Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Contraataque en vivo
No mandé el mensaje esa noche. Lo mandé al día siguiente, antes de entrar a mi segundo turno, con las manos todavía temblando por el hambre y por algo que se parecía a la esperanza, aunque yo hubiera jurado que esa palabra se me había muerto adentro.
Tengo una historia que quizá le interese, escribí. No pido nada a cambio. Solo que alguien, por una vez, escuche mi versión.
La periodista contestó a las tres horas. Un simple "cuénteme" que me supo a victoria pequeña.
Guardé esa palabra como quien guarda una moneda de la suerte, y me até el delantal para el segundo turno con algo parecido a fuerza. No duró mucho.
No hubo tiempo de contarle nada esa misma noche, porque Max decidió, sin avisarme, que el segundo turno sería peor que el primero.
Un socio suyo —un hombre gordo de anillos gruesos, de esos que Bianca solía llamar "tío" con cariño falso— se acercó a la mesa donde Max cerraba un trato y, señalándome con la barbilla mientras yo servía el café, le preguntó, riendo, si era cierto que "esa" había estado presa por matar al hijo de la señorita Sáenz.
—Es cierto —dijo Max.
No lo dijo con odio. Lo dijo con la ligereza de quien confirma la hora. Y algo en mí, algo que llevaba tres años aguantando de pie, se resquebrajó por dentro.
—Discúlpate con él —me ordenó Max después, cuando el socio ya se había ido a otra mesa, satisfecho—. De rodillas. Aquí. Para que quede claro que entiendes tu lugar.
—No.
—Renata.
—No voy a arrodillarme por algo que no hice —dije, y la voz se me quebró en la última palabra, delatándome—. Ya le di la mano, Max. Ya le di tres años. ¿Cuánto más se supone que le debo a una mentira?
Me tomó del brazo, no con violencia, pero sí con esa firmeza suya que no admite reclamo, y me llevó frente a la mesa del hombre. El salón entero se dio cuenta. Sentí todos los ojos encima, la misma sensación exacta de la sala de billar, tres años atrás, multiplicada por cien testigos con copa en la mano.
—Discúlpese —repitió Max, ya sin la voz baja, para que todos oyeran.
El hombre de los anillos gruesos sonrió, disfrutando el espectáculo, y le dio un trago largo a su copa como quien se acomoda para ver una función.
—No hace falta que se hinque, señor Bracamonte —dijo, con falsa generosidad—. Con que reconozca lo que es, me basta.
—Lo que soy —repetí, y algo en mi propia voz me sorprendió, un filo que no sabía que todavía tenía—. Lo que soy es una mujer a la que le rompieron la mano por una mentira que ni siquiera Bianca puede sostener mirándome a los ojos. Eso es lo que soy.
El salón se quedó en un silencio raro, incómodo, el tipo de silencio que antecede a algo.
Y ahí, frente a todos, algo en mis piernas cedió. No fue teatro. No fue cálculo. Fue el peso entero de tres años cayéndome encima de golpe, la vergüenza y el hambre y el cansancio juntándose en un solo instante que ya no pude sostener. Me tambaleé, busqué apoyo en el filo de la mesa y el vidrio de una copa se rompió bajo mi mano; el borde me abrió un corte en el antebrazo, superficial pero sangrante, justo sobre la cicatriz vieja.
Alguien gritó. Doña Lucía llegó corriendo con servilletas, apretándome el brazo con una firmeza que dolía menos que la vergüenza. Max se quedó paralizado un segundo —solo un segundo, pero yo lo vi, y él supo que yo lo vi— antes de gritar que llamaran a una ambulancia, con una urgencia que no cuadraba con el hombre que segundos antes me exigía de rodillas frente a todo el salón.
—No es nada —alcancé a decir, más para mí que para nadie, mientras el mundo se me iba poniendo borroso por los bordes—. No es nada.
Fue lo último que recuerdo antes de la sirena.
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En el hospital me cosieron el corte sin mayor drama; el daño real, dijo la enfermera, era el que ya traía de antes. Me quedé sola en la habitación, con el brazo vendado y el celular de segunda mano cargando en la mesita, cuando la misma enfermera, antes de salir, me pasó un teléfono distinto, uno elegante, con la pantalla ya encendida.
—Alguien lo dejó para usted —dijo, sin más explicación, y se fue.
Era un mensaje. Licenciado Alberto Ortega. Represento —representé— los intereses de su abuelo. Necesito hablar con usted en cuanto pueda. Es urgente. Es sobre él.
Sentí que el cuarto se movía un poco. Sobre él. Sobre mi abuelo. Las palabras del señor Pineda me volvieron de golpe, nítidas como si las acabara de oír: el viejo dejó algo escrito, mija. Búscalo. No dejes que se salgan con la suya.
Un abogado de mi abuelo, buscándome a mí, con esa urgencia. No podía ser una casualidad, y yo ya había dejado de creer en las casualidades desde hacía tres años.
No contesté todavía. No podía. Tenía otra cosa que hacer primero.
Saqué mi celular viejo, entré al chat con la periodista, y le escribí que sí, que estaba lista, que podía llamarla en ese momento desde la cama de un hospital.
La entrevista duró seis minutos. No lloré, no acusé a nadie por nombre. Solo mostré, sin dramatismo, la cicatriz vieja de la mano y la nueva del brazo, y pregunté a la cámara, con la calma que aprendí en el patio de la cárcel:
—¿Alguien aquí me ha visto hacerle daño a alguien alguna vez?
Nadie contestó, porque nadie tenía que contestar. El clip se subió esa misma madrugada.
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Al día siguiente, tres empresas anunciaron que "pausaban" sus negocios con el Club Dorado hasta que "se aclarara la situación de la señorita Linares". Doña Lucía me lo contó por teléfono, con una voz que por primera vez sonó casi orgullosa de mí, aunque se cuidó de no decirlo con esas palabras.
Max llegó al hospital esa tarde, sin anunciarse, con el traje arrugado por primera vez desde que lo conocía y el celular sonando sin parar en la mano.
—Cancelaste dos tratos con una entrevista de seis minutos —dijo, y no sonó a reclamo. Sonó a algo más parecido al desconcierto.
—No cancelé nada. Dije la verdad. —Lo miré, sin ceder ni un centímetro—. Si eso le cuesta tratos, no es mi problema.
Se quedó callado un momento largo. Después, con la mandíbula apretada, me dijo que retiraba la vigilancia sobre mí, que el club emitiría un comunicado de disculpa a nombre de la empresa, y que "esto no cambiaba nada entre nosotros".
—No cambia nada —repitió, como si necesitara convencerse a sí mismo más que a mí, y cerró la puerta al salir con más fuerza de la necesaria.
Me quedé sola otra vez, con el brazo vendado y el celular elegante de Ortega todavía sin respuesta en la mesita, brillando bajo la luz del hospital como una pregunta que ya no podía seguir posponiendo.