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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 - Cartas censuradas

La noche siguiente, Eduardo esperó hasta que el reloj del vestíbulo dio las dos.

La mansión no dormía como otras casas. Se quedaba inmóvil. Las tuberías dejaban de quejarse, los criados apagaban las últimas lámparas y los pasillos se llenaban de una quietud disciplinada, como si incluso la madera supiera que Don Guillermo podía castigarla por crujir a destiempo.

Eduardo abandonó su habitación sin encender una vela. Llevaba el revólver descargado en el bolsillo y una llave atada al interior de la manga. No necesitaba el arma. Necesitaba sentir su peso.

Bajó por la escalera de servicio hasta el ala antigua. Aquella parte de la casa había sido cerrada después de la muerte de su abuelo. Guillermo afirmaba que la humedad dañaba los muebles; en realidad, despreciaba las habitaciones que aún conservaban objetos anteriores a su autoridad.

Eduardo entró en el antiguo cuarto de mapas.

El aire olía a polvo, sal y cuero envejecido. Las estanterías vacías dibujaban sombras rectangulares sobre las paredes. En el centro permanecía una mesa de navegación con la superficie deformada por los años. Eduardo cerró la puerta y retiró una tabla estrecha del suelo.

Debajo había una cerradura.

La llave de su manga giró dos veces. Un mecanismo oculto liberó el frente falso de la mesa. Eduardo tiró de él y dejó al descubierto un cajón revestido de plomo.

Allí guardaba siete años de fracaso.

Sacó primero las cartas. Había treinta y dos, atadas con cordones de distintos colores según su procedencia. Blancos para conventos. Azules para autoridades portuarias. Rojos para informantes que habían exigido dinero y luego desaparecido. Algunas conservaban sellos de Francia, Madeira y Lisboa. Otras no tenían lugar de origen, solo iniciales y fechas.

Casi todas habían sido censuradas.

La tinta negra cubría nombres, calles y números de barco. En ciertos documentos, la mano encargada de borrar había dejado intactas las cortesías y destruido todo cuanto pudiera conducir a una persona. «Confiamos en que su salud permanezca» sobrevivía. «La niña fue llevada a» desaparecía bajo una cicatriz oscura.

Eduardo colocó junto a ellas la carta recibida la noche anterior.

La señora I. conserva la salud.

Isabel estaba viva.

Durante años, aquella certeza había llegado por fragmentos: una receta firmada por un médico, el testimonio de una novicia expulsada, un hilo de cabello oscuro guardado dentro de una estampa religiosa. Guillermo había conseguido encerrarla sin proceso, convirtiendo la tristeza de una madre en prueba de desequilibrio. El convento la llamaba protegida. Los registros la llamaban penitente. Eduardo conocía la palabra verdadera.

Prisionera.

Desató el cordón blanco y ordenó las cartas por fecha. Si la hermana que ayudaba a Isabel había sido trasladada, alguien debía haber solicitado el cambio. Los conventos no movían una pieza sin registrar la mano que la empujaba.

La primera carta mencionaba un capellán enfermo. La segunda, una visita del vicario. La tercera contenía una frase extraña: «Las aves del patio ya no siguen la misma campana».

Eduardo la copió en una hoja limpia.

Después sacó la fotografía.

Era pequeña, montada sobre cartón. Isabel aparecía sentada junto a una ventana, sosteniendo a Micaela sobre las rodillas. La exposición prolongada había obligado a ambas a permanecer quietas. Isabel miraba a la cámara con una solemnidad que no le pertenecía. Micaela, en cambio, había movido una mano; sus dedos eran una mancha luminosa sobre el vestido de su madre.

En el reverso, Isabel había escrito: «Para que cuando viaje recuerdes hacia dónde regresar».

Eduardo apoyó el pulgar sobre la letra.

Había regresado. Llegó dos horas tarde.

El tercer objeto era un cuaderno de rutas. Sus páginas contenían nombres de barcos, fechas de salida, instituciones religiosas y familias que recibían niños sin hacer preguntas. Eduardo había trazado conexiones con tinta azul. Algunas rutas terminaban en una cruz. Otras, en un signo de interrogación. Ninguna conducía de regreso a Santa Lucía.

La información más reciente situaba a una niña de siete años en una casa administrada por religiosas cerca de Oporto. Tenía el cabello oscuro, una cicatriz bajo la barbilla y miedo a las campanas. Cuando el informante regresó, la casa estaba vacía. Los registros afirmaban que todos los niños habían sido distribuidos entre familias. No aparecía ningún nombre.

Eduardo marcó la fecha del traslado.

Tres días después, un barco de Guillermo había partido de Oporto sin carga declarada.

Una tabla del corredor crujió.

Eduardo apagó la lámpara y sacó el revólver. El metal produjo un sonido leve al rozar el borde de la mesa. Esperó en la oscuridad.

La puerta recibió tres golpes: dos rápidos y uno lento.

Guardó el arma.

—Entra.

Beatriz se deslizó dentro del cuarto llevando una vela protegida por la mano. Vestía una bata color ceniza y el cabello le caía suelto sobre los hombros. Sin las joyas ni la postura impecable del comedor, parecía más pequeña. También más cansada.

—Tu padre ha dejado a un hombre frente a tu puerta —susurró.

—Entonces cree que sigo dentro.

—Puse una manta bajo las sábanas. No lo engañará hasta el amanecer.

Eduardo encendió de nuevo la lámpara. Beatriz vio las cartas extendidas y cerró los ojos por un instante.

—Recibiste noticias.

—Micaela fue vista al comienzo del otoño. Ya no está donde la tenían.

La vela tembló en la mano de Beatriz.

—¿Está viva?

—Eso dice la carta.

—Gracias a Dios.

—Dios ha tenido siete años para intervenir. Prefiero agradecer a la mujer que arriesgó la tinta.

Beatriz dejó la vela sobre la mesa.

—No conviertas la rabia en otra religión, Eduardo. Exige sacrificios igual de crueles.

—Tú me pediste que esperara. Cada vez que encontré una pista, me dijiste que necesitábamos pruebas. Mientras reuníamos papeles, movieron a mi hija como si fuera contrabando.

—Si hubieras atacado a Guillermo aquella noche, estarías muerto o encerrado. Isabel seguiría en el convento y nadie buscaría a Micaela.

—Tal vez alguien menos cobarde lo habría hecho mejor.

Beatriz retrocedió como si la frase hubiera tenido cuerpo.

Eduardo se arrepintió antes de que ella bajara la mirada, pero no pidió perdón. En aquella familia las disculpas siempre llegaban cargadas de condiciones. No quería que la suya se pareciera a las de Guillermo.

Beatriz abrió la mano. En la palma llevaba un pedazo de papel doblado muchas veces.

—Por eso vine.

Lo extendió sobre el cuaderno de rutas. Era una lista de embarcaciones escrita con la letra del secretario de Guillermo. Junto a cada nombre aparecían varios puertos, algunos tachados y sustituidos por otros.

—Encontré esto dentro del libro de cuentas de la casa —explicó—. No pertenece a los registros oficiales.

—¿Qué transportan?

—No lo sé. Pero escuché a Guillermo discutir con el capitán Salvat. Dijo que ningún barco debía entrar dos veces seguidas en el mismo puerto.

Eduardo recorrió los nombres con el dedo. La Estrella Gris. El Nazareno. La Fortuna del Sur. Conocía aquellas naves. Figuraban en las cuentas como cargueros menores, demasiado viejos para las rutas principales y demasiado rentables para ser vendidos.

—Cambian de puerto —murmuró.

—Con cada luna nueva —dijo Beatriz—. Esas fueron las palabras de Salvat.

Eduardo abrió el almanaque naval. Marcó las lunas nuevas de los últimos seis meses y las comparó con las fechas del cuaderno. Oporto. Vigo. Santa Cruz de Tenerife. Madeira. Los barcos no seguían una ruta comercial. Dibujaban un círculo irregular alrededor del Atlántico, borrando sus huellas antes de que los informes pudieran alcanzarlas.

La fecha del traslado de Micaela coincidía con una luna nueva.

—La movieron en uno de estos barcos.

—No puedes saberlo.

—Guillermo controla las instituciones que la reciben y los barcos que desaparecen de los registros. Puedo saberlo lo suficiente.

Beatriz observó el documento de los Díaz que asomaba entre las rutas. Eduardo lo había utilizado para comparar las nuevas conexiones comerciales de la tabacalera.

—¿Qué tiene que ver Diane con esto?

—Nada.

—No me mientas. Eres peor que tu padre cuando lo intentas.

Eduardo cerró el almanaque.

—Los Díaz trabajaban con capitanes independientes antes del acuerdo. Tienen agentes en puertos donde Guillermo no controla todas las oficinas. El compromiso me permitirá revisar sus contactos sin despertar sospechas.

—Estás pensando utilizarla.

—Estoy pensando utilizar el contrato que nos impusieron.

—La diferencia solo existe si Diane conoce el riesgo.

Eduardo recordó la risa en el vestíbulo y la manera en que ella había tocado la marca del cuello de Liberto. Recordó también su pregunta bajo el roble: «¿Y si lo amenaza con la mujer y la niña?». Diane ya vivía dentro del peligro sin conocer su forma completa.

—Todavía no puedo decírselo.

—Entonces no confundas su ignorancia con permiso.

Beatriz recogió la vela. Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.

—La muchacha no es una ruta hacia Micaela. Es otra persona a quien Guillermo ha colocado en el tablero.

—Lo sé.

—Saberlo no basta.

Los tres golpes acordados sonaron desde el corredor. Beatriz apagó su vela y salió. Eduardo permaneció frente a la mesa, escuchando cómo sus pasos desaparecían.

Guardó la lista de barcos con las cartas rojas. A partir del día siguiente preguntaría a Ernesto por los antiguos agentes de la tabacalera. Fingiría interés comercial, aceptaría cenas y permitiría que Guillermo interpretara su obediencia como una victoria.

La idea le produjo asco.

También esperanza.

Solo quedaba un objeto en el fondo del cajón.

Eduardo lo sacó envuelto en el chal de Isabel. Era el sonajero de plata. Beatriz lo había recuperado seis meses después de la desaparición, oculto en una caja del despacho de Guillermo. La esfera estaba abollada y el mango conservaba dos pequeñas marcas de dientes.

Lo agitó.

El sonido fue opaco. Algo dentro no se movía como antes.

Eduardo examinó la unión central. Una línea fina rodeaba la esfera. Introdujo la punta de la navaja y giró con cuidado. La plata cedió.

Entre los diminutos cascabeles encontró un papel enrollado.

Era reciente. No podía llevar siete años allí: la tinta continuaba azul y el papel olía al jabón de lavanda que Beatriz utilizaba en sus cajones.

Lo desplegó.

Había un dibujo infantil: una casa inclinada, tres figuras tomadas de la mano y un barco bajo una luna negra. En una esquina aparecía una sola letra, trazada con esfuerzo.

«M».

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