Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 9 La claridad.
Abad se acercó a la ventana y miró hacia el horizonte. El cielo estaba despejado, pero en su mente solo había tormenta.
—Lila —murmuró, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la palma de sus manos—. Esto no puede ser el final. No te voy a dejar ir así. No sin decirte todo lo que debí decirte. No sin pedirte perdón. No sin luchar por ti.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas, esperando cualquier noticia, cualquier esperanza. Pero era solo un mensaje de su madre.
"Ya te dije que esa mujer no era para ti. Morel está preocupada. Llámala."
Abad apretó el teléfono con furia y lo estrelló contra la pared. El dispositivo se rompió en mil pedazos, pero él ni siquiera lo notó.
—Maldita sea —susurró, y su voz se quebró—. Lila, ¿dónde estás?
No había respuesta. Solo el silencio de una oficina vacía y el eco de su propia desesperación.
Y en algún lugar, a kilómetros de distancia, Lila subía a un coche negro con Leonardo Guzmán, dejando atrás la ciudad que había sido su hogar, el hombre que había sido su esposo, y la vida que había conocido.
El vuelo a Ginebra la esperaba. Y con él, un futuro incierto.
Pero también, tal vez, una segunda oportunidad.
Mientras esto pasaba, Lila estaba con un café en la mano, a punto de caerse, cuando vio en la televisión de un hotel cerca del aeropuerto el siniestro del que debería ser su avión.
Lila había recibido unos papeles de su padre biológico. Cuando reaccionó, su vuelo ya se había cerrado. Programó el próximo vuelo, pero dijo que primero se tomaría un café.
Estaba por llamar a su tío, a su primo, cuando detrás de ella una mano cálida le golpeó suavemente el hombro.
—¿Señorita Lila Marín? —dijo cordialmente.
Ella se dio la vuelta sin saber lo que pasaba.
—Permítame presentarme. Soy el abogado Leonardo Guzmán, soy representante de Giacomo Lombardi, su padre biológico. Creí que había viajado, pero la vi aquí mirando la tele —explicó el hombre mientras Lila estaba perdida, realmente no entendía.
—¿Mi padre? —preguntó Lila con la voz entrecortada, dejando la taza de café sobre la mesa con manos temblorosas—. No entiendo. ¿Qué padre? Yo no tengo padre.
—Sé que es una sorpresa, señorita Marín. Pero Giacomo ha estado buscándola durante años. Finalmente dio con usted hace unas semanas, justo cuando… bueno, cuando ocurrió lo del hospital. Él quería presentarse antes, pero sabía que usted estaba pasando por un momento difícil.
Lila soltó una risa amarga, incrédula.
—¿Momento difícil? Señor, acabo de perder un bebé, le pedí el divorcio a mi marido y veo en la televisión que el avión en el que supuestamente viajaba explotó. ¿Y ahora aparece usted diciéndome que mi padre biológico, al que nunca vi en mi vida, quiere hablar conmigo? ¿Es una broma?
—No es ninguna broma, se lo aseguro —dijo Leonardo, sacando un teléfono de su chaqueta—. Mire, él quería llamarla usted misma, pero no sabía cómo reaccionaría. ¿Me permite?
Lila dudó, miró la pantalla del teléfono y asintió. En la pantalla aparecía un hombre mayor, de cabello canoso, con los mismos ojos verdes que ella veía cada mañana en el espejo.
—¿Lila? —dijo el hombre desde la pantalla, con voz temblorosa y un acento italiano marcado—. Soy Giacomo. Soy tu padre. Y sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero… por favor, no cuelgues.
Lila sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Por qué? —atinó a decir, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¿Por qué ahora? ¿Dónde estabas cuando me quedé huérfana? ¿Dónde estabas cuando me casé con un hombre que no me amaba? ¿Dónde estabas cuando perdí a mi bebé?
Giacomo cerró los ojos por un momento, como si cada palabra fuera un puñetazo.
—Lo sé, Lila. Lo sé todo. Y te juro que voy a explicarte cada cosa. Pero ahora necesito que confíes en mí. No tomes ese avión. No vuelvas con Abad. Ven a Ginebra. Te estaré esperando.
Lila tragó saliva. Miró al abogado, que la observaba con una mezcla de respeto y compasión. Luego volvió a mirar la pantalla, donde su padre —ese desconocido— le ofrecía una mano que nunca había estado ahí.
—Está bien —susurró finalmente—. Iré a Ginebra. Pero no por ti. Porque ya no tengo nada que me ate aquí.
Giacomo asintió, con los ojos brillantes.
—Eso es más de lo que merezco. Gracias, hija. Te espero.
La videollamada se cortó. Lila se quedó en silencio, sintiendo el peso de todo lo que acababa de ocurrir.
—Tengo un coche afuera —dijo Leonardo, guardando el teléfono—. El vuelo privado sale en dos horas. ¿Necesita recoger algo?
—No —respondió Lila, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. No me queda nada que recoger.
*_*
Mientras tanto, en la oficina de Abad, el caos era absoluto.
—¡¿Qué quieres decir con que no hay sobrevivientes?! —gritó Abad, aún en el suelo, con Dante sujetándolo por los hombros.
—Señor, el oficial fue claro —respondió Dante, con voz temblorosa—. El avión… explotó.
—Pero ella no debía estar ahí —dijo Abad, más para sí mismo que para Dante—. ¡Ella no debía estar en ese maldito avión!
—Jefe, tenemos que ir al aeropuerto, identificar… —Dante no pudo terminar la frase.
—¡No! —gritó Abad, poniéndose de pie de golpe—. Ella no está muerta. No puede estarlo. ¡Llamen a César! ¡Llamen a su tío! ¡Alguien tiene que saber algo!
Dante asintió y salió corriendo. Abad se quedó solo, mirando los papeles del divorcio que seguían sobre su escritorio, manchados por el café que se había derramado.
—Lila —murmuró, apretando los puños—. Esto no puede ser el final. No te voy a dejar ir así. No sin decirte todo lo que debí decirte. No sin pedirte perdón. No sin luchar por ti.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas, esperando cualquier noticia, cualquier esperanza. Pero era solo un mensaje de su madre.
"Ya te dije que esa mujer no era para ti. Morel está preocupada. Llámala."
Abad apretó el teléfono con furia y lo estrelló contra la pared. El dispositivo se rompió en mil pedazos, pero él ni siquiera lo notó.
—Maldita sea —susurró, y su voz se quebró—. Lila, ¿dónde estás?
No había respuesta. Solo el silencio de una oficina vacía y el eco de su propia desesperación.
Y en algún lugar, a kilómetros de distancia, Lila subía a un coche negro con Leonardo Guzmán, dejando atrás la ciudad que había sido su hogar, el hombre que había sido su esposo, y la vida que había conocido.
El vuelo a Ginebra la esperaba. Y con él, un futuro incierto.
Pero también, tal vez, una segunda oportunidad.
ella es excelente escritora