Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 13: Después del disparo
FERNANDO
El disparo todavía retumbaba en mis oídos.
Durante un segundo nadie se movió.
Después reaccionamos al mismo tiempo.
—¡Victoria, atrás!
La empujé detrás de mí.
Marcus abrió la puerta de golpe.
El pasillo estaba vacío.
—¿Dónde está? —preguntó Victoria.
No respondí.
Avancé con el arma levantada.
A unos metros encontré algo en el suelo.
Un casquillo.
Lo recogí.
—¿Fue aquí? —preguntó Marcus.
—Sí.
Observé el casquillo.
—No dispararon para matar.
Marcus frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si quisieran matarnos, habrían disparado antes de hablar.
Victoria salió de detrás de mí.
—Entonces, ¿para qué dispararon?
Un ruido metálico llegó desde la planta baja.
Corrimos.
La puerta principal estaba abierta.
El viento movía las cortinas.
Y sobre el suelo había otro sobre.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
La imagen mostraba a Daniel Cross.
Vivo.
Herido.
Sentado en una habitación desconocida.
Detrás de él había una pared de ladrillos.
En su mano sostenía un pequeño papel.
Lo amplié.
Había una palabra escrita.
ALMACÉN 17.
Victoria miró la fotografía.
—Tenemos que ir.
—Sí.
Marcus negó inmediatamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esto es exactamente lo que quieren.
—¿Quiénes?
Marcus me miró.
—Los hombres que están detrás de Alexander.
Victoria se acercó.
—¿Y si Daniel está realmente en peligro?
Marcus suspiró.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
—¿No acabas de decir que no?
—Dije que no podemos ir directamente.
Lo miré.
—¿Qué propones?
Marcus sacó su teléfono.
—Primero averiguamos quién está vigilando el almacén.
Dos horas después estábamos frente a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad.
No era el almacén.
Era un punto de observación.
Marcus había encontrado cámaras ocultas en los alrededores.
Tres vehículos.
Cuatro hombres.
Todos armados.
—Hay demasiada seguridad para un lugar vacío —dije.
Marcus asintió.
—Porque no está vacío.
Victoria estaba en el asiento trasero.
—¿Daniel está ahí?
—No lo sé.
Miré hacia el edificio.
—Voy a entrar.
Victoria me tomó del brazo.
—No.
La miré.
—Es mi trabajo.
—No.
Su voz tembló.
—No quiero que vayas solo.
Sentí algo en el pecho.
—No voy solo.
Miré a Marcus.
—Él viene conmigo.
Marcus sonrió.
—Eso sonó casi como un cumplido.
—No te acostumbres.
Victoria dejó escapar una pequeña risa.
Incluso en medio de todo aquello, necesitábamos respirar.
Pero la sonrisa desapareció rápidamente.
—Fernando...
—¿Sí?
—Ten cuidado.
Tomé su mano durante apenas un segundo.
—Siempre.
Entramos por la parte trasera.
Dos guardias estaban hablando cerca de una puerta.
Marcus hizo una señal.
Nos movimos.
Rápido.
Silencioso.
En pocos segundos estaban fuera de combate.
Entramos.
El lugar estaba vacío.
Demasiado vacío.
—Esto es una trampa —susurré.
Marcus asintió.
Entonces escuchamos una voz.
—Fernando Ferrara.
Me giré.
Una pantalla se encendió.
Daniel apareció.
No estaba en el almacén.
Estaba en otra ubicación.
Tenía una herida sobre la ceja.
—Hola, Fernando.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa.
—¿Dónde está Victoria?
Daniel sonrió.
—A salvo.
—Si le haces daño...
—No quiero hacerle daño.
—Entonces déjala fuera de esto.
Daniel negó.
—Ella ya está dentro.
Marcus dio un paso hacia la pantalla.
—¿Quién te está persiguiendo?
Daniel lo miró.
—Tú sabes quién.
Marcus bajó la mirada.
Daniel continuó:
—Alexander no trabaja solo.
Sentí que el ambiente se volvía más pesado.
—¿Quién está detrás de él?
Daniel se acercó a la cámara.
—La persona que ordenó el accidente.
Victoria escuchaba todo desde el vehículo, conectada a mi teléfono.
—¿Quién fue? —preguntó.
Daniel la escuchó.
Su expresión cambió.
—Victoria.
Ella respondió:
—Estoy aquí.
Daniel guardó silencio.
Después dijo:
—Nunca debiste sobrevivir.
Sentí una corriente fría recorrerme el cuerpo.
—¿Qué significa eso?
Daniel miró directamente hacia la cámara.
—El accidente no tenía como objetivo matarme a mí.
Pausa.
—El objetivo eras tú.
Victoria dejó de respirar.
—¿Yo?
—Sí.
Marcus cerró los ojos.
—Dios...
Daniel continuó:
—Alexander sabía que querías dejarlo.
—¿Y qué?
—Sabía que tenías pruebas.
Victoria frunció el ceño.
—¿Qué pruebas?
Daniel respondió:
—Una grabación.
Silencio.
—¿Qué grabación? —pregunté.
Daniel miró hacia un lado.
—La que demuestra quién es realmente Alexander Blackwood.
Victoria comenzó a recordar.
Su respiración se aceleró.
—Yo tenía una grabadora...
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Dónde está?
—Alexander la tomó.
—¿Y tú sabes dónde está?
Daniel sonrió.
—Yo sé dónde está la copia.
—¿Dónde?
Daniel se acercó a la cámara.
—En el único lugar donde Alexander jamás buscaría.
La pantalla se apagó.
—¡Daniel!
Nada.
Marcus me miró.
—Tenemos que volver.
—¿Por qué?
—Porque acaba de revelar algo.
—¿Qué?
Marcus señaló la pantalla.
—Sabía que Victoria estaba escuchando.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
«YA TIENEN LA DIRECCIÓN.»
Otro mensaje llegó inmediatamente.
«AHORA MIREN DETRÁS DE USTEDES.»
Me giré.
Cuatro hombres estaban entrando al almacén.
Armas en mano.
Marcus levantó la suya.
—Fernando...
—Los veo.
El primero apuntó.
—Entréguenme la caja azul.
Sentí que la sangre se me helaba.
No había hablado de ella.
Nadie fuera de nosotros sabía que la teníamos.
O eso creíamos.
Marcus me miró.
Yo comprendí.
—Corre.
—¿Qué?
—Corre con Victoria.
—¿Y tú?
Marcus cargó su arma.
—Yo los entretengo.
—No pienso dejarte.
—¡Fernando!
Los hombres comenzaron a avanzar.
Marcus me miró directamente.
—Si quieres protegerla, sácala de aquí.
Tomé el teléfono.
—Victoria, sal del auto.
—¿Qué ocurre?
—Confía en mí.
La puerta del vehículo se abrió.
Victoria salió.
Y en ese instante, uno de los hombres gritó:
—¡AHÍ ESTÁ!
Un disparo atravesó la noche.
Corrí hacia Victoria.
La abracé y la tiré al suelo.
Otro disparo.
Luego otro.
Marcus respondió desde el interior.
Victoria se aferró a mí.
—Fernando...
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
La miré.
—No voy a dejar que te pase nada.
Ella levantó el rostro.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo, el mundo desapareció.
No hubo disparos.
No hubo Alexander.
No hubo secretos.
Solo ella.
Y yo.
Victoria acercó lentamente su rostro al mío.
Estuvimos a centímetros.
Entonces una explosión sacudió el edificio.
La separé de mí inmediatamente.
—¡Corre!
Nos alejamos mientras el almacén comenzaba a arder.
Pero antes de escapar, miré hacia atrás.
Marcus no salía.
—¡Marcus!
Victoria me sujetó.
—Fernando, no.
—No puedo dejarlo.
Corrí hacia el fuego.
Y justo cuando estaba a punto de entrar...
Una figura apareció entre las llamas.
Marcus.
Caminando lentamente.
Ensangrentado.
Pero vivo.
En su mano llevaba algo.
Una pequeña grabadora.
Me la entregó.
—La encontramos.
—¿Qué es?
Marcus miró hacia Victoria.
—La prueba.
Y entonces añadió:
—Pero hay un problema.
—¿Cuál?
Marcus miró el fuego detrás de nosotros.
—La grabación no demuestra que Alexander provocó el accidente.
Pausa.
—Demuestra que alguien de tu pasado lo hizo.
Victoria quedó paralizada.
—¿De mi pasado?
Marcus asintió.
—Y esa persona...
Miró hacia mí.
—...te conoce mucho mejor de lo que imaginas.