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Renzo Vittorino, El Jefe De La Mafia Búlgara

Renzo Vittorino, El Jefe De La Mafia Búlgara

Status: Terminada
Genre:Acción / Mafia / Venderse para pagar una deuda / Romance oscuro / Completas
Popularitas:30
Nilai: 5
nombre de autor: Rosi araujo

Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.

NovelToon tiene autorización de Rosi araujo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Para Renzo Vittorino, la mafia nunca fue sobre tradición u honor, fue sobre eficiencia.

Mientras los antiguos capos de Bulgaria aún resolvían disputas en callejones sucios y ostentaban cadenas de oro, Renzo rediseñaba el submundo desde una cobertura de vidrio ahumado en Sofía.

Él no subió al poder solo heredando un apellido; lo hizo eliminando las redundancias.

A los 35 años, él percibió que el miedo es un recurso finito, pero la dependencia financiera es eterna.

Él no era solo un criminal; él era un estratega que transformó la organización en una máquina corporativa sombría.

Renzo creció bajo la sombra de un padre que confiaba demasiado en la fuerza bruta. Cuando el viejo Vittorino fue traicionado por un aliado cercano, Renzo no reaccionó con furia ciega.

Él esperó. Durante seis meses, él mapeó cada cuenta bancaria, cada amante y cada ruta de fuga del traidor.

Cuando finalmente actuó, no hubo tiroteo.

El traidor despertó y descubrió que estaba arruinado, sin un centavo, sin aliados y con una orden de arresto internacional en su nombre.

Solo entonces, Renzo lo visitó para dar el golpe de gracia. En aquella noche, la mafia búlgara entendió que el nuevo heredero no era un matón, era un verdugo que usaba la lógica.

Hoy, la operación de Renzo es una telaraña invisible que sostiene al país.

Logística de Sombras: Él controla los principales puertos del Mar Negro. Nada entra o sale de Bulgaria sin su "sello de aprobación".

De acero a petróleo, de electrónicos a mercancías de lujo, él tributa el mercado legal e ilegal con la misma precisión.

La Ley de Vittorino: Renzo detesta el caos. Bajo su comando, el crimen en las calles disminuyó, no por bondad, sino porque él no tolera atención innecesaria de la policía.

Si un pequeño criminal causa problemas, Renzo lo remueve silenciosamente para mantener los negocios grandes fluyendo.

Él administra sus negocios como una empresa de logística de élite. Reuniones a las seis de la mañana, informes de daños semanales y una política de tolerancia cero para errores.

"Un error es una lección; dos errores son un funeral", suele decir a sus capitanes.

Su vida personal es un espejo de su vida profesional: organizada, lujosa y vacía. Renzo vive en un estado de vigilia constante. Él entrena su cuerpo con la misma disciplina que entrena a sus soldados

boxeo, musculación y tácticas de tiro forman parte de su rutina matinal antes de vestir sus trajes italianos a medida.

Las mujeres en su vida son meras notas al pie. Él las escoge por la estética, las usa para aliviar la tensión de comandar un imperio y las dispensa antes de que el sol aparezca.

Ninguna de ellas jamás conoció al hombre detrás del traje; ellas conocen solo al Capo, el hombre que paga caro por el silencio y la discreción.

Para Renzo, el placer es un ítem de consumo, como un buen whisky o un coche deportivo.

Él se enorgullece de ser intocable. Nadie manda sobre él. Nadie lo conoce. Y, por encima de todo, nadie lo hace sentir nada además de la fría satisfacción del control.

La reunión de la cúpula ocurrió en el subsuelo de un antiguo teatro, un lugar donde las paredes de piedra ahogaban cualquier sonido.

Allí estaban los jefes de las cuatro familias menores que aún operaban bajo la sombra de los Vittorino. El aire estaba pesado con el humo de cigarros y el ego de hombres que se creían poderosos, hasta que Renzo entró en la sala.

Renzo no usaba guardaespaldas dentro de aquella sala. Él era su propia arma. Al sentarse en la cabecera de la mesa, él no abrió una carpeta; él apenas fijó los ojos en Grigori, el jefe del clan del norte.

Renzo— Mis informantes dicen que usted abrió una ruta paralela de transporte de opio sin pasar por mi puerto, Grigori.

La voz de Renzo era un susurro letal, atravesando la sala como una lámina.

Grigori— Fue solo una prueba, Renzo... la demanda aumentó y...

Renzo levantó un dedo, y Grigori enmudeció instantáneamente.

Renzo— Yo no cobro impuestos porque soy codicioso, Grigori. Yo cobro porque mi silencio es lo que mantiene a la policía lejos de su puerta. Cuando usted se desvía de mi ruta, usted crea un rastro. Y rastros atraen perros.

Él se inclinó hacia adelante, la luz tenue acentuando las cicatrices casi invisibles en sus nudillos.

Renzo— Usted tiene 24 horas para transferir el lucro total de esa ruta para la fundación Vittorino. Como penalidad, su cuota de participación en el mercado de armas cae por la mitad. Si hubiese una próxima "prueba", yo no mandaré un aviso. Yo mandaré a su sucesor para su próxima reunión.

El silencio que se siguió fue absoluto. Nadie osó defender a Grigori. En aquella mesa, Renzo era el juez, el jurado y el verdugo. Él se levantó, abotonando el saco, dejando claro que la reunión, y la carrera de Grigori, estaba finalizada.

Tres horas después, el olor a sangre y pólvora mental de las reuniones fue sustituido por el aroma de sándalo y Veuve Clicquot.

El Pulse, la discoteca de Renzo, era el ápice de su vida de placeres. En el camarote VIP, protegido por el vidrio unidireccional que le permitía ver todo sin ser visto, Renzo observaba la pista de baile.

Para él, la discoteca era un laboratorio de comportamiento humano. Él veía la ganancia, el deseo y la flaqueza en cada rostro iluminado por los flashes de neón.

Elena— ¿Otro whisky, Capo?

Preguntó Elena, una de las gerentes de la casa, aproximándose con una bandeja de plata.

Renzo— Traiga la botella. Y mande a las dos rusas que llegaron hoy para la suite superior.

Ordenó Renzo, sin desviar los ojos de la multitud. Para Renzo, el sexo era un deporte de alto rendimiento. Él no buscaba conexión; él buscaba extenuación.

Él gustaba de mujeres que entendían el juego: belleza a cambio de lujo, placer a cambio de silencio. En aquella noche, él se perdió entre cuerpos y sábanas de seda negra, tratando el deseo con la misma frialdad con que trataba sus negocios.

Él era el maestro de cada movimiento, el dueño de cada gemido, manteniéndose siempre emocionalmente distante, como si estuviese observándose a sí mismo desde fuera.

Fue al salir de aquella suite, a las cuatro de la mañana, aún abotonando los puños de su camisa, que Viktor lo encontró en el pasillo privado.

Viktor— Capo, Mikhail fue interceptado intentando cruzar la frontera con Grecia. Él está en el galpón de selección. Dice que tiene una propuesta que "cambia las reglas del juego" sobre la deuda de él.

Renzo soltó un suspiro de tedio.

Renzo— Mikhail no conoce las reglas del juego, mucho menos cambiarlas. Vamos a ver qué tipo de mentira él preparó para intentar salvar su propio pescuezo.

Renzo entró en el ascensor, dejando el mundo de las fiestas y de las mujeres para atrás.

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