Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 23: Caminos de Ceniza
El sol brillaba con fuerza sobre la ciudad aquella mañana, pero para Victoria todo parecía teñido de una sombra nueva y silenciosa. La nota de su padre no se le borraba de la mente: «Ten cuidado con el apellido Blackwood. Su lealtad es incierta y su pasado, oscuro.» Cada gesto de Damián, cada palabra, cada silencio adquirían ahora un doble filo que la atormentaba sin descanso. ¿Había sido todo una farsa desde el principio? ¿Su encuentro bajo la lluvia, su ayuda desinteresada, sus besos… parte de un plan mayor que ella no alcanzaba a ver?
Intentó disimular durante el desayuno, pero Damián la conocía demasiado bien. Notó la distancia en su mirada, la pausa antes de responder, el modo en que evitaba tocarle la mano como solía hacer.
—Algo te preocupa —dijo con suavidad, dejando la taza sobre la mesa y observándola con atención—. Desde que salimos de la notaría estás… en otra parte. ¿Fue algo del testamento? ¿Hay cláusulas que no me has dicho?
Victoria dudó. Quería creerle. Quería arrojarle esa nota a la cara y exigirle la verdad de una vez. Pero el miedo a escuchar una mentira más grande… o peor aún, la verdad que no estaba lista para soportar… la detuvo.
—Solo pienso en todo lo que cambió —respondió forzando una media sonrisa que no llegó a los ojos—. En lo rápido que todo sucede. A veces siento que no alcanzo a respirar.
Damián no se conformó con esa respuesta, pero respetó su silencio. Se levantó, se acercó a ella y le acarició la mejilla con infinita ternura.
—Sea lo que sea, lo compartes conmigo cuando estés lista. No hay prisa. No hay juicio. Solo estoy aquí. Siempre.
Esas palabras debieron haberla tranquilizado. En cambio, le dolieron como una traición más. ¿Tan bueno era mintiendo? ¿O su padre se equivocaba?
Los días siguientes fueron un campo de batalla silencioso. Por fuera, todo parecía encaminarse hacia la calma: las empresas recuperaban su valor, los nombres limpios volvían a circular con respeto, los cómplices de Rodrigo caían uno tras otro ante la justicia. Pero por dentro, Victoria vivía dividida entre el amor inmenso que sentía por él y la sospecha que crecía en su pecho como hierba mala. Empezó a revisar archivos viejos, registros olvidados, conexiones entre su padre y el de Damián. Buscaba cualquier rastro, cualquier mención, cualquier hilo que atara a la familia Blackwood con la suya más allá de lo que ya sabían.
Y lo encontró. No era una amenaza ni una orden criminal. Era algo peor: una sociedad comercial secreta entre ambos padres, años atrás. Un proyecto conjunto que fue disuelto repentinamente meses antes de que ambos enfermaran. Y en los balances finales… faltaba una fortuna inmensa, sin rastro de adónde fue.
Victoria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Dinero desaparecido entre sus padres y los suyos? ¿Sabía Damián de esto? ¿Buscaba él también lo que faltaba… o ya lo tenía?
Esa noche no pudo esperar más. Lo confrontó en el despacho, con los documentos extendidos sobre la mesa, temblando de rabia y dolor contenidos.
—¿Por qué no me contaste esto? —le preguntó con voz quebrada, señalando las hojas—. ¿Por qué ocultaste que vuestros padres eran socios en algo más que amistad? ¿Qué había en ese proyecto, Damián? ¿A dónde fue el dinero?
El rostro de Damián se transformó. No en miedo, sino en una tristeza profunda y antigua. Se sentó lentamente y se pasó una mano por el cabello, soltando el aire como si llevara años reteniéndolo.
—Porque esperaba ser yo quien te lo explicara cuando tuviera todas las respuestas —dijo con voz grave y serena—. Sí, lo sabía. Mi padre me lo contó días antes de morir. Pero nunca me dijo qué era exactamente. Solo me advirtió que si algo le pasaba a él o a tu padre… buscara los archivos marcados con el nombre «Orquídea». No encontré nada hasta hace tres días. Y lo que hay… no nos favorece a ninguno de los dos.
Victoria lo miró desconcertada. No era la negativa defensiva que esperaba. Era… reconocimiento de un misterio compartido.
—¿Qué significa eso?
—Significa —respondió él levantando la vista hacia ella con ojos llenos de gravedad— que Rodrigo no actuaba solo al final. Alguien más estaba en esa sociedad. Alguien que sigue en libertad. Y esa persona nos señaló a nosotros como herederos de su culpa.
Se levantó y se acercó a ella, deteniéndose a prudente distancia, como si temiera que su cercanía la lastimara ahora.
—Te juro, Victoria, que no sé más que tú. Que si tu padre desconfiaba de los míos, tendría sus razones. Y las averiguaremos. Pero no me apartes de tu lado ahora. No cuando el enemigo se alegra de vernos dudar el uno del otro.
Ella lo miró largo rato, buscando en sus ojos la mentira que anhelaba encontrar… y no la halló. Solo vio al hombre que había estado a su lado desde el primer instante, arriesgándolo todo sin pedir nada a cambio. ¿O era eso precisamente lo que lo hacía tan peligroso?
—Dime la verdad —susurró ella—. ¿Hay algo más que no me has dicho? Algo que pueda destrozarme cuando lo sepa.
Damián guardó silencio un instante, luchando consigo mismo, y luego respondió con una sinceridad que le partió el alma:
—Hay cosas que aún no logro comprender. Pero te prometo esto: cada verdad que descubra, por dura que sea, te la diré antes que a nadie. Y si al final esa verdad nos separa… aceptaré mi castigo con la cabeza alta. Pero mientras tanto… déjame protegerte. Aunque me odies por ello.
Victoria asintió lentamente, con el pecho desgarrado entre la confianza y el abismo. El camino se estrechaba cada vez más. Y ahora sabían que no solo pisaban cenizas del pasado… sino también trampas puestas a propósito para que cayeran juntos.
En que quedamos