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La Esclava Del Conquistador

La Esclava Del Conquistador

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

La esclava del conquistador

Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.

Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.

Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.

En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.

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La canción que no se encierra

El dolor la mantenía despierta. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verlo todo: el borde del precipicio, el vacío bajo sus pies, la mano de él aferrada a su brazo como un grillete, su voz cortando el viento… y aquel beso. Aquel beso imposible que la había dejado más confundida que cualquier golpe.

Abrió los ojos de golpe, con un jadeo.

—Maldito bastardo… —masculló, presionando la palma contra la frente como si pudiera borrar las imágenes con el tacto.

Se incorporó con dificultad; el cuerpo le protestó con cada movimiento. Cada músculo ardía, cada herida palpitaba, recordándole exactamente dónde se hallaba en su mundo. Pero no se quedaría allí tendida, rota y sumisa. No. Esa no era ella.

Miró a su alrededor. La habitación era pequeña, fría, miserable. Solo paja esparcida sobre el suelo de tierra, paredes de madera tosca y una única rendija alta por donde se filtraba una luz tenue y escasa.

—Qué apropiado… —susurró con amargura, pasando los dedos por la madera astillada—. El cobertizo de leña del príncipe.

Se levantó lentamente, con las piernas temblorosas. Tambaleó un instante, pero no cayó. Dio un paso, luego otro, hacia la pesada puerta que la encerraba. Empujó con ambas manos. Cerrada con cerrojo.

—Abre —dijo, con voz firme a pesar de la rabia que crecía en su pecho.

Solo el silencio le respondió.

Golpeó la madera con el puño. El sonido retumbó en el espacio reducido.

—¡Abre esta puerta!

Nada. Ni un sonido al otro lado. Soltó una risa seca y amarga.

—Por supuesto… el pajarillo en su jaula.

Apoyó la frente contra la madera fría, cerrando los ojos mientras el agotamiento la reclamaba.

—No me quedaré aquí…

Pero no había nada que pudiera hacer. Ninguna herramienta, nada con qué forzar la entrada, ningún recurso que cambiara su situación. Solo ella. Y esas paredes que la mantenían prisionera.

Volvió a posar la mano sobre la puerta, esta vez con lentitud. La superficie era áspera, irregular, con astillas que se enganchaban levemente en su piel. Sólida. Inamovible. Como todo en aquel lugar.

Se apoyó con todo su peso. La puerta no se movió.

—Claro que no se mueve —murmuró. Nada se movía allí si él no lo permitía. Ni la puerta, ni los guardias… ni siquiera ella.

Respiró hondo y retrocedió un paso.

—No todo… —susurró, más para sí misma que para la habitación vacía.

Los dedos se le curvaron a los costados. Porque aunque su cuerpo estuviera atrapado, su mente no lo estaba. Y eso era algo que él no podía encerrar bajo llave.

La noche cayó rápido entre los árboles; la oscuridad se filtró por cada rendija, seguida de un frío que trepó por el suelo y le recorrió la piel hasta hacerla temblar. Se acurrucó contra la pared, abrazándose las rodillas para conservar el calor que podía. El silencio volvió a posarse, denso y pesado como la brea.

Entonces… empezó a cantar.

Al principio muy suave, apenas un suspiro. Pero esta vez no era una canción de tristeza ni de nostalgia. Era distinta: una melodía que hablaba de fuerza, de valerse por una misma, de no necesitar a nadie para completarse.

«Puedo comprarme mis propias flores…»

«Escribir mi nombre en la arena…»

«Hablar conmigo misma durante horas…»

«Decir cosas que nunca comprenderías…»

Respiró hondo y la voz ganó fuerza.

«Puedo salir a bailar sola…»

«Tomarme de mi propia mano…»

Abrió los ojos entonces, mirando la puerta con una determinación que ardía más que cualquier fuego.

«Puedo amarme a mí misma…»

«Mejor de lo que tú jamás podrás hacerlo.»

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Era extraño: algo tan simple sentía como una armadura. Tragó saliva, con la garganta tensa, no por debilidad, sino por el peso de lo dicho. Porque decirlo… y creerlo… no eran lo mismo.

Apretó los dedos contra sus brazos. Aun así, se aferró a aquella sensación como a un escudo.

—No te necesito… —susurró, más suave esta vez.

Sin embargo, el silencio que siguió pesó más que antes.

Al otro lado de la puerta, Khadir permanecía inmóvil. Había llegado con la oscuridad y llevaba allí mucho tiempo, escuchando cada palabra. No entendía el idioma de la canción, ni el sentido de cada verso, pero percibía el tono: la rebeldía, el orgullo, aquella fuerza serena que siempre lo había atraído hacia ella a pesar de todo. Y la última frase… le molestó más de lo que quería admitir. Apretó la mandíbula y apoyó la palma contra la puerta, como si pudiera sentirla a través de la madera.

—Tonta terca… —murmuró, sin apartarse.

La puerta se abrió sin ruido. Entró con su gracia habitual, aunque el peso en su interior era distinto. Ella no lo sintió llegar; el agotamiento la había vencido por fin, dormida contra la pared, con la respiración lenta y tranquila. Indefensa de una forma que nunca antes había visto.

Se detuvo a unos pasos, observándola en silencio. La había visto luchar, resistir, sangrar sin quebrarse. Pero esto… aquella quietud… era algo distinto. No había desafío en su postura, ni palabras afiladas, ni fuego en la mirada. Y sin embargo, no parecía rendición. Eso lo inquietaba más que cualquier enfrentamiento.

Conocía la fuerza. La resistencia. A los enemigos. Pero esto… era algo que no podía medir.

Sus ojos recorrieron su rostro: los moretones aún oscuros, los rasguños del bosque, las huellas de lágrimas secas. Algo se le apretó por dentro, una sensación que no supo nombrar.

—No eres más que problemas… —murmuró, tan bajo que solo él lo oyó. El tono no era el de siempre; era más suave, como si hablara consigo mismo.

Se acercó despacio, hasta quedar a su lado. Se inclinó, buscando algo en su rostro, y la mano se le alzó casi por sí sola. Los dedos rozaron su mejilla, ligeros como un soplo, siguiendo la línea de la mandíbula con una delicadeza que no se reconoció capaz de tener.

—¿Por qué…? —susurró, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no puedes quedarte quieta y obedecer…?

El pulgar le acarició la piel, dejando un rastro de calor.

—¿Por qué tienes que ser tan…?

Se detuvo, buscando una respuesta que no hallaba.

—…tan malditamente terca?

Retiró la mano de golpe, como si aquel contacto fuera un error que no podía permitirse. Se irguió rígido en la penumbra y, sin decir palabra, se quitó la pesada capa y la dejó caer sobre ella, cubriéndola por completo. Al principio con brusquedad, luego acomodándola con un gesto casi imperceptible. Como si nada. Como si no le estuviera dando lo único que la protegería del frío.

Se dirigió a la puerta, caminando sin hacer ruido sobre la tierra. La tomó del picaporte, pero no se volvió.

—No vuelvas a cantar eso —dijo, recuperando la frialdad de siempre… aunque no del todo. Había algo más, algo crudo y desnudo que intentaba ocultar.

Salió y la puerta se cerró tras él casi sin sonido.

En el interior, ella se movió levemente en el sueño, sin despertar. Los dedos se le cerraron sobre la tela gruesa de la capa, aferrándola contra sí. El silencio volvió a llenar el espacio, pero ya no era el mismo. La jaula seguía allí, el frío se filtraba y el dolor no desaparecía. Sin embargo, había algo más: algo que no comprendía, que no quería reconocer… y que, pese a todo, empezaba a arraigarse entre la rabia, el miedo y la confusión.

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BERNARDINA PASTELIN
desgraciado viejo😡😡😡
EspirituCreativo: Tranquila lectora... Y si es un viejo calculador
total 1 replies
BERNARDINA PASTELIN
🤔🤔🤔🤔🤔 menciona que viene del futuro
EspirituCreativo: Si lectora viene del futuro, vivió un tiempo como princesa del reino y se adapto pero no perdió su ímpetu
total 1 replies
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