Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 15
Capítulo 15: La prometida que espía
No supe nada de lo que voy a contar hasta mucho después, cuando ya no había forma de que me sorprendiera nada de lo que Bianca Sáenz fuera capaz de hacer. En ese momento, mi vida entera giraba alrededor del proyecto de expansión que tío Raúl había tenido que cederme, de las cifras que revisaba hasta la madrugada, de la mansión que aprendía a llamar mía otra vez. No tenía ni idea de que, del otro lado de la ciudad, en el departamento que compartía con Max, algo distinto empezaba a moverse en las sombras, algo que tarde o temprano iba a tocarme a mí también.
Esto es lo que pasó, tal como después até cabo por cabo, con lo que me contaron quienes sí estuvieron ahí.
Llevaba días notando algo raro en Max: llegadas tarde sin explicación clara, la mirada perdida en el celular cuando creía que nadie lo veía, silencios que antes no existían entre ellos. Bianca, acostumbrada a controlar cada variable de su vida con la misma precisión con la que fabricaba sus lágrimas, no soportaba no tener una explicación. Ya no confiaba en su instinto solamente. Contrató, en secreto, a un investigador privado que trabajaba discretamente para las esposas y prometidas de su círculo social, un hombre de voz neutra y tarifas altas que prometía discreción absoluta.
—Necesito que siga a alguien —le dijo por teléfono, con la puerta de su vestidor cerrada con llave—. Maximiliano Bracamonte. Todos sus movimientos, dentro y fuera del trabajo.
El investigador le explicó, con el tono aburrido de quien lo ha dicho mil veces, cómo instalar ella misma un pequeño micrófono en el auto de Max, más barato y más discreto que pagarle a alguien más para hacerlo. Bianca aceptó sin dudar.
Esa misma mañana, mientras Max se duchaba, entró al garaje con las manos temblando de nervios —no por miedo a que la descubrieran, sino por la adrenalina pura de estar a punto de saber— y encontró la manera de instalar el aparato diminuto bajo el asiento del conductor, exactamente donde el investigador le había indicado, oculto entre los cables del sistema de audio.
Salió del garaje justo a tiempo, con el corazón latiéndole fuerte, y para cuando Max bajó, vestido y listo para su día, ella ya estaba sentada a la mesa del desayunador con una taza de café entre las manos, sonriendo como si no hubiera pasado nada.
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Esa tarde, cuando Max se preparaba para salir a una reunión, Bianca fingió un mareo tan convincente que hasta ella misma, por un segundo, se creyó su propia actuación.
—Max, no me siento bien —dijo, llevándose una mano a la frente, dejándose caer con gracia calculada en el sillón—. Creo que es la presión. ¿Podrías quedarte, aunque sea un rato?
—¿Otra vez la presión? —preguntó Max, ya con el saco puesto, sin la preocupación genuina que ella hubiera querido escuchar—. ¿Llamaste al doctor Aguilar?
—No necesito doctor, necesito que te quedes un rato —dijo Bianca, con la voz quebrándose en el punto exacto donde siempre la quebraba—. ¿Tan difícil es pedirte cinco minutos, Max?
Max, fastidiado pero todavía atado por la vieja culpa de creerse responsable de su bienestar, canceló la reunión y se quedó, sentado a su lado en el sillón sin decir gran cosa, revisando el celular más de lo que la miraba a ella, sin sospechar ni por un segundo que el mareo era tan real como las lágrimas de Bianca en cualquier velorio ajeno.
Esa misma noche, mientras Max dormía a su lado, ajeno a todo, Bianca se encerró en el baño con el celular pegado al oído y el agua de la regadera corriendo de fondo, por si acaso, para que ningún ruido delatara la llamada. El investigador la contactó con el primer reporte.
—Su prometido ha estado merodeando, en las últimas semanas, cerca de un edificio residencial —dijo la voz al otro lado de la línea—. Sin razón aparente de negocios. Varias veces por semana, siempre de noche, siempre solo.
—¿Qué edificio?
El investigador le dio la dirección, y Bianca la reconoció de inmediato: el edificio viejo del centro, de zaguán despintado, que Max había comprado años atrás y que casi nunca visitaba en persona. El mismo donde, meses antes, había obligado a Renata Linares a vivir bajo su vigilancia, apenas salida de la cárcel.
¿Por qué seguiría yendo, si ella ya ni siquiera vive ahí?
Sintió algo revolverse en el estómago que no era el mareo fingido de esa tarde, sino un miedo genuino, viejo, que llevaba meses cargando sin nombrarlo: el miedo a que la mentira que la había mantenido a salvo tres años empezara, por fin, a desmoronarse. Bianca había construido su lugar en la vida de Max sobre una historia que solo ella y una sola persona más conocían del todo, y cualquier grieta en esa historia, por pequeña que fuera, podía tragársela entera.
No tenía pruebas de nada todavía. No sabía si Max iba por costumbre, por culpa, o por algo que ni él mismo se atrevía a nombrar. Pero la intuición, en Bianca, funcionaba con la misma precisión fría que sus mentiras, y esa noche decidió que el edificio también entraría en la vigilancia del investigador, junto con cualquier otro lugar donde el nombre de Renata pudiera aparecer.
—Quiero que siga vigilando ese edificio —ordenó—. Y cualquier otra dirección donde aparezca el nombre de Renata Linares. Quién entra, quién sale, a qué horas. Todo.
Colgó el teléfono y se quedó de pie frente al espejo del pasillo, con la bata de seda sin cerrar del todo, mirando su propio reflejo con una calma que no tenía nada que ver con el mareo fingido de esa tarde.
Sonrió.
No fue una sonrisa dulce, de las que reservaba para las cámaras y las suegras. Fue la sonrisa de alguien que acababa de decidir que, sea lo que fuera que estuviera pasando a sus espaldas, ella lo iba a descubrir antes de perder terreno, y que estaba dispuesta a lo que hiciera falta —cualquier cosa— para no dejarlo escapar.
Bianca volvió a la cama y se acomodó junto a Max con la dulzura de siempre. Él durmió. Ella pasó la noche ordenando, uno por uno, los nombres de quienes podía usar contra mí.
no va con el nombre d la novela