Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 4
Cap 4: ¿Con qué lo vas a pagar?
Cuatro días después del restaurante, Dulce salió del salón de la convivencia para contestar una llamada. Caminó hasta el extremo más tranquilo del corredor, junto a una ventana abierta, sin darse cuenta de que Emiliano acababa de abandonar la fiesta para librarse de las chicas que lo rodeaban.
—Sí, maestra Ceballos, sí lo mandé —decía Dulce, cubriéndose un oído—. El de recomendación, el escaneado. Se lo reenvío… Sí. Ándele, cuídese. Un beso.
Emiliano la observó desde varios metros de distancia. No quiso acercarse mientras hablaba ni aparecer de golpe a su espalda. Cuando oyó que la llamada estaba por terminar, retrocedió un paso y golpeó dos veces el vidrio de la ventana con los nudillos.
Dulce se volvió sobresaltada.
Él estaba junto a la pared, alto, recién afeitado, con una camisa que parecía elegida para impresionar a alguien. La miraba como si llevara toda la noche esperando exactamente ese momento.
Ella lo reconoció enseguida. Era el muchacho del restaurante. El del código QR. El que le había dicho "a ti me entrego, haz lo que quieras conmigo" y cuya solicitud jamás había enviado.
—Ah —dijo Dulce—. Tú.
—Yo. —Una media sonrisa—. Pensé que ya no venías.
—No venía a esto. —Retrocedió medio paso y se cruzó de brazos—. O sea. Buscaba a alguien.
—A Fer.
Dulce parpadeó.
—¿Cómo sabes que…?
—No importa. —Emiliano metió las manos en los bolsillos, esa manía suya de demostrar que podía estar cerca sin agarrar—. Oye. Lo del restaurante. Te di mi WhatsApp.
—Ajá.
—No lo mandaste.
Lo dijo sin reproche, casi con curiosidad científica, como quien revisa por qué falló una jugada que tenía calculada. Pero a Dulce se le subió el calor a las orejas, porque era verdad, y porque el que se lo dijera de frente lo volvía peor.
—Es que… —Buscó la salida por donde una siempre busca la salida: echándole la culpa a alguien más—. Mira, la neta el número era para mi amiga. Para Fer. Ella era la que te quería conocer, la que se moría, la del popote. Yo nada más fui de mensajera. Así que si quieres te la presento, ¿va? Ahorita la busco, es la de la…
—No.
—¿No?
—No quiero a tu amiga. —Emiliano dio un paso. Dulce dio uno para atrás—. Te quiero a ti.
Lo soltó igual que había soltado lo del restaurante: sin rodeos, sin bajar la voz, sin la más mínima vergüenza, como si estuviera diciendo la hora. Y a Dulce, que se había preparado para muchas cosas esa noche, no la habían preparado para eso. Se le trabó el aire en algún punto entre el pecho y la garganta.
—No puedes… —Tragó saliva—. No puedes decir eso. Ni me conoces.
—Ya te dije que sí. Días. —Otro paso—. Y tú a mí me debes algo.
—¿Yo? ¿Qué te voy a deber?
—Me tuviste cuatro días esperando una solicitud que nunca llegó. —La voz le bajó un tono, y en ese tono había algo que no era enojo, algo más peligroso—. Cuatro días volviendo al mismo restaurante. Cuatro noches sin dormir. Eso, ¿con qué lo vas a pagar?
Dulce retrocedió otro paso. Y otro. Y en el "otro" el talón se le enganchó con el cable de una extensión que corría por el piso rumbo a las bocinas, y el mundo se le ladeó.
Alcanzó a pensar "me voy a partir la cabeza".
No se la partió. Un brazo la enganchó de la cintura a media caída y la jaló hacia arriba y hacia adelante, y Dulce aterrizó de bruces contra una pared que respiraba. Una pared tibia, firme, que olía a naranja recién partida. El corazón le latía tan fuerte que no supo si era el suyo o el de él; los dos golpeaban al mismo tiempo, pegados.
—Te tengo —dijo Emiliano, muy cerca del pelo—. No te vas a caer.
El cuerpo de Emiliano se puso rígido al sentirla contra el pecho. Dulce era pequeña y tibia entre sus brazos; el olor suave de su cabello le llenó la respiración. Después de cuatro días buscándola en cada puerta, tenerla por fin así de cerca le vació la cabeza.
—Ya estoy bien. Suéltame —dijo ella.
Le apoyó las manos en el pecho y empujó. Bajo las palmas encontró músculos duros, todavía calientes por el entrenamiento. Emiliano no se movió. El brazo que le rodeaba la cintura se cerró un poco más, como si su cuerpo se negara a perderla antes de que él pudiera pensar.
—Emiliano, suéltame.
Dulce volvió a empujarlo, esta vez con todas sus fuerzas. Apenas consiguió separar la cara de su cuello. Él seguía inclinado sobre ella, respirando el aroma de su cabello, con el pecho subiendo y bajando cada vez más rápido.
Al sentir que el abrazo empezaba a dolerle, Dulce abrió la boca y le clavó los dientes en la piel descubierta junto a la clavícula.
—¡Ah!
Emiliano se encogió por el dolor. Sin embargo, en lugar de abrir los brazos, la apretó por reflejo. Dulce tuvo que soltarlo porque ahora era ella quien apenas podía respirar.
Él levantó despacio la cabeza. En la clavícula empezaba a dibujársele una marca roja. La calma con la que había hablado unos segundos antes había desaparecido de sus ojos.
—No debiste hacer eso —dijo.
La voz le salió baja y áspera.
No era solo la mordida. Eran las cuatro noches mirando una pantalla que no se encendía. Las tardes esperando en el restaurante. Era haberla encontrado por fin y escuchar que ella se había acercado únicamente por su amiga. Y ahora era el dolor vivo en la clavícula, mezclado con el calor del cuerpo que todavía sostenía.
Emiliano la sujetó de la cintura, avanzó con ella los pocos pasos que los separaban del pasillo de servicio y la apoyó contra la pared. Dulce abrió mucho los ojos.
—Espera…
No alcanzó a terminar.
Él bajó la cabeza y la besó. Así había empezado el beso brutal del pasillo: no como un arrebato salido de la nada, sino con cuatro días de búsqueda, una espera inútil, el golpe de saber que ella solo se le había acercado por su amiga y la mordida ardiéndole en la clavícula.
Las muchachas que lo cercaban en la convivencia habían sido la razón de que Emiliano saliera del salón. Dulce fue la razón de que no regresara. Con la boca sobre la de ella y una sola idea fija —no dejarla desaparecer otra vez detrás de una puerta—, perdió el control que llevaba cuatro días sosteniendo.