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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL REFUGIO EN LA NIEBLA

La lluvia de la ciudad se convirtió en una neblina densa a medida que el pequeño y discreto utilitario de Ela subía por las sinuosas carreteras secundarias que bordeaban la cordillera.

En el interior del vehículo, el silencio no era incómodo; estaba cargado de una intimidad casi clandestina. Kang viajaba en el asiento del copiloto con el abrigo desabotonado, la cabeza apoyada en el respaldo y la mirada fija en el limpiaparabrisas, que barría el agua con un ritmo hipnótico. Por primera vez en años, su teléfono corporativo estaba apagado en la guantera.

—No recuerdo la última vez que salí de la ciudad sin una escolta o un itinerario —comentó Kang, su voz profunda rompiendo la quietud. Giró la cabeza para mirarla de perfil. La luz tenue del tablero esculpía las facciones de Ela—. ¿A dónde me llevas, Susana?

—A un lugar donde las apariencias no valen nada —respondió ella, manteniendo los ojos en la carretera húmeda. Su tono era suave, pero firme—. Mi padre solía decir que cuando el ruido del mundo te aturde, debes buscar el agua. Ella siempre sabe a dónde ir.

A unos treinta kilómetros de la periferia, Ela desvió el auto hacia un camino de tierra que conducía a un viejo mirador de madera suspendido sobre el valle. Abajo, las luces de la metrópoli parpadeaban como un tapiz de estrellas caídas, medio ahogadas por la bruma. Al lado del mirador, una pequeña cabaña de piedra con las luces apagadas parecía mimetizarse con el bosque de pinos. Era una propiedad que Victoria había adquirido bajo un nombre falso hace un año, el escondite perfecto para las operaciones de emergencia.

Ela apagó el motor. El repentino silencio, roto solo por el golpeteo suave de las gotas sobre el techo del auto, se sintió inmenso.

—Es hermoso —susurró Kang, observando el abismo de luces a través del parabrisas empañado.

—Aquí nadie te busca, Kang. Aquí eres solo un hombre —dijo Ela, girándose en su asiento para enfrentarlo.

Kang no esperó más. Se inclinó hacia ella, acortando el espacio. Su mano, grande y cálida, subió por el cuello de Ela, deteniéndose en su mejilla. Sus dedos rozaron la piel suave, justo sobre la zona donde los cirujanos reconstructivos habían hecho milagros. Ela contuvo el aliento. Esperaba sentir el frío cálculo de la actriz que ejecuta su papel, pero el calor del contacto físico de Kang le envió una vibración que sacudió su pecho con fuerza.

—A veces desearía haberte conocido en otra vida, Susana —dijo él, con los ojos fijos en los de ella, cargados de una melancolía que la desarmó—. Una vida donde mi apellido no fuera una condena y donde no tuviera que sospechar de cada persona que me sonríe.

—¿Sospechas de mí? —preguntó Ela, sosteniéndole la mirada, el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.

—Tú eres la única que no me pide nada, Susana. Y eso es lo que más me asusta. Me haces querer entregártelo todo.

Kang acortó la última distancia y la besó.

Fue un beso lento, desprovisto de la agresividad del poder, pero cargado de una urgencia acumulada durante semanas de miradas y roces prohibidos en la pista de baile. Ela cerró los ojos. Por un segundo salvaje y peligroso, se olvidó de la fábrica de su padre, se olvidó de Julián, se olvidó de la venganza de Victoria. Se dejó llevar por el calor de los labios del hombre que se suponía debía destruir.

Cuando se separaron, la respiración de ambos era agitada. Kang apoyó su frente contra la de ella, manteniendo sus manos en su rostro.

—Ayúdame a salir de esa prisión, Susana —suplicó él en un susurro—. Ayúdame a encontrar las pruebas para acabar con el control de mi suegro sobre el holding. Si logro independizar la división de Althea y forzar el divorcio con la auditoría que estoy preparando, seré libre. Y tú también podrás serlo.

Ela sintió un escalofrío helado. ¿Una auditoría?

—¿Qué tipo de auditoría, Kang? —preguntó ella, modulando su voz para que sonara como una preocupación genuina por su bienestar—. No quiero que te pongas en peligro por mi culpa.

—Tengo un archivo —reveló Kang, bajando la voz, ajeno a que estaba entregando la llave maestra de la operación—. Registros de transacciones que mi suegro y su junta directiva usaron para encubrir la quiebra provocada de varias competidoras hace años. Lavado de dinero, incendios sospechosos... El viejo cree que nadie lo sabe, pero yo guardo las copias de seguridad en mi caja fuerte personal en la oficina. Si saco eso a la luz, el holding cae, pero yo podré reconstruir mi vida sobre los escombros. Lejos de ellos. Contigo.

Ela sintió que la respiración se le cortaba, pero esta vez por la pura adrenalina de la victoria. La caja fuerte personal en la oficina de Kang. El archivo del incendio de la fábrica de su padre estaba allí. El boleto de ida al infierno para Julián y el viejo patriarca estaba al alcance de su mano.

—Te ayudaré en lo que necesites, mi amor —susurró Ela, abrazándolo con fuerza para ocultar la fría y calculadora sonrisa que acababa de dibujarse en su rostro—. Saldremos de esto juntos.

Mientras reposaba su cabeza en el pecho de Kang, escuchando el latido acelerado de su corazón, Ela miró a través de la ventana empañada hacia la oscuridad del bosque. Sabía que el camino de regreso ya no existía. Acababa de obtener la ubicación del tesoro, pero el precio a pagar sería el corazón del único hombre que realmente había intentado protegerla en toda su vida.

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