Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 5
—¿Qué fue eso?
preguntó Laura, recogiendo sus cosas.
—Anoche parecía que... y hoy me trata como si fuera una extraña que acaba de entrar por la calle.
Marco se acercó a ella. Su presencia era abrumadora. Olía a café amargo y a ese perfume de maderas que Laura ya empezaba a asociar con el peligro.
—Anoche estábamos fuera de estas paredes, Laura. Aquí soy tu jefe. Y necesito que seas la mejor, porque Montes está buscando cualquier excusa para sacarte del proyecto. No puedo protegerte si no eres impecable.
—Yo no necesito que me proteja, señor Marco
replicó ella, dando un paso hacia él, acortando la distancia.
— Necesito que me respetes. Y si me vas a tocar la cara frente a un restaurante de lujo, al menos ten la decencia de saludarme con un buenos días que no suene a sentencia de muerte.
Marco soltó una risa seca, una que no llegó a sus ojos.
—Eres un desastre para mi estructura, ¿lo sabes? Llegas aquí con tus ideas revolucionarias y ese batido de chocolate, y pones todo patas arriba. No estoy acostumbrado a que las cosas se salgan de mi control.
—Tal vez tu control es lo que te mantiene tan solo
soltó Laura sin pensar.
El rostro de Marco cambió. Una sombra de dolor, real y profunda, cruzó sus facciones. Se alejó de ella y caminó hacia su escritorio, dándole la espalda. Laura quiso morderse la lengua. Sabía que había tocado una fibra sensible, algo relacionado con ese muro de soledad que él proyectaba.
—Vuelve a tu puesto, Durán. Tenemos que viajar al viñedo el viernes para la inspección de campo. Prepárate para dos días de trabajo intenso bajo el sol. Y lleva zapatos cómodos, no quiero tener que cargarte si te doblas un tobillo.
Laura salió de la oficina echando chispas. ¿Cargarme?. El muy idiota pensaba que era una damisela en apuros. Se sentó en su cubículo y, para calmar la ansiedad, sacó una barrita de chocolate de su cajón. Es un engreído lleno de sarcasmo, pensó mientras masticaba con saña.
Sin embargo, la curiosidad fue más fuerte. Abrió el navegador y buscó información privada sobre Marco. No encontró mucho, solo lo de siempre, éxito, dinero, una lista de exnovias modelos que duraban menos que un suspiro. Pero encontró una nota pequeña en un foro de chismes empresariales de hace años, -El heredero sin herencia, -¿Por qué Marco nunca ha formado una familia?. Los comentarios hablaban de una supuesta enfermedad, de una frialdad extrema, de un hombre que se sabía el final de su estirpe.
Laura sintió una oleada de empatía que la desarmó. Ella, que siempre se había sentido demasiado por su peso, se encontraba frente a un hombre que se sentía menos por algo que no podía controlar?.
El resto de la semana fue un despliegue de tensión sexual y profesionalismo forzado. Se encontraban en el ascensor y el aire se volvía irrespirable. Él le pasaba documentos y sus dedos se rozaban accidentalmente, enviando descargas eléctricas por todo el cuerpo de Laura. Ella lo atrapaba mirándola cuando pensaba que ella no se daba cuenta, no miraba sus planos, miraba la curva de su cuello, la forma en que mordía su labio cuando se concentraba.
El jueves por la tarde, Marco se detuvo frente a su cubículo.
—Mañana salimos a las cinco de la mañana. Paso por ti. No quiero retrasos.
—Puedo ir en coche, Señor Marco. No hace falta que...
—Paso por ti, Laura
insistió él, usando su nombre con una suavidad que la dejó sin aliento.
—Es un viaje largo. Y necesito que revisemos los detalles del pasado de esa propiedad durante el trayecto. Al parecer, hay algunos problemas con los antiguos títulos de propiedad.
Laura sintió que el corazón le daba un vuelco. Títulos de propiedad. El misterio de su adopción estaba a punto de chocar de frente con el hombre que la volvía loca.
Esa noche, Laura no pudo dormir. Empacó una maleta pequeña, incluyendo ese vestido de flores que siempre la hacía sentir bonita a pesar de sus inseguridades. Miró la carta quemada una última vez.
Si él supiera quién es realmente... Pero ni ella misma lo sabía del todo.
Lo que Laura no podía imaginar era que Marco, en su ático, estaba mirando una prueba médica que guardaba en su caja fuerte. Un diagnóstico de infertilidad que había marcado su vida desde los veinte años. No puedes amar a alguien si no puedes darle un futuro, Marco, se decía a sí mismo. Pero la imagen de Laura, con su risa contagiosa y su cuerpo real y vibrante, estaba empezando a romper todas sus reglas.
El viernes por la mañana, cuando el coche negro de Marco se detuvo frente a la casita humilde de Laura, el sol apenas empezaba a asomar. Ella salió con su maleta, el corazón latiendo con fuerza. Marco bajó del coche, vistiendo unos jeans oscuros y una camisa de lino que lo hacía ver peligrosamente atractivo de una forma informal.
Él tomó su maleta y, al hacerlo, sus manos se encontraron. Esta vez, ninguno de los dos se alejó.
—¿Estás lista para irnos a La Herencia, Laura?
preguntó él, con una voz que sugería que no solo hablaba de tierras y viñedos.
—Más de lo que imaginas, Marco
respondió ella, subiendo al coche.
El viaje hacia el norte comenzaba, y con él, el camino hacia una intimidad que ninguno de los dos podría frenar.