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Capítulo 3. Un nuevo nombre, una vieja promesa
Elria permaneció varios minutos frente al espejo.
El reflejo seguía devolviéndole el rostro de una desconocida.
Cabello plateado.
Ojos amatista.
Piel tan pálida como la nieve.
Aquella ya no era la joven que había muerto desangrada en un bosque.
Era Lyra.
La heredera de la casa Evermoon.
Poco a poco, dejó de luchar contra la realidad.
Negar lo ocurrido no cambiaría nada.
Había muerto.
Eso era un hecho.
Y, por alguna razón que escapaba a toda lógica, el destino le había concedido una segunda oportunidad.
Cerró los ojos y respiró profundamente.
—Si esta es mi nueva vida... la aceptaré.
Cuando volvió a abrirlos, el miedo que había sentido al despertar había desaparecido.
En su lugar solo quedaba una fría determinación.
Recordó el rostro del hombre que había jurado amarla.
Recordó la sonrisa con la que la traicionó.
Recordó el filo de la espada atravesando su corazón.
Sus manos se cerraron en puños.
—Pero antes...
Su voz apenas fue un susurro.
—...me vengaré de ese desgraciado.
No importaba cuánto tiempo tuviera que esperar.
No importaba cuánto hubiera cambiado el mundo.
Encontraría la forma de hacer que aquel hombre pagara por todo.
Los recuerdos de Lyra le permitieron comprender rápidamente su situación.
Este no era el mismo imperio donde había vivido como Elria.
Se encontraba al otro lado del continente, en el próspero Imperio de Astravia, un reino separado por montañas, mares y antiguos territorios neutrales.
Nadie allí conocía a Elria.
Nadie sospechaba que una joven muerta había despertado en el cuerpo de otra.
Para todos...
Ella siempre había sido Lyra Evermoon.
Aquello era una ventaja.
Su asesino jamás imaginaría que seguía con vida.
Y ella pensaba aprovecharlo.
Aquella tarde descendió al gran comedor.
Su nuevo padre, el duque Evermoon, le dedicó una cálida sonrisa.
—Me alegra verte recuperada, Lyra. Ayer parecías agotada.
Ella correspondió con una leve inclinación de cabeza.
Todavía le resultaba extraño responder a aquel nombre.
Mientras los sirvientes servían el desayuno, uno de ellos entregó un periódico recién llegado desde los territorios fronterizos.
El duque lo tomó con curiosidad.
Al leer el titular, su expresión cambió por completo.
—Qué tragedia...
Lyra levantó discretamente la mirada.
—¿Ha ocurrido algo, padre?
El hombre suspiró profundamente.
—En el Imperio de Eryndor fue asesinada la hija de un conde. Su nombre era... Elria.
El corazón de Lyra dejó de latir por un instante.
Apretó con fuerza la taza de té para evitar que sus manos temblaran.
—Dicen que iba a contraer matrimonio, pero fue encontrada sin vida en un bosque. Las autoridades creen que se trató de una traición cuidadosamente planeada.
Cada palabra era como volver a morir.
Sin embargo, guardó silencio.
El duque continuó leyendo.
De pronto frunció el ceño.
—Aquí también mencionan algo bastante extraño.
—¿Qué sucede?
—El Archiduque del Imperio... ese famoso noble al que llaman el Rey de la Corte Oscura...
Lyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No sabía por qué.
Pero aquel título le resultaba inquietantemente familiar.
—Según los rumores —continuó el duque—, llegó al lugar del asesinato pocos minutos después de la tragedia.
La joven dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Y...?
—Desde entonces perdió completamente la razón.
El comedor quedó en silencio.
—Dicen que destruyó un bosque entero con su magia. Que ejecutó a todos los implicados sin permitirles siquiera un juicio. Algunos aseguran que desapareció durante días y que, cuando regresó, juró encontrar la manera de desafiar al propio destino.
El duque negó con la cabeza.
—Nadie entiende por qué un hombre como él reaccionó de esa manera por la muerte de una simple noble.
Lyra bajó la mirada.
En su memoria apareció, una vez más, aquella imagen borrosa.
Un hombre de cabellos oscuros.
Unos ojos dorados llenos de desesperación.
Un abrazo cálido... cuando ya era demasiado tarde.
¿Por qué?
¿Por qué alguien tan poderoso había llorado por ella?
¿Por qué sentía que aquel desconocido conocía una verdad que ella aún ignoraba?
Sin darse cuenta, llevó una mano hasta su pecho.
Allí donde una espada le había arrebatado la vida...
...ahora latía un corazón que buscaba respuestas.