Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 15: La Decisión que Quema
El salón principal de la mansión se sentía como un tribunal. Ambas familias estaban presentes: los Lecrec y los Spencer. El aire estaba cargado de tensión y silencio. Sebastian, de pie en el centro, miró a todos con esa frialdad que lo caracterizaba.
—La decisión es de Elena —declaró con voz clara y firme—. Ella decidirá qué hacer con su hermano. Yo no intervendré. Es su sangre. Su elección.
Sin decir más, Sebastian hizo un gesto a su familia. Los Spencer salieron del salón uno tras otro, dejando a los Lecrec solos con su vergüenza.
En cuanto la puerta se cerró, Martín se arrodilló frente a Elena, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada.
—Hermana… por favor, ten compasión de mí. Soy tu hermano. No me entregues. Haré lo que sea. Cambiaré. Te lo juro por lo que más quieras.
Elena lo miró desde arriba, con el corazón destrozado. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero su voz sonó sorprendentemente firme:
—Haré lo correcto, Martín. Incluso si eso significa ir contra mi propia sangre.
Victoria soltó un grito ahogado y se levantó furiosa.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Es tu hermano! ¡Nuestra familia! ¿Vas a traicionarlo por ese hombre? ¡Eres una desagradecida!
Alfred intentó calmar a su esposa, pero Elena ya no soportaba más. Con lágrimas corriendo por su rostro, salió del salón casi corriendo, dejando atrás los gritos y llantos de su familia.
En el jardín, Sebastian y John hablaban en voz baja bajo la sombra de un viejo roble.
—Los puse en conflicto —dijo Sebastian con una sonrisa fría—. La idea siempre fue destruirlos desde dentro. Que se despedacen entre ellos. Es más efectivo que cualquier cárcel.
John asintió.
—Estás jugando con fuego, Sebastian. Elena no es como los demás.
En ese momento llegaron Matilda y Stephanie, visiblemente molestas.
—¿Cómo se te ocurre dejar una decisión tan importante en manos de esa chica? —reclamó Matilda—. ¡Es una Lecrec! Va a proteger a su hermano. Estás siendo débil, Sebastian.
Stephanie añadió con veneno:
—Esa mujer te está ablandando. Deberías haberlo entregado tú mismo.
Sebastian las miró con expresión gélida.
—Sé perfectamente lo que hago. No necesito que me digan cómo manejar esto. Regresen a la casa.
Las dos mujeres se retiraron a regañadientes.
Sebastian subió a la habitación matrimonial. Al entrar, encontró a Elena sentada en el borde de la cama, llorando en silencio mientras sostenía una vieja foto familiar. En ella se veían los cuatro Lecrec sonrientes en tiempos mejores.
Sebastian cerró la puerta suavemente.
—No hay tiempo para esto, Elena. Martín es un criminal. Debes entregarlo.
Elena levantó la mirada. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas y dolor.
—¿Por qué me dejaste esa decisión a mí? —reclamó con voz rota—. Es mi hermano. Mi familia nunca me lo va a perdonar. Me estás obligando a elegir entre ellos y… y lo correcto. ¿Por qué me haces esto?
Sebastian se acercó y se detuvo frente a ella. Su tono fue frío, pero extrañamente calmado:
—Porque quiero ver de qué estás hecha. Demuestra que eres justa. Demuestra que eres correcta, como siempre dices que eres. O demuéstrame que eres igual que ellos.
Elena sostuvo su mirada entre lágrimas. El peso de la decisión la aplastaba. La foto familiar temblaba en sus manos.
—No sé si podré vivir con esto… —susurró.
Sebastian no respondió. Se quedó allí, observándola, mientras la joven luchaba contra su propia conciencia. La habitación se llenó de un silencio pesado, roto solo por los sollozos contenidos de Elena.
La guerra interna acababa de comenzar para ella.