A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 5
La luz de la mañana se filtraba a través de los inmensos ventanales del ático, tiñendo las sábanas grises de un tono dorado pálido. Valery despertó lentamente, desorientada por un segundo ante la inmensidad de la cama y la ausencia de los habituales sonidos de su propia casa. Al moverse, sus piernas se enredaron con la seda de su camisola, y el inconfundible aroma a sándalo y madera húmeda inundó sus sentidos, recordándole de golpe dónde estaba y con quién había dormido.
Marcos ya no estaba en la cama. El espacio a su lado estaba frío, pero conservaba el leve hundimiento de su cuerpo.
Valery se sentó, pasándose una mano por el cabello alborotado. Todavía podía sentir el eco fantasma del calor del pecho de Marcos contra su espalda, la forma en que su respiración la había acunado hasta que el agotamiento emocional la venció. Sacudió la cabeza, intentando disipar ese cosquilleo peligroso que se negaba a abandonar su vientre, y se levantó para enfrentar su primer día como la Sra. Sánchez.
Se envolvió en una bata de seda a juego y caminó descalza hacia el comedor.
La escena que encontró la detuvo en el umbral. Marcos estaba sentado a la cabecera de la inmensa mesa de cristal, vestido con un pantalón de traje gris carbón y una camisa blanca de botones, remangada hasta los antebrazos. Estaba leyendo algo en su teléfono mientras sostenía una taza de café negro. Dos empleadas domésticas, vestidas con uniformes impecables, se movían silenciosamente por la cocina abierta, sirviendo jugo de naranja recién exprimido y fruta fresca.
Cuando Valery dio un paso al frente, los ojos oscuros de Marcos se levantaron de inmediato, atrapándola en su campo gravitatorio. La mirada del hermano mayor de Adrián descendió por el escote en V de su bata con una lentitud casi insolente antes de volver a su rostro.
—Buenos días, esposa —dijo él, su voz barítona y rasposa rompiendo el silencio.
Las dos empleadas domésticas se giraron discretamente, pero Valery notó cómo sus miradas afiladas escaneaban cada uno de sus movimientos. La servidumbre del edificio era los oídos y los ojos de la alta sociedad; cualquier paso en falso llegaría a la madre de Marcos antes del mediodía.
—Buenos días, Marcos —respondió Valery, forzando una sonrisa dulce mientras avanzaba hacia la silla vacía a su derecha.
Antes de que ella pudiera acomodarse, Marcos dejó su teléfono, se levantó con una agilidad felina y retiró la silla por ella. Valery contuvo el aliento cuando sintió la mano grande y cálida de Marcos posarse justo en la base de su nuca, rozando su piel desnuda, justo donde el cabello caía en cascada. El contacto fue deliberado, posesivo.
—Dormiste mucho. Necesitas recuperar fuerzas —murmuró él, tan cerca de su oído que el aliento caliente le erizó el vello de la nuca. Luego, alzando la voz lo suficiente para que el personal lo escuchara, añadió con un tono de exigencia protectora—: Marta, por favor, sírvele a mi mujer los huevos Benedictinos. Ayer apenas probó bocado en todo el día. Y traiga más café.
—Enseguida, señor Sánchez —respondió la mujer, bajando la mirada con una sonrisa cómplice.
Valery se dejó caer en la silla, sintiendo el corazón latirle en la garganta. Marcos se sentó a su lado y, bajo el mantel de lino, su rodilla rozó casualmente la de ella. El calor de su cuerpo era abrasador. Él le acercó el plato de frutas con gesto autoritario.
—Come —ordenó él en voz baja, clavando sus ojos en los de ella—. Tienes ojeras, Valery. No voy a permitir que te enfermes por culpa de la resaca emocional que te dejó mi hermano.
—No me des órdenes —susurró ella, tomando un trozo de fresa con el tenedor, mirándolo con un desafío juguetón que no pasó desapercibido—. Soy tu esposa en el papel, no tu empleada.
Marcos esbozó esa sonrisa de medio lado, torcida y peligrosamente sensual, que hacía que sus facciones duras se suavizaran. Se inclinó hacia ella, acorralándola visualmente.
—Lo sé. Y como mi esposa, es mi deber asegurarme de que estés en perfectas condiciones. Además, me gusta cuidarte. Acostúmbrate.
El tono ronco de sus últimas palabras encendió una chispa directa en el bajo vientre de Valery. Había algo increíblemente embriagador en la forma en que Marcos tomaba el control. A diferencia de Adrián, que siempre huía de las responsabilidades, Marcos ocupaba el espacio, demandaba atención y la envolvía en una burbuja donde nada malo podía tocarla.
El timbre del ascensor privado interrumpió la asfixiante tensión.
Las puertas de metal se abrieron con un sonido sordo, y una ráfaga de energía caótica irrumpió en el ático. Camila Lezcano, con sus pantalones anchos de mezclilla, una chaqueta de cuero y su inseparable teléfono en la mano, entró al comedor como si fuera la dueña del lugar.
—¡Y aquí están los fugitivos del escándalo de la década! —anunció Camila, tirando su bolso sobre uno de los sofás antes de acercarse a la mesa—. Hola, cuñadito. Hola, hermana traicionada y misteriosamente resucitada.
—Camila, por Dios, ¿no conoces la palabra discreción? —suspiró Valery, aunque una sonrisa de alivio asomó a sus labios al ver a su hermana menor.
—¿Discreción? Val, las redes sociales están colapsando. Ustedes dos son tendencia número uno. "El intercambio del altar", los llaman. —Camila arrastró una silla al otro lado de la mesa, tomó un croissant del centro y le dio un mordisco enorme—. Marta, me regalas un juguito, por favor. Gracias. En fin, vine a ver cómo sobrevivieron a la "noche de bodas".
Marcos soltó una carcajada baja y profunda, recostándose en su silla con una relajación que a Valery le pareció fascinante.
—Sobrevivimos bastante bien, Camila, gracias por la preocupación —respondió él, sin inmutarse ante el interrogatorio picante de la chica.
—Ya, claro. Un matrimonio de conveniencia cerrado en quince minutos. Apuesto a que durmieron en habitaciones separadas y firmaron papeles toda la madrugada —dijo Camila, entrecerrando los ojos mientras los escaneaba de arriba abajo con escepticismo—. Valery parece que acaba de salir de un retiro espiritual de silencio, y tú te ves demasiado fresco. Cero química post-nupcial.
La mención de su falta de "química" fue como encender un fósforo en un polvorín.
Valery vio de reojo cómo la mandíbula de Marcos se tensaba. Marta, la empleada, pasaba justo detrás de ellos fingiendo limpiar la encimera. Este era el momento. Si no convencían a Camila —que era la persona que mejor conocía a Valery en el mundo—, el engaño no duraría ni dos días ante la sociedad o la familia de Marcos.
Sin decir una palabra, Marcos deslizó su mano bajo la mesa y agarró el muslo desnudo de Valery.
La chica dio un pequeño respingo en la silla. Los dedos largos de Marcos apretaron su piel suave justo por encima del borde de la bata, enviando una descarga eléctrica que le paralizó la respiración. No fue un toque casto ni amistoso; fue firme, ardiente y absolutamente posesivo.
—¿Sin química, dices? —murmuró Marcos, su voz descendiendo a un registro íntimo.
Mientras mantenía su mano férrea sobre el muslo de ella, con la otra la tomó suavemente por el mentón, obligándola a girar el rostro hacia él. Los ojos de Marcos brillaban con un fuego oscuro y salvaje. Valery sintió que el mundo se detenía. Él se inclinó lentamente y presionó sus labios contra el pulso acelerado de su cuello.
El roce de la barba de un día de Marcos contra su piel sensible le arrancó a Valery un suspiro ahogado, real e involuntario.
—Marcos... —susurró ella, su voz temblando por la abrumadora mezcla de pánico y un deseo tan agudo que le nubló la razón.
Él subió lentamente, rozando la comisura de sus labios antes de mirarla directamente a los ojos. Había una promesa implícita en esa mirada, un recordatorio de la noche anterior, del calor compartido en la oscuridad. Cuando Marcos finalmente rompió el contacto visual y miró de nuevo a Camila, Valery tenía las mejillas encendidas y el pecho agitado.
—Te aseguro, Camila, que el papel lo firmamos rápido. Pero la madrugada... la usamos para cosas mucho más interesantes —declaró Marcos con una arrogancia tan seductora que hasta la misma empleada doméstica pareció sonrojarse antes de escabullirse hacia la cocina.
Camila parpadeó, con el croissant a medio camino de su boca, completamente desconcertada por la palpable tensión sexual que acababa de presenciar.
—Vale, vale, demasiada información visual para mi cerebro antes de las nueve de la mañana —balbuceó la hermana menor, levantando las manos en señal de rendición—. Retiro lo dicho. Ustedes dos están a punto de incendiar este comedor. Solo venía a asegurarme de que mi hermana no estuviera llorando por el idiota de Adrián, pero veo que estás en... muy buenas manos.
—Las mejores —confirmó Marcos, su pulgar trazando círculos letales sobre el muslo de Valery, oculto a los ojos de los demás, pero haciendo estragos en el autocontrol de ella.
Tras unos minutos más de anécdotas rápidas y de asegurarse de que el drama en las redes sociales estuviera bajo control, Camila se despidió con un guiño cómplice y desapareció en el ascensor.
El silencio volvió a caer sobre el comedor. Marta y la otra empleada se habían retirado a las zonas de servicio, dejándolos completamente solos.
Valery miró la mano de Marcos, que aún descansaba sobre su piel desnuda, enviando oleadas de calor hacia su vientre. Ya no había nadie a quien engañar. No había prensa, no había Camila, no estaba el personal. Sin embargo, él no la soltaba.
—Ya se han ido —susurró Valery, intentando sonar firme, aunque su voz la traicionó con un ligero temblor.
Marcos movió el pulgar, delineando la cara interna de su muslo. Sus ojos oscuros subieron lentamente para encontrarse con los de ella, cargados de una intensidad que difuminaba por completo la línea de la mentira que se habían prometido mantener.
—Lo sé —respondió él en un hilo de voz, sin hacer el menor ademán de alejar su mano—. Lo sé muy bien, Valery.