======================================================================
Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12 — El desierto donde las promesas no se rompen
El caos se apoderó del palacio entero en menos de diez minutos. Los tambores de alarma retumbaban en cada pared, los guardias corrían de un lado a otro con las antorchas encendidas dibujando sombras danzantes de locura por los pasillos de mármol, los eunucos gritaban órdenes que nadie escuchaba, y desde los aposentos de las consortes empezaban a salir las mujeres asustadas, sin saber si era un incendio, un ataque enemigo o el fin del mundo. En medio de todo eso, Selim estaba de pie frente a la puerta de la cámara real, con la nota de sangre todavía apretada en su puño con tanta fuerza que la tinta se le corría por entre los dedos, su rostro tan pálido y duro como una estatua de mármol helado, y los ojos negros encendidos de una rabia tan grande que nadie se atrevía a acercársele más de tres pasos. Nadie, excepto Zeynep.
Ella se acercó despacio, sin hacer ruido, le tocó el brazo con una mano suave, y cuando él giró la cabeza hacia ella, vio que sus ojos ya no eran los del hombre que había bailado con ella bajo la luna hacía apenas una hora. Eran los ojos de un padre al que le habían arrancado el corazón del pecho.
—No te vas —le dijo, antes de que ella pudiera abrir la boca, con una voz tan baja y cortante que cortaba el aire—. Ni lo pienses. Esa mujer está loca. Te matará en cuanto te tenga delante. Luego matará a la niña de todos modos. No voy a dejar que te entregues como un cordero al matadero. Voy a mandar a toda mi caballería. Rodearé esas ruinas hasta que no quede ni una piedra sobre otra. La sacaré de ahí a rastras. Y la mataré con mis propias manos.
—Y entonces Ayşe morirá primero —respondió Zeynep con calma, sin quitarle la mano del brazo, mirándolo fijamente a los ojos para que entendiera cada palabra—. Tú lo sabes tan bien como yo. Ella no tiene nada que perder. Ya perdió el poder, perdió su lugar, perdió todo lo que le importaba. Si ve un solo soldado, una sola lanza, una sola sombra que no sea la mía, matará a la niña antes de que nadie pueda hacer nada. Y no podremos perdonárnoslo nunca.
Selim soltó un grito de rabia contenido, golpeó la pared de piedra con el puño con tanta fuerza que la sangre brotó de sus nudillos, y luego se desplomó contra ella, apoyando la frente en su hombro, temblando por primera vez delante de alguien que no fuera su propia sombra. Zeynep lo rodeó con los brazos, acarició su cabello con suavidad, y sintió cómo su propia camisa se mojaba con sus lágrimas silenciosas, las lágrimas de un padre impotente, de un soberano que tenía todo un imperio a sus pies y no podía salvar a su propia hija.
—No puedo perderla también —susurró él, con la voz rota contra su cuello—. Ya perdí dos hijos. No puedo perder a la única que me queda. Y tampoco puedo perderte a ti. Si te pasa algo… si ella te hace algo… no sé qué haría. Creo que me volvería loco de verdad. Destruiría todo este palacio, todo este imperio, hasta que no quedara nada en pie.
—Nada me va a pasar —le dijo ella, apartándolo un poco para mirarlo a los ojos, secándole las lágrimas con los dedos, con una dulzura que calmó un poco la tormenta dentro de él—. Y vamos a traer a Ayşe de vuelta. Sana y salva. Lo prometo. Pero tenemos que hacerlo a su manera. Al menos al principio. Yo iré sola. Hablaré con ella. La haré creer que he venido a entregarme sin condiciones. La distraeré el tiempo suficiente. Mientras tanto, tú vendrás detrás, con tus mejores hombres, despacio, escondidos entre las dunas, sin hacer ruido. Cuando yo dé la señal, entran. Pero no antes. Ni un segundo antes. ¿Me prometes que obedecerás?
Selim la miró durante mucho tiempo, queriendo negarse, queriendo encerrarla en el aposento más seguro del palacio e ir él solo a matar a Nurbanu, pero sabía que ella tenía razón. Sabía que cualquier movimiento apresado sería una sentencia de muerte para su hija. Asintió despacio, y luego la atrajo hacia sí y la besó con una desesperación que le partió el corazón a Zeynep: era un beso de despedida, de miedo, de promesa de volver a encontrarse, cargado de todo lo que no habían tenido tiempo de decir, de todo el futuro que corrían el riesgo de perder antes de siquiera empezarlo. No hubo prisa, no hubo pasión desenfrenada, solo la entrega total de dos almas que habían encontrado la una en la otra y no se imaginaban la vida sin su otra mitad. Cuando se separaron, ambos tenían las mejillas mojadas, y el aire entre ellos estaba tan cargado de amor y de miedo que casi se podía tocar.
[IMAGEN 1 | Proporción 2:3]
Escena romántica y desgarradora en el pasillo vacío del palacio, entre las antorchas que arden con luz dorada y rojiza. Selim tiene la cara pegada al cuello de Zeynep, temblando, ella lo abraza fuerte con los ojos cerrados, sus manos acariciando su cabello. Se ven las manchas de sangre en el puño de él, la nota de sangre arrugada tirada en el suelo a sus pies, las sombras largas bailando en las paredes de mármol. La atmósfera es de amor, dolor y miedo a la despedida, sin nada explícito, solo la intimidad de dos personas que no saben si volverán a verse. Estilo manhwa, tonos dorados cálidos y sombras profundas, mucho detalle en las expresiones de los rostros.
Estuvieron abrazados así durante varios minutos, sin hablar, sin necesitar palabras, hasta que una voz conocida y firme los hizo separarse de golpe: la Sultana Madre Hürrem, que venía caminando por el pasillo con su bastón de marfil, sin el menor rastro de miedo en el rostro, seguida de Gül que llevaba en las manos una pequeña bolsa de cuero negro. La anciana miró a su hijo primero, luego a Zeynep, y asintió con la cabeza como si aprobara el plan que no habían dicho en voz alta.
—Los dos tenéis razón —dijo, parándose frente a ellos, su voz profunda resonando por encima del ruido de los tambores—. Selim, no puedes ir con el ejército visible. Ella matará a la niña antes de que lleguéis a la primera duna. Zeynep, tú tienes que ir sola. Pero no desarmada. No ciega.
Le hizo una seña a Gül, que le entregó la bolsa de cuero a Zeynep. Dentro había tres cosas: un pequeño cuchillo de hoja delgada y afilada como una navaja, escondido dentro de un peine de marfil para que Nurbanu no lo descubriera al revisarla; un frasquito pequeño con un polvo blanco que al olerlo producía un sueño profundo inmediato, para mezclar en cualquier bebida; y un silbato de plata pequeño, casi invisible, que emitía un sonido que solo los halcones entrenados del ejército podían oír, la señal para que los guardias escondidos atacaran sin ruido.
—Gül irá contigo disfrazado de mercader del desierto —continuó la Sultana Madre—. Te dejará a un kilómetro de las ruinas, esperará escondido. Selim y veinte de sus mejores guerreros irán por otro camino, cubiertos con túnicas de beduinos, se esconderán en las rocas alrededor del templo. Cuando toques el silbato tres veces, entrarán. Y una cosa más: Nurbanu no está sola. Tiene con ella tres mercenarios que pagó con las joyas que robó de sus aposentos antes de escapar. Hombres sin nombre, sin corazón, que matan por unas monedas de oro. No te fíes ni de la sombra que ella proyecta.
Zeynep guardó todo con cuidado dentro de su túnica, asintió con la cabeza, y antes de que pudiera darse la vuelta para irse, la Sultana Madre le tomó la mano con fuerza y le miró fijamente a los ojos:
—Trae a mi nieta de vuelta. Y vuelve tú también. Porque dentro de poco, este imperio va a necesitar una mujer fuerte en el trono. Y yo ya he elegido quién será.
La partida se produjo en el silencio más absoluto, por la puerta secreta del jardín que daba directamente al camino del desierto, para que nadie más lo viera. Eran las tres de la madrugada, la hora más oscura de la noche, cuando hasta los búhos dejan de cantar. Zeynep iba montada en un camello blanco de paso suave, vestida con una túnica de lana color azul oscuro que cubría todo su cuerpo excepto los ojos, sin joyas, sin el collar de esmeraldas, solo con las tres cosas que le había dado la Sultana Madre escondidas y la promesa de Selim grabada a fuego en el corazón: *Volveré. Te traeré a Ayşe. Volveremos juntos*. Selim la acompañó a caballo hasta el límite de las dunas, sin hablar, solo mirándola como si quisiera grabarse cada centímetro de su rostro en la memoria para siempre, y cuando por fin tuvieron que separarse, le apretó la mano una última vez con tanta fuerza que le dolió durante todo el camino.
—Si algo sale mal —le susurró, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—, silba una sola vez. Entraremos aunque sea el fin del mundo. Aunque tengamos que matar a todos. Aunque tengamos que derribar el templo piedra por piedra.
—No hará falta —respondió ella, sonriendo con una valentía que no sentía del todo—. Confía en mí.
El viaje duró lo que le pareció una eternidad. El desierto al amanecer era un lugar de una belleza cruel y desolada: dunas de arena dorada que se alzaban como olas petrificadas hasta el infinito, un viento cortante que le cortaba la cara como navajas de cristal, el sol empezando a salir por el horizonte tiñendo todo el cielo de naranja, rosa y sangre, y ningún sonido excepto el paso suave del camello sobre la arena y el latido desbocado de su propio corazón. No había árboles, no había agua, no había refugio: solo ella, la inmensidad vacía, y la certeza de que en las ruinas que empezaban a verse a lo lejos, como sombras negras contra la luz del alba, una mujer loca y tres asesinos esperaban para matarla.
Cuando llegó a la distancia acordada, Gül se despidió con una pequeña seña de cabeza y desapareció entre las dunas sin dejar rastro. Zeynep siguió sola hasta la entrada principal del templo viejo: un edificio de piedra enorme, roto por el paso de los siglos, con columnas caídas, estatuas sin cabezas, dibujos de dioses antiguos borrados por el viento y la arena, y una oscuridad espesa que salía de su interior como si el propio infierno hubiera abierto ahí su puerta. Se bajó del camello, lo ató a una columna rota, respiró hondo tres veces para calmar el corazón, y entró caminando despacio, sin mostrar miedo, con la cabeza alta, como si fuera ella la dueña del lugar.
[IMAGEN 2 | Proporción 16:9]
Vista panorámica al amanecer del desierto infinito y las ruinas del templo antiguo de piedra negra. Zeynep está de pie sola en la entrada, su silueta pequeña frente a la inmensidad del lugar, el sol rojo saliendo detrás de las dunas tiñendo todo de colores fuego. Se ven las columnas rotas, las estatuas sin cabeza, la arena entrando por todos los rincones, y en la oscuridad del fondo, dos puntos de luz que son las antorchas de quienes esperan adentro. La atmósfera es épica, solitaria, cargada de peligro inminente y de la valentía silenciosa de Zeynep. Estilo manhwa, tonos naranjas, rojos y dorados intensos, mucho contraste entre la luz del sol y la oscuridad del templo.
En el centro del patio principal, bajo el agujero enorme del techo por donde ya entraba la luz del alba, estaba Nurbanu. Había cambiado: su túnica roja estaba rota y sucia, su cabello antes perfecto estaba despeinado y lleno de arena, sus ojos negros eran dos pozos de locura total, y en su mano izquierda sostenía del brazo a la pequeña Ayşe, de cinco años, con la cara sucia de lágrimas, amordazada con un trapo, atada de las muñecas con cuerdas finas que le cortaban la piel, temblando de pies a cabeza sin atreverse a llorar fuerte. Detrás de ellas, tres hombres enormes, con la cara cubierta con pañuelos negros, grandes cuchillos al cinto, sin decir nada, solo esperando la orden de matar.
—Al fin llegaste —dijo Nurbanu, con una voz rasposa, rota, que ya no sonaba como la mujer elegante y poderosa que había sido la favorita durante años—. Pensé que tendrías más miedo. Pensé que el gran Sultán te encerraría en el palacio y dejaría que mi hija muriera por tu culpa. Pero veo que eres más tonta de lo que creía. Realmente viniste sola. Para entregar tu vida por una niña que ni siquiera es tuya.
—Déjala ir —dijo Zeynep con calma, deteniéndose a diez pasos de ellas, sin acercarse más, sin mostrar que el corazón le quería salir por la boca—. Soy yo la que quieres. Yo me quedo. Haces conmigo lo que quieras. Pero la niña no tiene nada que ver con esto. Déjala salir. Camino hacia ti sin armas. Sin hacer nada. Tú misma puedes revisarme.
Nurbanu soltó una risa loca que resonó en todas las paredes del templo haciendo caer un poco de arena del techo. Hizo una seña a los mercenarios, y dos de ellos se acercaron a Zeynep, la revisaron por todo el cuerpo con brusquedad, encontraron el peine de marfil pero no descubrieron el cuchillo escondido dentro, ni el polvo del sueño, ni el silbato de plata que llevaba escondido en el pliegue del cuello de la túnica. Cuando le dijeron a Nurbanu que estaba limpia, ella sonrió, una sonrisa terrible que no llegaba a los ojos.
—Muy bien —dijo, empujando a Ayşe hacia un lado con tanta fuerza que la niña cayó al suelo llorando por lo bajo—. Puedes quedarte con la niña. Después de que te mates. Porque yo no quiero que sea rápida. Quiero que te quedes viva el mayor tiempo posible. Quiero que sientas cada corte. Quiero que te arrepientas de haber nacido antes de que por fin te dejes morir.
Hizo una seña a los mercenarios para que la agarraran, y Zeynep supo que no tenía más tiempo. Con un movimiento rápido que nadie esperaba, sacó el peine de marfil, deslizó el cuchillo de un solo golpe, y lanzó el polvo blanco del frasquito al aire justo en la cara de los dos hombres que venían hacia ella. Cayeron al suelo dormidos al instante, sin hacer ni un ruido. El tercero intentó saltar sobre ella con el cuchillo levantado, pero Zeynep se agachó, le pasó por debajo del brazo, y le clavó el pequeño cuchillo con toda su fuerza en el muslo, haciéndolo caer gritando de dolor. En menos de diez segundos, tres hombres entrenados para matar estaban fuera de combate. Nurbanu se quedó paralizada por un segundo, sin poder creer lo que veía: la mujer suave y tranquila del harén se había convertido en una guerrera que no dudaba en pelear por su vida.
Fue entonces cuando Zeynep se llevó el silbato a los labios y tocó tres veces, un sonido agudo casi imperceptible para el oído humano.
Nurbanu reaccionó de inmediato. Corrió hacia la niña que lloraba en el suelo, la agarró del pelo con una mano y le puso el cuchillo contra el cuello con la otra, gritando de rabia:
—¡No te atrevas a moverte! ¡No te atrevas a que entre nadie! ¡Si dan un solo paso, le corto la garganta delante de tus ojos! ¡Lo haré! ¡Lo juro por todo lo que es sagrado!
Zeynep se quedó quieta, con las manos levantadas, sin acercarse, mientras escuchaba los pasos rápidos y silenciosos de los guerreros llegando por todas las entradas del templo. Pero antes de que nadie pudiera entrar, algo pasó que nadie esperaba. La pequeña Ayşe, que había estado callada y temblando durante todo el tiempo, juntó todas sus fuerzas, mordió con todas sus fuerzas la mano de Nurbanu que la sostenía del pelo, y cuando ella soltó un grito de dolor y aflojó la presión, la niña se soltó de las cuerdas que ya estaban medio rotas, corrió lo más rápido que pudo con sus piernas cortas, y se lanzó directo a los brazos de Zeynep, gritando a todo pulmón:
—¡MAMÁ ZEYNEP! ¡SALVAME!
Zeynep la atrapó al vuelo, la rodeó con su cuerpo para protegerla de cualquier golpe, y en ese mismo instante Selim entró corriendo desde la entrada principal con la espada desenvainada, seguido por Gül y los veinte guerreros, que rodearon a Nurbanu en menos de un segundo sin darle tiempo ni de gritar. Ella intentó lanzarse contra Zeynep con el cuchillo, pero un golpe de Gül en la muñeca se lo hizo caer al suelo, y dos guardias la agarraron por los brazos inmovilizándola para siempre. Estaba derrotada. De verdad. Esta vez no habría escapatorias.
Selim corrió hacia ellas, tiró la espalda al suelo sin importarle nada, y se arrodilló para abrazar a las dos juntas: a su hija temblando y llorando, y a la mujer que lo había salvado todo, que había arriesgado su vida por una niña que no era suya, que había demostrado ser más fuerte y más valiente que cualquier guerrero de su ejército. No dijo nada. No necesitaba decir nada. Solo las apretó con fuerza contra su pecho, cerrando los ojos, agradeciéndole en silencio a todos los dioses que existieran por haberlas devuelto sanas y salvas.
[IMAGEN 3 | Proporción 2:3]
Escena emotiva y llena de luz en el centro del templo, justo cuando el sol del alba entra en línea recta por el agujero del techo creando un círculo de luz dorada alrededor de los tres. Selim está de rodillas en la arena, abrazando fuertemente a Zeynep y a la pequeña Ayşe que llora de alivio en sus brazos. Detrás, los guardias tienen a Nurbanu inmovilizada en el suelo, derrotada. Se ven las columnas rotas, la luz del sol iluminando las partículas de arena que flotan en el aire, la sensación de que el mal ha sido derrotado para siempre. Estilo manhwa, tonos dorados y blancos brillantes, mucha emoción en las expresiones, lágrimas de felicidad y alivio.
El regreso al palacio fue como una procesión de victoria, aunque nadie cantaba ni gritaba. Iban en silencio, cansados, heridos, pero vivos, con la pequeña Ayşe dormida profundamente en los brazos de Zeynep, agarrada fuertemente de su túnica como si tuviera miedo de que si la soltaba volviera a desaparecer. Cuando entraron por las puertas principales, todo el pueblo estaba ahí esperando, haciendo silencio, inclinando la cabeza ante su Sultán, ante la niña que había vuelto, y ante la mujer de la que todos ya hablaban en voz baja como la verdadera dueña del harén, la que había derrotado a la bruja, la que había salvado a la princesa.
Esa noche, después de que los médicos hubieran curado los pequeños cortes de Ayşe y la hubieran dormido en la habitación real junto a su padre, Zeynep se quedó sola un momento en el balcón donde habían bailado bajo la luna la noche anterior, mirando las estrellas, sintiendo cómo todo el cuerpo le dolía por la pelea, pero con el corazón más ligero que nunca. Sintió los brazos de Selim rodeándola por la cintura desde atrás, su pecho caliente contra su espalda, sus labios besando suavemente la nuca, el cuello, detrás de la oreja, con una ternura que le hacía estremecer toda la piel.
—Hoy te has convertido en la mujer más importante de todo este imperio —le susurró al oído, girándola despacio para mirarla a los ojos, con una mirada tan llena de amor que casi le duele—. No solo por haber salvado a mi hija. Por todo. Por quién eres. Por lo que haces. Por cómo me haces sentir vivo de nuevo. Mañana mismo, delante de todo el consejo y de todo el pueblo, te nombro **Gran Favorita Oficial**. Por encima de todas. Y si algún día das a luz a mi hijo… serás mi esposa legítima. La Sultana. La primera en tres generaciones que no es solo una mujer del harén. La primera que reina conmigo de verdad.
Zeynep sonrió, apoyando las manos en su pecho, sintiendo sus latidos fuertes y regulares bajo sus dedos. Iba a responderle, iba a decirle que lo amaba, que aceptaba, que estaría a su lado siempre, cuando de repente una mareada fuerte le dio, y tuvo que agarrarse de sus hombros para no caer. Selim la sujetó con fuerza, asustado, preguntándole si le dolía algo, si estaba herida sin saberlo. Ella lo miró a los ojos, y de repente lo supo. Lo supo con una certeza absoluta, profunda, que venía de lo más hondo de su vientre. Había pasado una luna desde la noche en que Nurbanu ya no pudo envenenar nada. Había pasado una luna desde que Selim y ella habían estado juntos por primera vez sin venenos, sin deberes, sin miedos.
Puso una mano suavemente sobre su propio vientre, todavía plano, sin ninguna señal visible, y miró a Selim con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, con una sonrisa que iluminó todo el balcón más que todas las lámparas del imperio juntas.
—No será solo “si algún día” —le dijo, con la voz temblando de emoción—. Creo… creo que ya está aquí. Creo que tu semilla por fin prendió. Creo que vamos a tener un bebé.
Selim se quedó paralizado durante varios segundos, sin respirar, sin entender las palabras, hasta que por fin le llegó el significado a la cabeza y al corazón. Soltó un grito de alegría tan fuerte que seguramente lo escucharon hasta el pueblo, levantó a Zeynep en brazos haciéndola girar en el aire bajo la luz de las estrellas, y luego la besó con todo el amor del mundo, llorando y riendo al mismo tiempo, sin importarle que nadie lo viera, sin importarle nada más en ese momento que esa noticia maravillosa.
Mientras tanto, muy abajo, en lo más profundo de las mazmorras secretas del palacio, Nurbanu estaba encadenada a una pared fría, sin luz, sin esperanza, escuchando los gritos de alegría que llegaban desde el balcón real, y entendió por fin que había perdido todo para siempre. Que su veneno, sus muñecas, sus traiciones, solo habían servido para que el amor entre Zeynep y Selim fuera más fuerte, para que el heredero que tanto había querido impedir estuviera por fin en camino, para que todo el poder que ella había soñado pasara a manos de la mujer a la que más había odiado en el mundo.
Y arriba, en el balcón, bajo la luna que los había visto bailar, besarse y hacer promesas, Selim dejó a Zeynep en el suelo con mucho cuidado, le puso una mano suave sobre su vientre todavía plano, y le prometió en voz baja, para que solo ella lo escuchara:
—Vamos a cambiarlo todo. Para esta criatura que viene. Para Ayşe. Para todas las mujeres de este harén. Ya no habrá más venenos. Ya no habrá más mujeres que solo valgan por su vientre. Ya no habrá más miedo. Juntos. Para siempre.
Zeynep apoyó su cabeza en su pecho, escuchando su corazón latiendo fuerte y feliz, mirando las estrellas que brillaban más que nunca, y supo que todo lo que había vivido, todos los miedos, todas las peleas, todos los días de espera, habían valido la pena para llegar a ese momento. No era solo la favorita. No era solo la futura madre del heredero. Era la mujer que había cambiado las reglas del juego. La que había demostrado que el amor y la valentía eran más fuertes que cualquier veneno, que cualquier traición, que cualquier poder.
Y mientras el sol empezaba a salir de nuevo por el horizonte, tiñendo el cielo de los colores más bonitos que nadie había visto nunca, todo el imperio empezó un nuevo día. Un día sin Nurbanu. Un día con una princesa a salvo. Un día con una nueva vida creciendo en el vientre de la mujer que había llegado sin nada y se había convertido en la dueña de todo.
Pero muy lejos, más allá de las fronteras del imperio, en una corte vecina que durante años había estado esperando una señal de debilidad para atacar, un embajador acababa de recibir una carta con una noticia que le hizo sonreír de una forma terrible:
*El Sultán tiene una nueva favorita. Está embarazada. Su guardia está baja, feliz, confiado. Es el momento perfecto para empezar la guerra.*
Y en el silencio de la mañana, mientras todos en el palacio dormían felices por primera vez en mucho tiempo, la sombra de un nuevo peligro empezaba a crecer en el horizonte. Más grande que Nurbanu. Más peligroso que cualquier veneno. Una amenaza que pondría a prueba no solo el amor entre Zeynep y Selim, sino la supervivencia misma de todo el imperio que habían jurado proteger juntos.