Una élite de valientes mujeres soldados deberá enfrentar al crimen organizado que intentará matarlas para evitar ser descubiertos. Todo iniciará cuando una capitana del ejército es asesinada de un certero balazo disparado por un francotirador y el misterioso crimen destapa una poderosa mafia que intenta robar las ojivas nucleares que se almacenan en el cuartel, según descubre una chica policía designaba a resolver el extraño homicidio. Ella descubrirá además que esa despiadada mafia involucra a los altos mandos militares quienes a su vez, están vinculados sentimentalmente, entre ellos, complicando aún más las investigaciones. La mujer policía deberá desarticular la mafia y salvar el honor de la división blindada femenina "Las lobas" que maneja los poderosos tanques del ejército. Ellas se verán implicadas en el robo de las ojivas nucleares y de otras armas que son sustraídas sistemáticamente de los hangares militares. Paralelamente la mujer policía deberá definir su vida sentimental, pues su novio es un tipo muy violento, metido siempre en problemas extremadamente celoso y prepotente, y entre otros hombres que la pretenden. Traición, venganza, acción, suspenso, mucho amor, humor y romance se barajan en ésta emocionante historia, "Crimen en el ejército" que atrapará al lector de principio a fin.
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Capítulo 7
El vendedor muerto en el mercado a martillazos se llamaba Harold Law y tenía fama de afanar a las mujeres. Él piropeaba a todas las chicas que trabajaban a su lado, en el mercado, a las que venían a comprar o a cualquier fémina que se le cruzaba en el camino, sin embargo, según me dijeron sus compañeros de labores, no se le conocía pareja alguna o que estuviera saliendo con alguien.
-Llegaba a las seis de la mañana y se iba pasada la medianoche, aquí desayunaba, almorzaba, cenaba, el mercado era su vida entera-, me relató el señor que vende pescado. Era su amigo, libaban licor algunas veces y él sabía de las cuitas del finado. -Harold hablaba mucho, decía cosas, pero jamás iba del dicho al hecho y menos al lecho ja ja ja-, echó a reír el tipo pese a que estaba desconsolado por la muerte de su amigo. -El que lo mató fue un tipo muy malo-, le ganaron, entonces las lágrimas.
Igual dijo la señora que despachaba frutas. -Harold no era soez, jamás pasaba de la raya, no decía cosas feas a las chicas ni se excedía, nos hablaba muy bonito, nos decía cositas como "eres bella como una flor" ó " tu risa es una canción", pero nada más, nunca llegaba más allá, era un afanador pero muy educado-, me relató.
-Seguramente alguna chica se quejó con su marido y lo mató a Harold a martillazos-, pensé de inmediato.
-No creo, ya le digo, jamás se excedió, nunca fue soez y era un hombre encantador-, lo defendió la señora de las frutas.
-Pero siempre hay una primera vez-, yo estaba segura de que tenía una pista en torno al alevoso crimen: se había sobrepasado con alguna mujer casada. Era lo que pensaba.
-Podría ser-, aceptó la frutera.
Sin embargo habían detalles que desmoronaban mi tesis: Harold fue muerto de madrugada en su puesto de trabajo, cuando el mercado ya estaba cerrado. Las cámaras de seguridad no registraban ningún tipo extraño entrando al mercado y no había puerta ni ventana fue forzada. Era obvio que Harold conocía a su asesino, lo dejó entrar a su tienda de ventas y allí, posiblemente tras una acalorada discusión, el homicida le molió la cabeza a martillazos hasta matarlo.
¿Por qué Harold se dejó matar tan fácil? El asesino le dio los martillazos de frente, aporreándolo si compasión sin forzar nada, sin tumbar ninguna mercadería, dejándolo tumbado en el suelo, en un gran charco de sangre. Luego el criminal tuvo tiempo de escribir la nota, de que Harold acosaba a las mujeres casadas, y se marchó sin problemas, esquivando las cámaras de seguridad, como si acaso supiera dónde estaban ubicadas cada una de ellas.
El móvil del finado tampoco me ayudaba mucho. No habían chats ni mensajes de texto ni selfies ni fotos ni contactos ni nada. El tipo únicamente utilizaba su celular para pagar sus gastos y de cancelar facturas con su billetera electrónica. De eso sí habían evidencias.
Lo peor es que toda la opinión pública seguía presionando para resolver el crimen porque consideraban que había sido una asesinato cruel y ruin y demandaban a gritos la captura del culpable.
Casi todos los hombres que trabajaban en el mercado decían que a Harold le gustaban mucho las mujeres, se les insinuaba, se mostraba siempre galante y solía ser súper enamorador. Tenía, además, el verso exacto para ellas y encendía como llamaradas sus ojos frente a una dama, les reía y les decía cosas bonitas, empero no se le conocía novia alguna, no salía con nadie, ni siquiera se le veía acompañado en las fiestas del mercado.
-Se iba a un rincón y se ponía a beber cerveza. A él le encantaba bastante el trago-, me relató el encargado de un puesto de comida rápida del mercado.
Iguales comentarios se repitieron en el barrio donde vivía Harold Law, en los suburbios de la ciudad. Él habitaba en una casa pequeña, incómoda, gastada, amarillenta, sin lujos. No tenía televisor ni parlante para USB, ni cocina ni refrigerador y menos un ordenador y solo lo usaba el cuartucho para dormir porque comía en el mercado, en forma sempiterna, como me contaron sus amistades.
Nadie de la vecindad lo conocía bien. -Era un hombre misterioso. llegaba muy tarde a su vivienda, y se iba súper temprano. No hablaba con nadie, no comparaba pan ni periódico, nada. Venía y se iba de noche-, me relató el dueño de la tienda que estaba frente a su modesta casa. -El apartamento era de su padre. Pagaba sus cuentas por el móvil-, me relató una mujer que vivía a su costado. Eso yo ya lo sabía. -La única vez que hablé con él me dijo, muy insolente, que mi casa olía en forma fétida-, estaba molesta la tipa.
Con la orden del juez, entré al cuartucho. Me puse mis guantes quirúrgicos y encendí las luces. Todo estaba impecable, bien ordenado, la cama arreglada, la ropa colgada en las perchas, las cortinas abiertas y las cómodas cerradas. No habían joyas ni lociones pero sí pasta dentífrica, jabón y papel higiénico. Todo en perfecto orden. No era ningún hombre desaseado.
Pensé encontrar un ordenador o algo que me ayudara en las pesquisas pero no había nada de interés, ni una factura, alguna carta amenazante, armas o una pista que me llevara al asesino. Nada de nada.
Desconsolada me tiré a la cama. Era muy cómoda y confortable. Miré todo el cuartucho, tratando de saber qué hacía el tipo allí, metido en la cama, sin ver televisión, cocinarse un sanguche o tomar leche de madrugada. Arrugué mi naricita y me lancé al suelo. ¡Bingo! abajo de la cama había un pequeño baúl. ¡¡¡Los hombres misterioso siempre esconden sus más íntimos secretos!!! me dije efusiva.
Rayos. El baúl estaba cerrado con candado. Yo había visto en su cómoda hilos y agujas en un cofrecito. Tomé las agujas y con mucho cuidado ¡pum! pude abrir el candado. Me entusiasmé. -Ahora veremos qué es lo que escondía el señor enigma-, estaba alborozado pensando en encontrar quizás alguna carta intimidatoria, una foto sospechosa o alguna evidencia concreta de quién lo mató a martillazos en su propio puesta de venta.
Cuando levanté la tapa quedé boquiabierta, pasmada, lívida, boquiabierta y atónita, tanto que quedé petrificada allí,. sin reacción mirando el contenido del dichoso baúl.
Habían calzones, sostenes, pantimedias, un par de zapatos taco catorce, perfumes carísimos y deliciosos, cosméticos, delineadores, lápices de cejas y de labios y toda suerte de rímeles. Y también una peluca pelirroja.
Me rasqué los pelos desconcertada y atónita. -Harold era un crossdresser-, balbuceé hecha una tonta, sin poder atinar a respuestas.
El caso del vendedor muerto a martillazos había dado de repente un giro de ciento ochenta grados en apenas un instante.