encima de nosotros.

Camila se quedó callada. Conocía de sobra a la familia de Andrés. Mientras más capaz veían a alguien, más le exigían.

—Al principio, cuando Andrés todavía vivía en un departamentito rentado, se portaban normal —murmuró Camila—. Ahora que tiene auto y casa propia, se desataron. Y con un buen sueldo, peor tantito.

Valentina asintió.

—Es difícil cuando el matrimonio lo controla tu suegra —continuó Camila, recostándose en el sofá—. Al final siempre hay pleito.

Valentina recordó de pronto a Diego, el ex esposo de Luciana.

—Exacto —respondió en voz baja—. Doña Carmen no aprendió nada del matrimonio de Luciana.

Camila enarcó una ceja, curiosa.

—¿Tu cuñada?

Valentina asintió.

—A mí me da lástima Diego.

Soltó un suspiro largo.

—Lo presionaron sin parar. Y encima Luciana se la pasaba menospreciándolo porque ganaba poco.

Camila chasqueó la lengua, molesta.

—Dios mío, le tocó el paquete completo.

Valentina dejó escapar una risa amarga.

—Por eso su matrimonio no aguantó.

Valentina todavía recordaba cómo Diego solía quedarse callado cuando lo humillaban. Hasta que un día el hombre decidió rendirse y se fue.

Y ahora Valentina empezaba a tener miedo. No fuera a ser que su propio matrimonio se estuviera encaminando lentamente en la misma dirección. Por culpa de una familia política que no conocía los límites.

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