Evelyn Moore creía en el amor hasta que sorprendió a su novio en los brazos de la madrina de boda. Destrozada, huye hacia el caos de Manhattan, buscando anestesiar su dolor en una discoteca lujosa. Allí, su camino se cruza con el de Alexander Carter, un poderoso multimillonario que, después de ser drogado en una trampa, pierde el control de su fría realidad. Entre luces y sombras, dos almas en ruinas chocan. Lo que debió ser solo una huida impulsiva y anónima sella sus destinos para siempre, demostrando que las cenizas de una traición pueden alimentar un amor indomable.
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Capítulo 7
Evelyn Moore siempre creyó que la vida era un guion bien escrito, donde cada acto seguía una lógica previsible. Pero, al desembarcar en Brasil, ella percibió que la realidad gustaba de improvisar. Ella eligió Bonito, en el interior de Mato Grosso do Sul, como su primer refugio. El nombre de la ciudad no era una exageración; el verde vibrante de las selvas y las aguas tan cristalinas que parecían hechas de vidrio líquido eran el antídoto perfecto para el gris sofocante de su vida en Nueva York.
En los primeros días, Evelyn se permitió solo existir. Ella caminaba por los senderos, oía el sonido de las cascadas y sentía el sol caliente del Centro-Oeste brasileño contra la piel. Para su propia sorpresa, el dolor por Ethan Reynolds no era tan profundo como ella imaginara. Lo que ardía no era la pérdida de un gran amor, sino la herida del orgullo herido y la decepción de haber sido engañada por tanto tiempo. Ella percibió, en medio del silencio de la naturaleza, que el matrimonio habría sido un error catastrófico, con o sin traición.
No obstante, la paz que ella buscaba comenzó a ser interrumpida por una extraña fatiga. Cuarenta y cinco días después de aquella noche caótica en la Vanguard y la fuga cinematográfica para Brasil, el cuerpo de Evelyn comenzó a enviar señales que ella no podía más ignorar. Las náuseas matutinas eran seguidas por un mareo que la obligaba a sentarse, y el café, que ella tanto amaba, pasó a tener un olor insoportable.
Fue en una llamada de vídeo con Cristina, su mejor amiga y el único hilo que la ligaba a su antigua realidad, que la verdad comenzó a emerger. Evelyn, con el rostro pálido y las manos temblando, confesó lo que había acontecido en la suite del hotel antes de su partida.
—¿Estás loca, Evelyn? —el grito de Cristina casi estalló el altavoz del celular—. ¿Por qué no me contaste en el momento? Habríamos ido a un hospital, tú tomarías un cóctel para evitar cualquier cosa, una píldora del día siguiente... ¿y ahora? ¿Cómo dejas el tiempo pasar así?
—¡Estaba en shock, Cris! —Evelyn replicó, las lágrimas comenzando a caer—. Yo solo quería huir. No pensé. Yo creí que... no sé lo que creí.
—Estoy casi segura de que estás embarazada —dijo Cristina, ahora con la voz más suave, cargada de preocupación.
—No digas eso. Por favor, no digas eso —Evelyn imploró, cubriendo el rostro con las manos.
La confirmación vino de forma cruda en el hospital particular local. Evelyn esperó horas, cercada por extraños, hasta que una enfermera llamó su nombre. El papel que recibió contenía solo una palabra que cambiaría su trayectoria para siempre: Positivo.
Ella salió de la clínica caminando como si el suelo fuese hecho de nubes. Estaba esperando un hijo. Un hijo de un hombre cuyo rostro ella no conseguía recordar. Ella recordaba de la voz profunda, del toque que incendiara su piel, de los besos que parecieron más reales que cualquier cosa que ya sintiera por Ethan. Pero el rostro de él era un fantasma.
—Estoy perdida —ella dijo a Cristina en una nueva llamada, desesperada—. No puedo volver ahora. Mi padre es un hombre tradicional, él no va a aceptar un nieto sin padre, fruto de una noche que yo ni consigo explicar. Pero no puedo sacar a este bebé, Cris. Siento que él es la única cosa real que me restó.
Cristina, con la lealtad que la definía, no vaciló.
—Escucha bien, Evelyn. No vas a hacer nada sola. Vas a terminar tu facultad online. Entrega ese TFG desde ahí mismo. Voy a dar un jeito de ir a quedarme contigo. Cuando el bebé nazca y ellos vean aquella carita, nadie va a tener coraje de deshacerse de nada. Vamos a transformar este susto en una nueva vida.
—¿Harías eso por mí? —Evelyn sollozó.
—Somos hermanas de alma, Evie. Y ya me siento la madrina de ese bebé.
Con el apoyo de la madre, que convenció al Dr. John Moore de que el aislamiento era necesario para Evelyn recuperarse del escándalo con Ethan, el plan fue ejecutado. John Moore aceptó la ausencia de la hija creyendo que ella estaba solo curando el corazón. Mientras tanto, Ethan Reynolds intentaba desesperadamente descubrir el paradero de Evelyn, pero la barrera creada por la familia Moore era infranqueable.
Evelyn dejó Mato Grosso do Sul y partió para la selva de piedra de São Paulo, donde el anonimato era más fácil de mantener. Bajo la orientación de Cristina y con una determinación que ella nunca supo que poseía, Evelyn se sumergió en los estudios. Ella finalizó el curso de Derecho online y, por indicación de la propia universidad americana, consiguió una pasantía de derecho en una multinacional en suelo brasileño para cumplir sus horas de práctica profesional.
Los meses de gestación fueron una mezcla de superación y descubrimiento. Evelyn vio su cuerpo cambiar, sintió las primeras patadas y, a cada día, la imagen del hombre misterioso de Nueva York se tornaba un recuerdo agridulce. Los exámenes de salud confirmaron que ella estaba limpia de cualquier enfermedad, lo que ella consideró su segundo "Libramiento". El primero había sido de Ethan; el segundo, de la incertidumbre.
Dos años se pasaron desde el nacimiento de su hija Victoria entre pañales, libros de leyes y pasantía. Evelyn no fue a su graduación de Derecho en Nueva York; recibió el certificado por correo en su apartamento en Jardins, en São Paulo. Ella trabajó duro, probándose a sí misma que era mucho más que la "hija del Dr. Moore" o la "novia traicionada". Ella se tornó una mujer de negocios prometedora, mientras criaba, con la ayuda constante de Cristina, a la pequeña Victoria.
Victoria era la imagen de la perfección. Tenía los cabellos oscuros y un par de ojos castaños intensos que Evelyn sabía que no venían de su linaje. Eran los ojos de él. Toda vez que miraba para la hija, Evelyn sentía un apretón en el pecho, una mezcla de gratitud y una curiosidad latente que ella intentaba enterrar.
Ahora, tres años después del escándalo que la hizo cruzar el océano, Evelyn Moore estaba de vuelta al Aeropuerto JFK. Ella no era más la joven vulnerable que huyera en harapos. Ella era una mujer formada, experimentada y resiliente. A su lado, Cristina cargaba las maletas con una sonrisa alentadora. Y, en sus brazos, Evelyn sostenía a Victoria, que ahora tenía dos años y observaba el movimiento frenético de Nueva York con curiosidad.
Evelyn respiró hondo el aire helado de la ciudad. Ella estaba lista para enfrentar al padre, enfrentar el pasado y, si necesario, enfrentar al mundo. Lo que ella no sabía era que, en algún lugar de aquella misma isla de Manhattan, un hombre llamado Alexander Carter aún cerraba los ojos todas las noches intentando encontrar el rostro de la mujer que olía a flor de naranjo.
El destino, que un día los uniera en un laberinto de vidrio y fuego, estaba a punto de cruzar sus caminos nuevamente. Pero esta vez, había una pequeña Victoria en medio del camino.