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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:717.4k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Volteé la cara.

No quería verlo.

Ni oírlo.

Ni admitir que todavía me temblaban las piernas por su culpa.

Dante Montalvo era un mentiroso con traje caro.

Una vez, dijo.

Una.

Y después convirtió la tarde entera en una prueba de resistencia que yo jamás acepté presentar.

Encima doña Rosa lo había escuchado todo.

Todo.

Yo ya podía mudarme de país.

Dante se quedó de pie junto a la cama.

Ximena no lo miraba.

Le daba la espalda con una dignidad bastante frágil para alguien envuelta en una sábana, despeinada y roja hasta el cuello.

Dante no sabía si estaba enojada o avergonzada.

Tal vez las dos.

Lo entendía.

Había prometido una vez.

No cumplió.

Y lo peor era que no podía mentirse: con ella se le había ido de las manos.

Una y otra vez.

Ximena tenía algo que se le metía en la cabeza y en el cuerpo. Su olor, su piel, la forma en que intentaba callarse y luego terminaba abrazándolo como si no quisiera soltarlo.

Dante respiró hondo.

No era momento de pensar en eso.

Era momento de disculparse.

Se acercó al otro lado de la cama para quedar frente a mí.

Yo giré la cara hacia la almohada.

Perfecto.

Ahora veía mi nuca.

—Ximena.

No respondí.

—Perdón.

Tampoco respondí.

—No medí bien.

Eso sí me hizo abrir los ojos.

¿No midió bien?

Qué forma tan ejecutiva de describir que casi me deja sin huesos.

—Me pasé —corrigió.

Seguí callada.

Dante tardó un segundo.

Luego dijo, serio:

—Eres demasiado dulce. Perdí el control.

Me giré de golpe.

—¿Qué?

Él me miró como si hubiera dicho algo normal.

—Eso.

—¿Cómo puedes decir esas cosas con esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa. Como si estuvieras hablando de impuestos.

Dante no sonrió, pero casi.

Me ardió la cara.

Y entonces recordé algo.

—Tú dijiste que no te gustan los postres.

Su mirada cambió.

Sólo un poco.

—No me gustan los postres.

—Entonces no digas que soy dulce.

Dante se inclinó hacia mí.

No demasiado.

Sólo lo suficiente para hacerme apretar la sábana.

—No dije que no me gustaras tú.

Me quedé muda.

Muda y furiosa.

Porque una parte de mí quiso esconderse.

Y otra quiso que repitiera la frase.

Odié a ambas partes.

—No te enojes —dijo.

—Estoy enojada.

—Dime qué hago.

Lo miré.

—¿Lo que sea?

—Lo que sea.

Señalé el piso con la barbilla.

—Recoge eso.

Dante miró.

Había pañuelos, envolturas y preservativos usados por todas partes.

La evidencia de mi humillación.

—Y tíralo antes de que doña Rosa entre otra vez.

—Bien.

No discutió.

Se agachó y empezó a recoger todo.

Uno por uno.

Con esa calma suya.

Como si no fuera el presidente de Grupo Montalvo levantando condones del piso porque su esposa estaba demasiado avergonzada para respirar.

Yo lo observé desde la cama.

No quería admitirlo, pero obedecía bastante bien.

Cuando terminó, cerró la bolsa del bote y miró el piso.

—Listo. Revisa.

Me asomé.

El piso estaba limpio.

El bote, en cambio, estaba lleno.

Llenísimo.

Me tapé otra vez con la sábana.

—Qué vergüenza.

Dante se sentó en la orilla de la cama.

—¿Sigues enojada?

—La próxima vez no hagas eso.

—¿Qué?

Lo miré mal.

—Prometer una cosa y hacer otra.

—¿Te refieres a una vez?

—Sí.

La boca se le curvó.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Sí.

—Un poco.

Le lancé una mirada peor.

Dante levantó las manos.

—Pensé que te estaba gustando.

El calor me subió hasta las orejas.

—Eso no significa que puedas seguir hasta dejarme inútil.

—Tienes razón.

Me descolocó.

—¿Tengo?

—Sí. La próxima vez, si ya no quieres, me lo dices. Me detengo.

Lo miré con desconfianza.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Porque luego dices eso y...

—Ximena.

Su voz bajó.

No sonó molesta.

Sonó firme.

—Me lo dices y me detengo.

Asentí.

Quise creerle.

—Además —murmuré—, esas cosas deben hacerse con medida.

—De acuerdo.

Me animé.

—He escuchado que si los hombres se exceden, luego les afecta.

Dante se quedó quieto.

Ay, no.

Mi boca.

Mi gran boca.

—No digo que a ti te vaya a pasar —me apresuré—. Sólo digo que podrías cuidarte. Por salud. Por futuro. Por...

Me detuve.

La explicación estaba empeorando todo.

Dante me miró con los ojos oscuros.

—Yo me contuve bastante.

Abrí la boca.

La cerré.

Contuve un insulto porque mi educación todavía servía para algo.

En ese momento tocaron la puerta.

Doña Rosa.

Me metí bajo la sábana como si eso pudiera borrar mi existencia.

Dante fue a abrir.

Doña Rosa entró con la cena en una charola. Dejó platos, cubiertos, servilletas, agua y una sopa que olía demasiado bien para mi orgullo herido.

Yo no salí.

No iba a salir.

Cuando doña Rosa iba a retirarse, Dante dijo:

—Doña Rosa, el bote está lleno. ¿Puede cambiar la bolsa?

Me congelé bajo la sábana.

¿Por qué?

¿Por qué abrir la boca?

Doña Rosa miró el bote.

—Ay, señor. ¿Pues cuántos pañuelos usaron?

Silencio.

Dante no dijo nada.

Yo dejé de respirar.

Doña Rosa entendió tarde.

Tosió.

—Ahorita lo cambio.

Escuché la bolsa.

El plástico.

Mi vida acabándose.

—Señor Dante —dijo ella de pronto—, trae lastimado el labio. ¿Quiere que le ponga algo?

Me hundí más en la cama.

Dante respondió tranquilo:

—No. No duele.

Mentiroso.

Yo sí lo había mordido fuerte.

Doña Rosa salió con la basura.

La puerta se cerró.

Dante volvió a la cama y tocó la sábana.

—Sal. La comida se enfría.

—No tengo fuerza.

—Entonces te ayudo.

—No.

Demasiado tarde.

Me levantó con todo y sábana.

—Dante.

Abrió la sábana lo suficiente para verme la cara.

Yo debía verme horrible.

Despeinada.

Cansada.

Roja.

Él, en cambio, me miró como si le diera ternura.

Qué molesto.

—¿No querías que te cargara para comer?

—No.

—Dijiste que no tenías fuerza.

—Era una declaración, no una solicitud.

—Ah.

No parecía arrepentido.

—Suéltame. Como sola.

Esta vez sí me soltó.

Me quedé envuelta en la sábana porque debajo no tenía nada.

Nada.

Gracias a él.

Comí como si llevara tres días sin probar comida.

Doña Rosa había preparado sopa de fideo con pollo y verduras, suave, caliente, perfecta. Me terminé todo. Hasta el caldo.

Cuando recuperé algo de fuerza, fui al baño.

Sola.

Muy sola.

Aprendí mi lección: bañarse con Dante no era bañarse.

Era caer en una trampa con vapor.

Frente al espejo vi mi cuerpo.

Me quedé inmóvil.

Marcas en el cuello.

En los hombros.

En la cintura.

En los muslos.

Me tapé la cara.

Ese hombre no besaba.

Marcaba territorio.

Mientras yo me bañaba, Dante cenó y luego fue al baño de al lado.

Después de la ducha, se detuvo frente al espejo.

El agua seguía sobre su torso desnudo. Varias líneas rojas bajaban por el pecho y el abdomen, marcas de uñas sobre músculo tenso.

Dante las miró.

Luego tocó la herida en su labio.

También era de Ximena.

El recuerdo de ella aferrándose a él, mordiendo, arañando, temblando sin poder ocultarlo, le dejó una satisfacción lenta en el pecho.

No tenía sentido.

Tal vez debería molestarle.

No le molestaba.

En absoluto.

Se secó, se vistió y volvió a la recámara.

Yo ya estaba dormida.

O fingí estarlo.

No pienso confesar cuál.

Sentí cuando se acostó.

Al principio se quedó de su lado.

Luego se movió.

Su brazo me rodeó la cintura y me arrastró hacia él.

No abrí los ojos.

Tampoco me aparté.

Me quedé ahí, con su pecho en mi espalda y su respiración cayéndome en el cabello.

Demasiado cómoda.

Peligrosamente cómoda.

A la mañana siguiente, desperté sola.

Gracias a Dios.

No porque quisiera que se fuera.

Sino porque no tenía cara para verlo después de lo de ayer.

Me quedé un rato en la cama viendo el celular. Como mi papá me había dado dos días de permiso, no tenía prisa por ir a Robles Diseño.

Bajé tarde.

Doña Rosa estaba limpiando la sala.

La vi y recordé la basura.

La puerta.

La cena.

Quise volver a subir.

—Buenos días, señora Ximena.

—Buenos días.

Seguro mi cara estaba roja.

Doña Rosa sonrió como si no supiera nada.

Peor.

—El señor Dante se fue temprano a la oficina. Me pidió que no hiciera ruido, para que usted descansara bien.

—Ah. Gracias.

—La cuida mucho.

Me quedé quieta.

—¿Quién?

—El señor Dante.

Me dio una risa nerviosa.

—No creo.

—Yo sí.

Doña Rosa siguió limpiando como si acabara de decir cualquier cosa.

Yo me quedé con esa frase encima.

No.

Dante no estaba enamorado de mí.

Ni yo de él.

Éramos un matrimonio arreglado.

Él mismo lo había dicho.

Sin sentimientos.

Y eso estaba bien.

Sin sentimientos, no había drama.

Sin expectativas, no había dolor.

En Grupo Montalvo, Dante terminó la junta de la mañana y salió de la sala.

Apenas se cerró la puerta, varios directivos se miraron entre sí.

—¿Vieron el labio del señor Montalvo?

—Sí. Eso es mordida.

—Recién casado.

—Con razón.

—Quién diría. Tan serio que se ve.

Eran hombres y mujeres casados, gente con suficiente vida privada para reconocer una marca cuando la veía.

Nadie lo dijo demasiado fuerte.

Pero Dante tenía buen oído.

Al volver a su oficina, se sentó detrás del escritorio y tocó la costra oscura en su labio.

La mordida ardió un poco.

Sus ojos bajaron al documento abierto.

No leyó la primera línea.

Por la tarde salí con Sofía.

Necesitaba comprar algo y necesitaba una opinión que no fuera la mía, porque mi criterio últimamente estaba bastante comprometido.

Sofía me vio llegar y abrió los ojos.

—No inventes.

—Hola a ti también.

Se acercó a mi cuello.

—¿Qué te pasó? ¿Te agarraron a mordidas?

Me acomodé el cabello.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

Sofía soltó una carcajada.

—¿Dante sabe que hablas así de él?

—No menciones su nombre.

—Ay, pero mira esa cara. Te dejó cansadísima.

—Sofía.

—¿Qué? Hace semanas me decías que no te tocaba. Yo ya estaba pensando que el señor perfecto tenía algún problema.

—No tiene problemas.

La frase salió demasiado rápido.

Sofía sonrió.

—Eso veo.

Me tapé la cara con una mano.

—Cállate.

—Entonces estaba fingiendo demencia. Porque con una mujer como tú al lado, nadie aguanta tanto.

—No fingía.

—¿Ah, no?

Miré hacia otro lado.

—La noche de bodas me preguntó si quería.

Sofía casi se tropieza.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que no.

—¿Rechazaste a Dante Montalvo en su noche de bodas?

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Como una persona decente.

—No soy esa persona.

Suspiré.

—Yo lo llamé cuñado durante años, Sofía. De pronto era mi esposo. No era tan fácil.

Ella bajó un poco la sonrisa.

—Ya.

—No es que no sea atractivo.

—Eso sería una mentira ofensiva.

—Es que mi cabeza no podía acomodarlo.

—¿Y ahora sí?

Me quedé pensando.

—No sé. Poco a poco.

La verdad era que cada día me repetía lo mismo: Dante era mi esposo. Lo de Lorena había sido un compromiso, un acuerdo de familias. No una vida juntos. No una cama. No esto.

Yo no estaba quitándole nada a nadie.

Aunque a veces todavía se sintiera así.

Sofía me dio un codazo suave.

—Pregunta seria.

—Me das miedo.

—Cuando estás con él... ¿se siente prohibido?

Me puse roja al instante.

—No voy a responder eso.

—Eso es respuesta.

—No.

—Sí.

—Sofía.

Ella levantó las manos.

—Va, va. Cambio de tema. ¿Para qué me citaste?

Agradecí el cambio.

—Quiero comprarle algo a Dante.

Sofía se quedó quieta.

—¿Un regalo?

—Sí.

—¿A Dante?

—Sí.

—¿Tú?

—Ya entendí el punto.

Sofía me miró con demasiada atención.

—¿Por qué?

—Me regaló un coche. Y cuando me dio la alergia, me cuidó toda la noche. No quiero sólo recibir cosas.

—Ajá.

—No sé qué comprarle. Por eso te llamé.

—Ajá.

—Deja de decir ajá.

Sofía sonrió lento.

—Yuyu.

—¿Qué?

—¿Te está gustando tu marido?

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Andris Arias
jajajaj Ximena me hace reír enserio 🤣
Marta Calderón
reconoce que te mueres por él, todo cambiara en esa relación, ambos se sentirán más seguros
Yenireth Aular
la ameee❤️❤️
Betibel Barreto
esto se está poniendo interesante.
Cinthya Rosell
hsy no, otra vez con lo mismo, que alguien le explique a ximena que dante tiene sentimientos por ella y ella tan pero tan.../Determined/
Cinthya Rosell
ya me canso ximena , pobre dante dando todo por ella y ella bien cprtante y penosa
Books_00
Por fin, por fin se ve una emoción que no se siente tan forzada por parte de ella. Es algo muy bonito ver más emociones en Ximena que no sean solo vergüenza o inseguridad.
Maria Del Carmen Geronimo Suárez
/Smile/estuvo muy linda la novela
Katy Andreina Bravo
Aburrido y mucha monotonía aparte la protagonista parece gf
Llessica Ospina
hermoso
Edith G Lopez
Hermosa Novela 🥰
Andrea Mauricio
Me gusta mucho
Mirna Lobo
me hubiese gustado un capítulo sobre un embarazo ☹️😓
Mirna Lobo
me encantó felicidades escritora, al principio estaba un poco lenta por la actitud de ella, pero cuando avanzó estuvo muy buena, gracias 😊
Mirna Lobo
quién lo iba a decir tan serio pero tan fogoso 😜😍😍😍
Mirna Lobo
hahaha cochina te pusieron en tu sitio 🤣🤣🤣🤣
Mirna Lobo
espero que la ponga en su sitio a la resbalosa 😡😡
Nacho Cardozo
me encantó la novela 👌la sigo leyendo y comentando porque estuvo muy buenísima solo falto que si la embarazada de gemelos porque este si era muy apasionado 😍😍😈y me encantó 😍😍😈😈
Nacho Cardozo
me encantó excelente 👌 me fascinó de principio a fin si no comente fue por lo fascinante de su historia que quería seguir y seguir el próximo capitulo gracias por su novela excelente narración solo faltaron los bebés pero estuvo buenísima
Mirna Lobo
no puede ser tan mojigata por Dios, 😠 ponte pilas 😡😡😡
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