Ella fue a la cárcel por un crimen que no cometió su marido la dejo sola, los 5 años que estuvo en prisión cuando salía la persona la juzgaba y decidió irse a otro país y cumplir sus sueños 6 años después regresa solo para visitar a su familia y por una promesa que le hizo a su madre muerta, allí se vuelve a encontrar con su marido.
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El abrazo que venció al tiempo: Parte II
El automóvil comenzó a avanzar lentamente bajo la lluvia.
Durante varios minutos ninguna de las dos dijo una palabra. Solo se escuchaba el suave golpeteo de las gotas contra el parabrisas y el sonido rítmico de los limpiaparabrisas rompiendo el silencio.
Ana sostenía el volante con ambas manos. De vez en cuando desviaba la mirada hacia Victoria.
Le dolía verla así.
Cinco años atrás, aquella mujer llenaba cualquier lugar con su sonrisa. Siempre encontraba una razón para reír, incluso en los momentos más difíciles. Hoy, en cambio, parecía una sombra de la mujer que alguna vez había sido.
Victoria permanecía inmóvil, con la vista perdida detrás de la ventanilla. Observaba cómo las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, igual que las lágrimas que, durante tantos años, había aprendido a esconder.
Ana respiró profundamente antes de hablar.
—Mi preciada Vito...
Su voz se quebró.
—No sabés la cantidad de sentimientos que tengo ahora mismo. Esperé tanto este día que... siento que me quedé sin palabras.
Victoria giró lentamente el rostro hacia ella.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Lo sé... —respondió con dulzura—. Porque a mí también me pasó lo mismo.
Volvió a mirar hacia la ventana.
—Hubo noches en las que cerraba los ojos e imaginaba este momento. Pensaba cómo sería volver a respirar el aire de afuera, volver a sentir la lluvia sobre mi piel... volver a verlos a ustedes.
El silencio volvió a instalarse entre las dos.
No era un silencio incómodo.
Era el silencio de quienes habían sufrido demasiado y ya no necesitaban llenar cada espacio con palabras.
Después de unos segundos, Victoria volvió a hablar.
—Solo quiero decirte gracias.
Ana la miró de reojo.
—Sé todo lo que luchaste por mí. Sé cada puerta que golpeaste, cada vez que te dijeron que era imposible, cada noche que pasaste buscando una prueba para demostrar lo que siempre supiste...
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Gracias por no dejarme sola.
Ana negó con la cabeza.
—Jamás podría haberte abandonado, Vito. Nunca dudé de vos. Ni un solo segundo.
Victoria sonrió con tristeza.
—Y eso fue lo único que me sostuvo durante todos estos años.
Ana sintió un nudo en la garganta.
Había valido la pena.
Cada trámite.
Cada negativa.
Cada lágrima.
Cada decepción.
Todo había valido la pena por escuchar esas palabras.
Victoria respiró profundamente.
—Quiero dejar ese lugar atrás.
Ana asintió y presionó el acelerador.
Sin embargo, mientras el automóvil se alejaba de la prisión, Victoria sentía que algo seguía atrapándola.
El miedo.
La sociedad ya la había condenado una vez.
Cinco años atrás los noticieros hablaban de ella todos los días.
Los diarios publicaban su fotografía en primera plana.
Las personas repetían su nombre como si realmente supieran quién era.
Todos aseguraban que había asesinado brutalmente a su suegra.
Nadie esperaba una explicación.
Nadie quiso escucharla.
Ahora la justicia había demostrado su inocencia.
Pero ningún periodista apareció para contar esa parte de la historia.
No hubo cámaras esperándola a la salida de la prisión.
No hubo titulares pidiendo perdón.
Solo Ana.
La única persona que jamás dejó de creer en ella.
Ana notó cómo Victoria apretaba con fuerza sus propias manos.
—¿Tenés miedo? —preguntó con suavidad.
Victoria tardó unos segundos en responder.
—Muchísimo.
Su voz salió apenas en un susurro.
—Tengo miedo de salir a la calle y sentir todas esas miradas sobre mí. Tengo miedo de que me insulten, de que me señalen... Tengo miedo de volver a escuchar que soy una asesina.
Bajó la vista.
—Porque las personas pueden destruirte sin necesidad de golpearte. A veces una sola palabra duele mucho más que un puñetazo.
Ana sintió que el corazón se le partía.
—Vos sos mucho más fuerte de lo que creés.
Victoria soltó una risa amarga.
—A veces sí... pero muchas otras veces me siento tan débil.
La lluvia continuaba cayendo.
Durante unos segundos solo se escuchó el motor del automóvil.
Entonces Ana habló nuevamente.
—Sobreviviste a cinco años de injusticia. Sobreviviste al abandono, a la soledad y a la crueldad de muchas personas. Vas a salir adelante.
Al escuchar aquella última palabra, el rostro de Victoria cambió por completo.
Abandono.
Su esposo.
El hombre que un día le prometió amarla delante de Dios.
El hombre que juró permanecer a su lado en la salud y en la enfermedad.
El mismo que nunca movió un solo dedo para demostrar su inocencia.
Victoria cerró los ojos.
—Por favor... no hablemos de él.
Su voz estaba completamente quebrada.
—Todavía duele demasiado.
Ana maldijo en silencio.
Si había alguien a quien jamás iba a perdonar era a ese hombre.
Porque entendía el dolor de haber perdido a su madre.
Pero jamás entendería que hubiera abandonado a la mujer que decía amar sin siquiera darle el beneficio de la duda.
Victoria respiró profundamente.
—En un principio entendí su dolor... perder a una madre de esa manera debía ser devastador.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero nunca entendí por qué no dudó de mi culpa. ¿Por qué no peleó por mí? ¿Por qué no intentó descubrir la verdad?
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
—Y lo peor es que... un mes antes de todo aquello ya no era el mismo. Estaba distante. Frío. Como si yo hubiera dejado de importar en su vida mucho antes de que todo ocurriera.
Ana apretó con fuerza el volante.
—No merece que derrames una sola lágrima más por él.
Victoria no respondió.
Simplemente apoyó la cabeza contra la ventanilla.
Había heridas que todavía sangraban demasiado para poder nombrarlas.