Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 2: El precio de la libertad (y de un café amargo)
Si a Valeria Grien le hubieran dicho esa mañana que terminaría firmando un contrato de matrimonio con el hombre más estricto, estirado y ridículamente atractivo de la ciudad, se habría reído en su cara justo antes de morder su dona de glaseado doble.
Pero ahí estaba.
El bufete de abogados de los Starling olía a maderas caras, a millones de dólares y a la absoluta falta de alegría. Valeria se acomodó en la silla de cuero, sintiendo que sus jeans ajustados y su blusa de flores de colores chillones desafiaban la sobriedad del lugar. A su lado, sentado con una postura tan recta que parecía haber desayunado un palo de escoba, estaba Maximiliano Starling.
Maximiliano ni siquiera la miraba. Mantenía los ojos fijos en el abogado familiar, un anciano que parecía disfrutar demasiado del drama que estaba a punto de desatar.
—Bien, aclarados los puntos principales de la herencia de la matriarca —carraspeó el abogado, acomodándose las gafas—, pasamos a la cláusula de convivencia. Para que el traspaso de las acciones de la constructora Grien & Starling sea efectivo, ambos herederos deberán contraer nupcias en un plazo no mayor a treinta días.
—Es una ridiculez —interrumpió Maximiliano. Su voz era como un témpano de hielo golpeando un vaso de cristal—. Mi abuela no estaba en pleno uso de sus facultades mentales cuando redactó esto. No voy a casarme con... con ella.
Valeria abrió la boca, ofendida.
—¡Oye, "cara de iceberg"! Tampoco es que yo esté saltando de la emoción por amanecer todos los días viendo tu cara de pocos amigos —le espetó ella, girándose en el asiento—. Mis curvas y mi carisma son demasiado para tu estructura de Excel.
—No es una cuestión de carisma, Valeria. Es una cuestión de orden. Eres un torbellino caótico.
—¡Y tú eres un aburrido!
—¡Silencio, por favor! —pidió el abogado, golpeando suavemente la mesa—. La cláusula también exige que vivan bajo el mismo techo durante un año consecutivo. Habrá inspecciones aleatorias para comprobar que mantienen una "armonía conyugal". Si alguno pide el divorcio antes de tiempo o se niega a convivir, la empresa pasará a una organización benéfica. Todo. Cada centavo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Valeria miró a Maximiliano. Maximiliano miró a Valeria. Ninguno de los dos estaba dispuesto a perder el esfuerzo de sus vidas por culpa de un orgullo mal entendido.
Fue Maximiliano quien sacó una elegante pluma estilográfica del bolsillo interior de su traje de tres piezas. Con un movimiento rápido, deslizó un papel en blanco hacia Valeria.
—Bien. Si tenemos que hacerlo, lo haremos bajo mis términos —declaró él, con los ojos grises brillando con una intensidad fría—. Vamos a redactar un contrato privado. Regla número uno: vidas separadas. Regla número dos: tú mantienes tu desorden en tu habitación y yo el mío en la mía.
Valeria sonrió, una sonrisa de lado, desafiante y llena de picardía, mientras le arrebataba la pluma de los dedos.
—Y la regla número tres, Starling, la más importante de todas: **Camas separadas y cero contacto físico**. No me tocas ni por error. Si rompemos esa regla, el que caiga le paga un millón de dólares al otro. ¿Trato?
Maximiliano soltó una risa seca, seguro de su legendario autocontrol.
—Trato hecho, Grien. No vas a oler ni un centavo de ese millón.