Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 23: jajaja
El aire en la suite pesaba con la densidad de las tormentas a punto de estallar. Marco seguía encima de ella, sus manos sujetando suavemente sus muñecas contra la colcha de seda, sus ojos fijos en los de ella con una intensidad que quemaba cualquier rastro de duda que ella intentara levantar. No gritó, no se defendió con excusas vacías; se inclinó hasta que su aliento rozó sus labios y le habló con una voz que parecía arrancada desde lo más profundo de su ser:
—No me importa lo que creas haber visto. No me importa la imagen que te quedaste grabada en la mente. Lo único que importa es esto: te amo a ti. Solo a ti. Y te deseo con una fuerza que me consume cada segundo que no estás conmigo. No puedo ser de nadie más, porque mi cuerpo, mi mente y mi alma ya te pertenecen desde la primera vez que te vi.
Antes de que ella pudiera responder, de que pudiera volver a decirle que se fuera o que no le creía, selló sus labios con un beso desbordado, feroz y a la vez lleno de una ternura desesperada. Fue un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba su lugar, recorriendo cada rincón de su boca, haciéndole sentir la urgencia y la verdad que él juraba llevar dentro. Elisa intentó apartar la cabeza, apretar los labios para no responderle, mantener esa barrera de dolor y rabia que había levantado en su corazón… pero sus manos, traicioneras, empezaron a aflojarse, y su cuerpo, que tanto conocía el calor de él, empezó a responderle por encima de su voluntad.
Marco sintió esa pequeña grieta en su resistencia y aprovechó para avanzar despacio, con una destreza que la hacía estremecer sin querer. Desabrochó con movimientos lentos y seguros su camisa, besando su cuello, sus hombros, la línea de su clavícula, susurrando su nombre como si fuera una oración. Pero cuando vio que todavía había una sombra de duda en sus ojos, se incorporó un instante, se quitó el cinturón de cuero negro con un chasquido seco y sonoro que resonó en toda la habitación, y sosteniéndolo en una mano, le preguntó con una voz rasposa y llena de deseo:
—¿Quieres ver cuánto te deseo? ¿Quieres sentir cómo ardo por ti?
Sin esperar respuesta, volvió a caer sobre ella, pero ahora con una pasión más abierta, más íntima, besando cada centímetro de su piel con una adoración que la desarmó por completo. Y en ese momento, Elisa ya no pudo resistirse más. El dolor, la traición, el miedo… todo se desvaneció arrollado por esa corriente de fuego que los unía. Sus manos se aferraron a su espalda, sus piernas se enlazaron a las suyas, y devolvió cada beso, cada caricia, con la misma locura y el mismo anhelo. Se entregaron el uno al otro con una intensidad desenfrenada, mezclando lágrimas con besos, susurros con gemidos, hasta que el mundo entero se redujo a ese abrazo, a ese amor que parecía capaz de romper cualquier barrera, cualquier mentira y cualquier distancia.
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Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, en una habitación tan elegante como discreta, el silencio solo se rompía por la respiración agitada de dos personas que nadie habría imaginado juntas. Sobre una cama de sábanas oscuras, Alexa y Esteban terminaban de abrazarse, recuperando el aliento después de un encuentro que había sido tan intenso como inesperado. Nadie en la oficina, nadie entre sus conocidos, habría podido sospechar que esa mujer seria, leal y prudente, y ese hombre encantador y mujeriego, compartían algo más que palabras de cortesía o miradas de reojo. Se miraron en la penumbra, y por un instante la máscara de ambos cayó, dejando ver una complicidad extraña, nacida de la conveniencia y del placer mutuo.
Alexa fue la primera en levantarse, envolviéndose en una bata ligera. Se acercó a la pequeña barra de la habitación, sirvió dos copas de un vino tinto profundo y se lo llevó, entregándole una a Esteban mientras se sentaba al borde de la cama. Chocaron las copas despacio, y al tomar un sorbo, una sonrisa burlona apareció en los labios de ella.
—¿Te das cuenta? —dijo con voz suave—. Todos creen que Elisa es la que tiene el control de la situación, o que es la que está sufriendo entre los dos. Pero la verdad es que ahora ella está metida tan adentro en la cabeza de Marco que no va a saber salir por sí sola. ¿Cuánto tiempo crees que aguantará él antes de hacer cualquier locura por ella?
Esteban soltó una risa suave, acariciando el borde de la copa con la mirada perdida en la pared.
—No importa cuánto tiempo tarde —respondió con un tono que empezaba a volverse sombrío—. Lo que importa es que ella sigue ahí, tan cerca… y yo no pierdo de vista lo que quiero. Ya muy pronto, Marco se habrá cansado de sus dudas, o ella misma habrá terminado de destrozarse con tanto remordimiento. Y cuando eso pase… entonces yo por fin podré probar ese cuerpo que tanto me ha llamado la atención. Me va a dar un placer inmenso tenerla entre mis brazos, ver cómo se olvida de él y se entrega a mí.
Y soltó una risa siniestra, llena de arrogancia y de una intención que no dejaba lugar a dudas.
Alexa se quedó mirándolo. La sonrisa desapareció de sus labios al instante, sus ojos se endurecieron y su rostro se volvió completamente serio, sin rastro de la complicidad de unos segundos antes. No dijo nada, pero su mirada fría y cortante le hizo entender a Esteban que esa broma, esa intención, no le hacía ninguna gracia