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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:342
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una Mañana en Aethelgard

La mañana había llegado a Aethelgard sin disparos.

Para Leo, aquello seguía siendo extraño.

Durante meses, despertarse había significado revisar las armas, comprobar las municiones, escuchar los informes de los exploradores y preguntarse desde qué dirección llegaría el siguiente ataque.

Ahora solo escuchaba pájaros.

Y el sonido de una sartén golpeando contra algo en la cocina.

Leo abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo.

No había gritos.

No había botas corriendo por los pasillos.

No había campanas de alarma.

Ni siquiera podía escuchar el ruido de una patrulla preparándose para salir.

Solo aquella sartén.

Golpe.

Silencio.

Golpe.

Leo frunció el ceño.

—¿Qué demonios está haciendo?

Se incorporó lentamente y pasó una mano por su rostro. Todavía tenía el cabello desordenado y una ligera marca de la almohada en la mejilla.

Miró hacia la ventana.

La luz del sol comenzaba a entrar entre las cortinas. A través del cristal podía ver una parte del patio interior del antiguo palacio. Algunas personas ya caminaban por ahí. Un par de trabajadores cargaban madera hacia uno de los talleres y, más lejos, dos niños perseguían una pelota hecha con trapos.

Leo los observó durante unos segundos.

Le resultaba extraño ver niños jugando en aquel lugar.

No hacía mucho tiempo, aquel mismo patio había estado lleno de soldados.

Ahora había ropa tendida.

Leo soltó una pequeña risa por la nariz.

—Definitivamente este lugar cambió.

Se levantó de la cama y caminó hacia la mesa junto a la ventana.

Ahí estaba su Peacemaker.

Lo había dejado limpio la noche anterior.

O eso creía.

Leo tomó el revólver y comenzó a inspeccionarlo por costumbre.

Sacó el cilindro.

Revisó el mecanismo.

Comprobó el estado del martillo.

Después tomó un pequeño paño y comenzó a limpiar una parte del armazón que ya estaba perfectamente limpia.

Se detuvo.

Miró el paño.

Luego el arma.

—Estoy limpiando algo que ya limpié.

Dejó escapar un suspiro.

—Tengo un problema.

Desde el pasillo llegó una voz.

—¿Hasta ahora te das cuenta?

Leo levantó la cabeza.

La puerta estaba entreabierta.

Kassandra estaba apoyada en el marco, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida.

Llevaba el cabello recogido de manera descuidada y todavía tenía puesta la ropa sencilla con la que había dormido.

Leo levantó el revólver.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días.

Kassandra entró lentamente en la habitación y miró el arma.

—¿Otra vez?

—¿Qué?

—La pistola.

—La estoy revisando.

—La revisaste anoche.

—Podría haberse desajustado durante la noche.

Kassandra arqueó una ceja.

—¿Mientras estaba sobre la mesa?

—Las cosas pueden cambiar.

—Claro.

Leo volvió a mirar el arma.

—Es una máquina.

—Es un revólver.

—Un revólver es una máquina.

—Leo...

—¿Qué?

—Llevamos semanas en paz.

—Lo sé.

—Ya no necesitas revisar tus armas cada mañana.

Leo permaneció en silencio.

Kassandra se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre ella.

—¿No puedes dejarla ahí?

Leo observó el Peacemaker.

—Podría.

—Pero no quieres.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

Leo tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

Kassandra lo miró con más atención.

Leo dejó el paño sobre la mesa.

—Supongo que... todavía estoy acostumbrado.

—¿A qué?

—A tener que estar preparado.

Kassandra bajó un poco la mirada.

—Ya no estamos en guerra.

—Lo sé.

—Valerius cayó.

—Lo sé.

—Aethelgard es nuestra.

Leo hizo una pequeña mueca.

—Eso suena raro cuando lo dices así.

—¿Por qué?

—Porque hace unos meses habría pensado que alguien estaba completamente loco si me hubiera dicho que iba a terminar viviendo en el palacio del mismo hombre que intentó matarme.

Kassandra sonrió.

—Y ahora mírate.

Leo miró alrededor.

—Sí.

—Tienes una habitación.

—Sí.

—Una cama decente.

—Sí.

—Comida todos los días.

—Eso sí me está gustando.

—Una familia.

Leo levantó lentamente la mirada hacia ella.

Kassandra sonrió.

—Y una mujer que lleva semanas diciéndote que dejes de limpiar una pistola que ya está limpia.

Leo soltó una carcajada.

—Eso último suena menos agradable.

—Porque lo es.

Kassandra se acercó un poco más y tomó el revólver de sus manos.

Leo la miró sorprendido.

—Oye.

—No.

—Kass.

—No.

—Solo estaba—

—Desayuno.

—Pero—

—Desayuno, Leo.

Ella dejó el Peacemaker sobre la mesa.

Leo cruzó los brazos.

—Me estás confiscando mi arma.

—No.

—¿Entonces?

—Te estoy recordando que tienes una vida.

Leo la miró durante unos segundos.

Después sonrió.

—Eso sonó bastante serio.

—Lo era.

—¿Puedo recuperarla después?

—Si te portas bien.

—¿Qué tengo? ¿Ocho años?

—A veces te comportas como si tuvieras seis.

Leo abrió la boca para responder.

Entonces volvió a escucharse el ruido de la sartén desde la cocina.

Golpe.

Silencio.

Golpe.

Kassandra cerró los ojos.

—Por cierto...

—¿Sí?

—Creo que deberíamos revisar qué está haciendo Garrik.

Leo se quedó pensativo.

—Eso sí podría ser una emergencia.

—¿Ves? Ahí está el hombre que conozco.

Ambos salieron de la habitación.

Leo cerró la puerta detrás de ellos.

Por primera vez en mucho tiempo, dejó el Peacemaker sobre la mesa sin llevarlo consigo.

No sabía cuánto duraría aquella sensación de paz.

Pero por esa mañana, decidió no preguntárselo.

Leo y Kassandra recorrieron el pasillo principal del antiguo palacio.

El lugar todavía conservaba las marcas de la guerra.

Había paredes reparadas recientemente, ventanas sustituidas y algunas zonas donde la piedra había sido cubierta con madera mientras los albañiles terminaban los trabajos.

Sin embargo, ya no parecía un campo de batalla.

Había personas caminando por los corredores.

Sirvientes llevando canastas.

Herreros entrando y saliendo de los patios.

Incluso algunos niños corrían por los pasillos hasta que algún adulto los reprendía.

Leo observó todo aquello mientras caminaba junto a Kassandra.

—¿Sabes algo? —dijo finalmente—. Creo que todavía no me acostumbro a ver gente caminando tranquilamente por aquí. Hace unas semanas, si alguien corría por este pasillo, yo asumía inmediatamente que venía a avisarnos de un ataque.

Kassandra sonrió mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Eso explica por qué ayer casi le disparaste a un muchacho que venía corriendo con una bandeja. El pobre solo quería llevarle el desayuno a Garrik y terminó escondido detrás de una columna.

Leo hizo una mueca.

—No iba a dispararle.

—Sacaste el arma.

—Porque corrió hacia mí.

—Leo, llevaba seis panes en las manos.

—Precisamente. Podía estar transportando munición.

Kassandra soltó una carcajada.

—¿Munición con olor a mantequilla?

—Nunca se sabe.

—Por eso digo que necesitas descansar. Tu cabeza sigue funcionando como si Aethelgard estuviera bajo asedio.

Leo guardó silencio durante unos segundos.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Tal vez sí.

Kassandra dejó de caminar.

Leo dio un par de pasos más antes de darse cuenta y volteó.

—¿Qué?

—Nada —respondió ella—. Solo quería saber si alguna vez vas a admitir que estás cansado.

Leo se apoyó contra la pared.

—Estoy cansado.

—No parece.

—Porque no sé cómo hacerlo de otra manera.

Kassandra lo observó con atención.

—Entonces aprende. Ya no tienes que demostrarle nada a nadie, Leo. No tienes que estar despierto toda la noche revisando mapas, ni comprobar cinco veces una puerta, ni pensar qué hacer si mañana aparece un ejército en el horizonte.

Leo bajó la mirada.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —respondió ella con suavidad—. Lo entiendes, que es diferente. Tu cabeza todavía está esperando que alguien nos quite todo otra vez.

Leo respiró profundamente.

—Supongo que una parte de mí sigue esperando que esto termine.

Kassandra se acercó un poco.

—¿Y si no termina?

Leo levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Y si esta es nuestra vida ahora? ¿Qué pasa si no llega otro ejército, si nadie intenta matarnos y si durante los próximos diez años lo peor que tenemos que enfrentar es una cosecha mala o una tubería rota?

Leo soltó una pequeña risa.

—No sé si estoy preparado para una tubería rota.

—Pues tendrás que aprender.

—Puedo diseñar una mejor.

—Sabía que ibas a decir eso.

Ambos continuaron caminando.

Al llegar al final del corredor, el olor a comida se hizo más fuerte.

Leo levantó la nariz.

—¿Eso es tocino?

—Sí.

—Entonces retiro todo lo que dije sobre la paz. Esto sí es una victoria.

Kassandra negó con la cabeza mientras sonreía.

—Eres imposible.

—Pero tengo buen gusto.

—Tienes suerte de que te quiera.

Leo la miró de reojo.

—¿Eso fue una confesión?

—No te emociones. Ya te lo dije hace meses.

—Podrías repetirlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque después te pones insoportable.

—Yo nunca me pongo insoportable.

Kassandra abrió la puerta de la cocina.

—Ahí tienes.

Dentro de la cocina, Garrik estaba frente a una enorme sartén.

El viejo herrero llevaba un delantal que claramente no había sido diseñado para alguien de su tamaño y tenía una mancha de harina en la barba.

Clara estaba sentada sobre una silla cercana, observándolo cocinar.

Garrik sostenía una cuchara de madera.

—Antes de que digan algo —dijo sin voltearse—, quiero aclarar que la sartén está perfectamente controlada y que no ha explotado nada.

Leo entró y miró la cocina.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que acaba de hacer explotar algo.

Garrik se giró lentamente.

—¿Sabes qué? Después de haber construido armas contigo durante meses, creo que me he ganado el derecho de cocinar sin que sospeches de mí cada vez que escuchas un ruido extraño.

Leo señaló la sartén.

—Está haciendo demasiado humo.

—Es vapor.

—Eso no es vapor.

—Es un vapor muy comprometido con su trabajo.

Clara levantó la mano.

—Papá, Garrik quemó el primer tocino.

Garrik la señaló con la cuchara.

—Traición.

Leo comenzó a reír.

—¿Quemaste el tocino?

—Fue un accidente. Estaba vigilando la carne, luego recordé que tenía que revisar una pieza del horno y cuando regresé...

—Había carbón.

—Exactamente.

Kassandra se acercó a la mesa y miró los platos.

—¿Y quién decidió que Garrik debía cocinar?

Clara levantó la mano nuevamente.

—Yo.

Kassandra la miró sorprendida.

—¿Tú?

—Sí. Garrik dijo que sabía cocinar mejor que tú.

Kassandra lentamente volteó hacia el herrero.

Garrik dejó la cuchara.

—Creo que deberíamos concentrarnos en el desayuno.

Leo se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

Kassandra entrecerró los ojos.

—Garrik.

—¿Sí?

—¿Dijiste que cocinas mejor que yo?

—Yo dije que tengo experiencia.

—Eso no responde la pregunta.

—La experiencia responde muchas preguntas.

Leo intervino antes de que aquello se convirtiera en una discusión.

—Bueno, técnicamente Garrik tiene experiencia cocinando para mineros.

Kassandra lo miró.

—¿Y eso qué significa?

—Que probablemente sabe preparar comida para hombres que han pasado doce horas respirando polvo y carbón.

Garrik asintió orgullosamente.

—Exactamente.

Kassandra cruzó los brazos.

—Eso no significa que sepa cocinar.

—Significa que sé hacer comida que mantiene vivos a los hombres —respondió Garrik—. Después de todo, eso era básicamente lo que hacíamos cuando trabajábamos en las minas.

Leo tomó asiento.

—Entonces estamos a salvo.

Clara se acomodó junto a él.

—¿Papá?

—¿Sí?

—¿Hoy vas a trabajar en el taller?

Leo la miró.

—Probablemente.

—¿Puedo ir contigo?

Leo sonrió.

—¿Quieres volver a trabajar con metal?

Clara asintió emocionada.

—Quiero aprender más sobre las piezas que me enseñaste ayer. Dijiste que todavía no entendía cómo funcionaba todo y quiero saber qué hace que una cosa se mueva cuando otra la empuja.

Leo se quedó mirándola durante unos segundos.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—Eso es una excelente pregunta.

Kassandra tomó asiento frente a ellos.

—No.

Leo la miró.

—¿No qué?

—No empieces.

—¿Qué cosa?

—Esa cara. Te conozco. Esa es la misma cara que pones cuando alguien te hace una pregunta de ingeniería y de repente quieres pasar seis horas explicándole cómo funciona el universo.

Leo sonrió.

—Pero preguntó algo interesante.

—Tiene ocho años.

—Precisamente. Es una buena edad para aprender.

Kassandra suspiró.

—Puede aprender. Lo que no puede hacer es terminar con una ceja menos porque a su padre se le ocurrió enseñarle mediante explosiones.

Clara levantó la mano.

—Yo no quiero explosiones.

Leo la miró.

—¿Ves? Tu hija tiene sentido común.

Kassandra arqueó una ceja.

—Nuestra hija.

Leo sonrió.

—Nuestra hija.

Clara los observó a ambos y sonrió.

Garrik dejó una enorme fuente sobre la mesa.

—Bueno, familia feliz, antes de que alguien invente otra arma durante el desayuno, será mejor que comamos.

Leo miró la comida.

Después miró a Garrik.

—¿Eso está quemado?

Garrik tomó asiento.

—No.

—Huele quemado.

—Es parte de la receta.

Kassandra tomó un pedazo y lo examinó.

—Garrik...

—¿Qué?

—Esto está negro.

Garrik suspiró.

—Entonces es una receta muy avanzada.

Garrik tomó asiento y comenzó a servirse una porción generosa.

—Bueno, basta de criticar mi cocina. Si alguno de ustedes quiere preparar el desayuno, puede hacerlo mañana. Yo no pienso volver a acercarme a una sartén después de escuchar tres veces que mi tocino parece carbón.

Kassandra tomó un pedazo de pan y lo untó con un poco de mantequilla.

—Yo no dije que estuviera malo. Dije que parece carbón.

—Eso es una diferencia puramente estética.

Leo tomó un trozo de tocino y lo observó detenidamente antes de llevárselo a la boca.

Masticó.

Todos esperaron su reacción.

Leo tragó lentamente.

—Está... interesante.

Garrik sonrió satisfecho.

—¿Lo ves?

—No dije que estuviera bueno.

Clara soltó una carcajada.

Garrik señaló a Leo con la cuchara.

—Traidor. Después de todo lo que hemos pasado juntos, esperaba un poco más de lealtad.

—La lealtad tiene límites. Hay cosas que ni siquiera yo puedo defender.

Kassandra se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

—Bueno, al menos hoy nadie ha terminado herido.

Garrik levantó su taza.

—Por la paz.

Leo levantó la suya.

—Por la paz.

Clara imitó a ambos con su vaso de leche.

—Por la paz.

Los tres chocaron sus vasos.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Leo miró alrededor de la mesa.

La luz de la mañana entraba por las ventanas de la cocina. Afuera se escuchaban voces, martillos y el movimiento constante de una ciudad que estaba volviendo a la vida.

Aquella escena era tan sencilla que casi parecía imposible.

Garrik comiendo.

Kassandra tomando café.

Clara balanceando los pies debajo de la mesa.

Y él sentado ahí, sin una espada encima, sin soldados esperando órdenes y sin un mapa lleno de posiciones enemigas.

Leo dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—Es extraño.

Kassandra lo miró.

—¿Qué cosa?

—Esto.

Señaló alrededor.

—Comer sin tener que pensar en cuánto nos queda de comida. Dormir sin poner un arma debajo de la almohada. Escuchar martillos y no pensar inmediatamente que están fabricando barricadas. Incluso despertar y no preguntarme quién está intentando matarnos.

Garrik se quedó pensativo.

—Supongo que después de vivir tanto tiempo con miedo, la tranquilidad también puede sentirse incómoda.

Leo asintió.

—Sí. Es como si una parte de mi cabeza siguiera esperando que algo salga mal.

Kassandra apoyó los codos sobre la mesa.

—Y probablemente algo va a salir mal. Siempre hay problemas. Una cosecha puede fallar, una tormenta puede destruir un puente, alguien puede robar una carreta o dos comerciantes pueden terminar peleándose por un precio.

Leo sonrió.

—Eso último suena especialmente peligroso.

—Lo digo en serio. La paz no significa que nada malo vuelva a pasar. Significa que ahora podemos resolver los problemas sin que cada solución termine dejando veinte cadáveres.

Leo bajó la mirada.

—Eso espero.

Garrik dejó la cuchara.

—¿Todavía piensas en eso?

Leo tardó unos segundos en responder.

—Todos los días.

Kassandra lo observó.

—¿En los muertos?

—En todo.

Leo respiró profundamente.

—En las personas que maté. En las que pude haber salvado. En las decisiones que tomé porque parecían necesarias y después descubrí que quizá no lo eran. En las veces que disparé antes de pensar.

Clara dejó de mover los pies.

Leo lo notó inmediatamente y suavizó el tono.

—Pero no quiero hablar de eso durante el desayuno.

Kassandra asintió.

—Entonces no hablemos de eso.

Garrik levantó nuevamente su taza.

—Excelente. Propongo que la siguiente conversación sea sobre algo menos deprimente.

Leo miró hacia el techo.

—Tengo una idea.

Kassandra cerró los ojos.

—No.

Leo la miró confundido.

—Ni siquiera la he dicho.

—No necesito escucharla.

Garrik comenzó a reír.

—Déjalo hablar. Quiero ver qué desastre está planeando ahora.

Leo apoyó los brazos sobre la mesa.

—He estado pensando en nuestras armas.

Kassandra lo señaló inmediatamente.

—Ahí está.

—Escúchame primero.

—Te estoy escuchando.

—Los Peacemaker funcionan muy bien para combate cercano. Son confiables, relativamente sencillos de mantener y tienen suficiente potencia para detener a un hombre con rapidez. Pero tienen una limitación bastante evidente.

Garrik frunció el ceño.

—¿Que son demasiado caros?

—También.

—¿Que hacen demasiado ruido?

—Eso es otra ventaja.

—¿Entonces cuál es el problema?

Leo tomó un pedazo de pan y comenzó a moverlo entre sus dedos mientras explicaba.

—El alcance. Y la capacidad de mantener fuego preciso a distancia. Si alguien tiene un arma capaz de atacar desde más lejos y con mayor precisión, nosotros estamos obligados a acercarnos para responder. Eso significa exponer soldados, gastar munición y convertir cada enfrentamiento en una pelea que podríamos evitar.

Kassandra lo observó unos segundos.

—¿Y qué estás pensando?

Leo sonrió ligeramente.

—Un rifle.

Garrik dejó de comer.

—Ya tenemos rifles.

—No. Tenemos armas largas con cañones que intentan comportarse como rifles. Estoy hablando de otra cosa.

Kassandra suspiró.

—Continúa.

Leo se inclinó hacia adelante.

—Quiero una acción de cerrojo. Un mecanismo que permita cargar un cartucho desde la recámara, cerrar el arma, disparar y después extraer el casquillo con el mismo movimiento. Sin tener que desmontar nada, sin cargar por la boca y sin depender de mecanismos demasiado delicados.

Garrik comenzó a asentir lentamente.

—Eso sí sería diferente.

—Exactamente.

Clara levantó la mano.

—¿Y sería mejor que las pistolas?

Leo la miró.

—Para ciertas cosas, sí. No para todo. Una pistola sigue siendo útil cuando necesitas algo pequeño y rápido. Pero un rifle puede aprovechar mejor un cañón largo, estabilizar el proyectil y permitirnos atacar desde una distancia mucho mayor.

Kassandra cruzó los brazos.

—¿Y para qué necesitas algo que llegue más lejos?

Leo se quedó callado durante un momento.

—Para que los enemigos no tengan que acercarse a nosotros.

Kassandra sostuvo su mirada.

—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que acaba de descubrir una manera más eficiente de hacer la guerra.

Leo dejó escapar una pequeña risa.

—También podría utilizarse para cazar. Para defender puestos. Para proteger caravanas. Incluso podría reducir la cantidad de personas que necesitamos enviar directamente al frente.

—O podría hacer que alguien pueda matar desde una distancia a la que la víctima ni siquiera pueda defenderse.

La sonrisa de Leo desapareció ligeramente.

—Sí.

Kassandra esperaba una respuesta más larga.

Leo finalmente continuó.

—Por eso no quiero producirlos en masa.

Garrik levantó una ceja.

—¿No quieres?

—No todavía. Primero quiero construir uno. Probarlo. Entender sus límites. Saber cuánto aguanta, cuánto tarda en recargarse, qué tan preciso es y qué problemas aparecen después de cien o doscientas pruebas.

Kassandra lo miró fijamente.

—¿Y después?

Leo se encogió de hombros.

—Después veremos.

—No me gusta esa respuesta.

—Porque no tiene una respuesta definitiva.

—Exactamente.

Leo sonrió.

—Kass, no todo tiene que estar decidido antes de empezar.

—Cuando se trata de armas, preferiría que algunas cosas sí.

Garrik intervino mientras se servía más comida.

—Yo estoy con ella en eso. Una cosa es construir una herramienta y otra muy distinta es fabricar algo que pueda cambiar la manera en que todos pelean.

Leo se quedó pensativo.

—Lo sé.

—¿De verdad?

Leo levantó la mirada hacia Garrik.

—Sí.

Durante unos segundos, nadie habló.

Entonces Clara levantó lentamente la mano.

—¿Puedo ayudarte a construirlo?

Leo la miró.

Kassandra también.

Garrik dejó la cuchara sobre la mesa.

Leo sonrió.

—Claro que puedes.

Kassandra inmediatamente negó con la cabeza.

—No.

Clara la miró.

—¿Por qué?

—Porque la última vez que ustedes dos se metieron al taller, salí de ahí con la sensación de que necesitaba contratar a un sacerdote.

Leo soltó una carcajada.

—No fue tan grave.

—Leo, encontraron un tornillo incrustado en una de las paredes.

—Fue una prueba.

—El tornillo estaba detrás de nosotros.

—Eso significa que el mecanismo funcionó.

Garrik comenzó a reír.

—Creo que el muchacho tiene un punto.

Kassandra lo señaló.

—Tú no ayudes.

Clara miró a Leo con una sonrisa.

—¿Entonces sí?

Leo la observó unos segundos.

—Sí. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—En el taller yo doy las instrucciones y tú las sigues. Nada de tocar herramientas calientes, nada de acercarte al fuego y, sobre todo, si te digo que te apartes, te apartas.

Clara asintió inmediatamente.

—Lo prometo.

Kassandra miró a Leo.

—Y yo voy a estar vigilando.

—Eso ya lo suponía.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Kassandra se relajó un poco.

—Bien. Entonces podemos intentarlo.

Leo sonrió.

—Perfecto.

Clara levantó los brazos emocionada.

—¡Voy a construir un rifle!

Kassandra se llevó una mano a la frente.

—Dios mío...

Garrik comenzó a reír.

—Tranquila, Kassandra. Puede que la niña termine siendo más peligrosa que él.

Leo miró a Clara.

—Eso espero.

Kassandra lo miró de inmediato.

—¿Qué acabas de decir?

Leo tomó su taza de café.

—Nada.

—Leo.

—Solo dije que espero que sea buena ingeniera.

Kassandra entrecerró los ojos.

—Eso sí te lo voy a permitir.

Leo sonrió.

Pero mientras volvía a mirar hacia la ventana, aquella pequeña idea comenzó a tomar forma en su cabeza.

Un rifle de cerrojo.

Un mecanismo más simple.

Más preciso.

Más rápido.

Más potente.

No pensaba en ejércitos.

No pensaba en conquistas.

No pensaba en el imperio.

Por primera vez, pensaba en construir algo simplemente porque podía hacerlo.

O al menos eso quería creer.

Después del desayuno, Leo se levantó de la mesa y tomó su taza de café.

Clara saltó de la silla inmediatamente.

—¿Ya vamos al taller?

Leo la miró.

—¿No quieres terminar de desayunar primero?

—Ya terminé.

—Te falta el pan.

Clara miró el pedazo que había dejado sobre el plato.

—Eso cuenta como terminado.

Kassandra negó con la cabeza.

—No. Eso cuenta como que estás intentando escaparte antes de que tu padre empiece a explicarte cosas durante seis horas.

Leo levantó una ceja.

—No tardo seis horas.

Garrik soltó una carcajada.

—La semana pasada tardaste cuarenta minutos explicándome por qué una bisagra estaba mal colocada.

—Porque estaba mal colocada.

—Era una puerta.

—Precisamente por eso debía funcionar bien.

Kassandra tomó su taza.

—Vayan. Pero antes de que empiecen, quiero dejar algo muy claro.

Leo la miró con cautela.

—¿Qué cosa?

—Clara va a aprender. Eso me parece bien. Pero no quiero que la conviertas en una copia pequeña de ti.

Leo se quedó callado.

Clara también.

Kassandra continuó, esta vez con un tono más tranquilo.

—Quiero que aprenda a pensar, no solamente a construir. Quiero que pueda preguntarte por qué una pieza funciona, pero también por qué debería existir. No quiero que aprenda que cada problema tiene que resolverse con una máquina.

Leo dejó la taza sobre la mesa.

—Eso es justo lo que quiero enseñarle.

Kassandra sonrió ligeramente.

—Entonces estamos de acuerdo.

Leo tomó la mano de Clara.

—Vamos, pequeña ingeniera.

—¿Qué significa ingeniera?

Leo caminó hacia la puerta.

—Alguien que mira algo y se pregunta cómo puede hacerlo funcionar mejor.

Clara pensó durante unos segundos.

—¿Entonces Garrik es ingeniero?

Desde la mesa se escuchó un golpe.

—¡Oye!

Leo comenzó a reír.

—Bueno...

Garrik señaló a ambos con el dedo.

—Ni se les ocurra empezar.

Clara soltó una carcajada mientras salía junto a Leo.

El taller estaba situado en una construcción que antes había pertenecido a los arsenales del palacio.

Durante la guerra había sido utilizado para almacenar armas y municiones.

Ahora las paredes estaban llenas de herramientas, piezas de metal, madera, recipientes con aceite y varios bancos de trabajo.

Leo abrió las puertas.

El olor familiar a carbón, metal y aceite llenó el aire.

Clara se quedó quieta en la entrada.

Sus ojos recorrieron cada rincón.

—Es enorme.

Leo sonrió.

—Todavía recuerdo la primera vez que vi un lugar como este.

—¿Aquí?

—No. En mi mundo.

Leo caminó lentamente hacia uno de los bancos.

—Cuando era niño, mi papá tenía herramientas en casa. No eran tantas como estas, pero siempre había algo que reparar. Una lámpara, una bicicleta, una pieza de la cocina... cualquier cosa.

Clara se acercó.

—¿Y tú lo ayudabas?

—A veces. Otras veces solo estorbaba.

—¿Mucho?

—Bastante.

Clara sonrió.

—Entonces soy igual que tú.

Leo la miró.

—Definitivamente.

Ella tomó unas gafas de seguridad que estaban sobre la mesa y se las colocó.

Le quedaban enormes.

Leo tuvo que contener una carcajada.

—Te ves ridícula.

—Tú también.

—Yo no llevo unas gafas que me llegan hasta la nariz.

—Pero tienes el pelo feo.

Leo se quedó en silencio.

—Eso fue innecesario.

Clara comenzó a reír.

—Mamá dice que tu pelo siempre está feo cuando trabajas.

—Tu madre está acumulando demasiadas opiniones.

—Pero tiene razón.

Leo suspiró.

—Bien. Empezamos.

Colocó sobre la mesa varias piezas preparadas con anterioridad.

No eran todavía un arma terminada.

Eran componentes y modelos que había estado estudiando durante los últimos días.

Clara observó todo con curiosidad.

—¿Cuál hace qué?

Leo señaló una de las piezas.

—Esta permite que el mecanismo se mueva hacia atrás y hacia adelante. Esta otra ayuda a mantenerlo en su posición. Y esta parte tiene que soportar mucho esfuerzo cuando el arma funciona.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cuando ocurre un disparo, la energía no desaparece. Una parte empuja el proyectil hacia adelante y otra parte intenta empujar el arma hacia atrás.

—¿Como cuando empujo una puerta?

—Exactamente. Si empujas una puerta con suficiente fuerza, tú también sientes que algo te devuelve el empujón.

Clara abrió los ojos.

—Entonces el arma también recibe un golpe.

—Sí.

—¿Y por eso tiene que ser fuerte?

—Una de las razones.

Clara tocó cuidadosamente una pieza.

—¿Y si fuera demasiado fuerte?

Leo sonrió.

—Entonces podría ser pesada, incómoda o difícil de utilizar. La ingeniería casi nunca consiste en hacer algo simplemente más fuerte.

—¿Entonces qué haces?

Leo se sentó frente a ella.

—Buscas equilibrio.

Clara lo miró.

—¿Entre qué cosas?

Leo pensó un momento.

—Entre muchas. Resistencia, peso, precisión, costo, facilidad de fabricación... incluso entre lo que quieres construir y lo que realmente puedes construir.

Clara permaneció pensativa.

—¿Y tú siempre consigues ese equilibrio?

Leo soltó una pequeña risa.

—No.

—¿Entonces por qué pareces tan seguro?

La pregunta lo tomó desprevenido.

Leo miró las piezas sobre la mesa.

—Porque aprendí a fingir que estoy seguro cuando no lo estoy.

Clara sonrió.

—Eso también lo haces mucho.

—¿Quién te enseñó a ser tan observadora?

—Mamá.

Leo negó con la cabeza.

—Debí imaginarlo.

Clara volvió a mirar el mecanismo.

—Entonces, ¿cómo sabes qué hacer cuando algo no funciona?

Leo tomó una pieza y la colocó sobre la mesa.

—Primero intentas descubrir por qué falló. No puedes arreglar algo si no entiendes qué salió mal.

—¿Y si no sabes?

—Investigas.

—¿Y si tampoco encuentras la respuesta?

Leo la miró.

—Preguntas.

Clara sonrió.

—¿A quién?

Leo señaló alrededor del taller.

—A quien sepa más que tú.

Clara miró hacia la puerta.

—¿Incluso a Garrik?

Leo hizo una pausa.

—Especialmente a Garrik cuando se trata de metal.

Desde fuera del taller se escuchó la voz del herrero.

—¡Los estoy escuchando!

Clara comenzó a reír.

—¿Cómo sabe siempre cuándo hablamos de él?

Leo levantó los hombros.

—Tiene un oído excelente para las conversaciones que no le corresponden.

Garrik apareció en la puerta.

—Y ustedes dos tienen un talento especial para hablar demasiado fuerte.

Leo sonrió.

—¿Qué necesitas?

Garrik miró las piezas sobre la mesa.

—Solo vine a recordarles que tengo trabajo. Y que si van a utilizar materiales del taller, al menos quiero saber cuánto piensan gastar.

Leo señaló las piezas.

—Todavía no lo sé.

—Esa respuesta me preocupa.

—A mí también.

Garrik observó a Clara.

—¿Y tú qué haces aquí?

Clara se enderezó.

—Estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A construir cosas.

Garrik sonrió.

—Entonces aprende bien. Tu padre sabe construir armas, pero también sabe romperlas.

Leo levantó una ceja.

—Eso último es discutible.

Garrik soltó una carcajada.

—Yo estuve ahí cuando explotaste aquella primera prueba.

—Y sobrevivimos.

—Porque tuve que sacarte de debajo de una mesa.

Clara abrió los ojos.

—¿Papá estaba debajo de una mesa?

Leo miró a Garrik.

—No era necesario contar esa parte.

—Es una lección importante.

Clara comenzó a reír.

—¡Papá estaba debajo de una mesa!

Leo señaló a Garrik.

—Esto queda entre nosotros.

—Ya es demasiado tarde.

Garrik salió del taller todavía riéndose.

Leo esperó hasta que desapareció.

—Tu tío Garrik es un traidor.

Clara negó con la cabeza.

—Pero me cae bien.

—A mí también.

Leo volvió a mirar las piezas.

Después miró a Clara.

—Bueno. ¿Lista?

Clara asintió.

—Lista.

Leo acercó una silla para ella.

—Entonces hoy no vamos a construir un arma.

Clara pareció confundida.

—¿No?

—No todavía.

—¿Entonces qué vamos a hacer?

Leo tomó un lápiz y una hoja.

—Vamos a dibujar.

Clara sonrió.

—¿Un rifle?

—Primero vamos a dibujar cómo queremos que funcione.

Leo colocó la hoja frente a ella.

—Porque una de las cosas más importantes que puedes aprender es que construir algo empieza mucho antes de tocar el metal.

Clara tomó el lápiz.

—¿Con una idea?

Leo sonrió.

—Exactamente.

Y durante aquella mañana, por primera vez, Leo no fue el hombre que había derribado un imperio.

Fue simplemente un padre intentando enseñarle a su hija cómo convertir una idea en algo real.

Clara comenzó a dibujar.

Al principio hizo líneas torcidas, círculos demasiado grandes y una pieza que, según ella, debía servir para "hacer que todo se mueva más rápido". Leo la dejó trabajar sin corregirla. Solo observaba, apoyado contra la mesa, con los brazos cruzados.

—¿Y esa pieza qué hace?

—No sé todavía.

—Entonces, ¿por qué la pusiste ahí?

Clara levantó la mirada.

—Porque se ve importante.

Leo soltó una pequeña risa.

—Esa es probablemente la peor razón para poner una pieza en una máquina.

—Pero las cosas importantes siempre tienen muchas piezas.

—No necesariamente. Una máquina puede tener veinte piezas y funcionar peor que otra con cinco. Lo importante no es cuántas cosas tiene, sino que cada una tenga una razón para estar ahí.

Clara volvió al dibujo.

—Entonces esta no tiene razón.

—Todavía no.

—¿Y si quiero que tenga una?

Leo sonrió.

—Entonces averíguala.

Durante unos minutos solo se escuchó el raspar del lápiz contra el papel.

Clara dibujó una línea, la borró y volvió a dibujarla. Después frunció el ceño.

—Papá.

—¿Sí?

—Creo que tu diseño tampoco funciona.

Leo dejó de sonreír.

Miró el dibujo.

Luego miró a Clara.

—¿Cuál parte?

Clara señaló una sección del mecanismo que Leo había trazado minutos antes.

—Aquí. Dijiste que esta pieza tenía que mover la otra, pero si esta gira como tú dijiste, entonces esta parte chocaría con ella.

Leo se inclinó sobre la mesa.

—No chocaría.

Clara lo miró.

—Sí chocaría.

—No.

—Sí.

Leo tomó el lápiz y señaló el dibujo.

—Mira. Si el movimiento empieza desde aquí, la pieza baja y después...

Se detuvo.

Volvió a mirar.

La pieza chocaba.

Clara no dijo nada.

Leo tampoco.

Durante unos segundos, el hombre que había diseñado cañones, revólveres y máquinas capaces de cambiar una guerra permaneció completamente inmóvil frente a un dibujo hecho a lápiz por una niña de ocho años.

—Bueno —murmuró finalmente—. Eso... no salió como esperaba.

Clara sonrió.

—Te dije.

—No te emociones.

—Pero tenía razón.

—Sí, tenías razón.

Clara levantó los brazos como si acabara de ganar una batalla.

—¡Le gané a papá!

Leo negó con la cabeza, aunque una sonrisa se le escapó.

—No me ganaste. Encontraste un error.

—Es casi lo mismo.

—No. Y quiero que recuerdes eso.

Clara bajó los brazos.

—¿Por qué?

Leo tomó otra hoja y la puso junto al dibujo.

—Porque si algún día construyes algo de verdad, quiero que aprendas a buscar tus propios errores antes de que alguien más tenga que encontrarlos por ti. Y cuando alguien los encuentre, no quiero que te enojes con esa persona.

Clara lo observó con atención.

—¿Tú te enojas cuando te encuentran errores?

Leo abrió la boca.

No respondió.

Clara inclinó la cabeza.

—Sí te enojas.

—Estoy trabajando en eso.

—Mamá dice que a veces te enojas demasiado.

Leo dejó escapar una risa seca.

—Tu madre tiene la mala costumbre de decir la verdad.

—Entonces sí te enojas.

—Sí, pequeña ingeniera. A veces sí.

Leo miró nuevamente el dibujo.

La pieza seguía ahí, exactamente donde él la había colocado.

Un error pequeño.

Nada más.

Pero por alguna razón, le molestaba más de lo que debería.

No porque Clara hubiera tenido razón.

Sino porque, durante una fracción de segundo, había sentido aquella vieja necesidad de demostrar que él sabía más.

La misma sensación que había aparecido tantas veces durante la guerra.

La necesidad de tener la respuesta.

La necesidad de controlar el resultado.

Leo respiró despacio y apartó el lápiz.

—Vamos a corregirlo juntos.

Clara volvió a acercarse a la mesa.

—¿No vas a hacerlo tú?

—No.

—¿Por qué?

Leo la miró.

—Porque si siempre lo arreglo yo, nunca vas a aprender a hacerlo tú.

Clara sonrió y volvió a tomar el lápiz.

—Entonces... ¿qué hacemos?

Leo se sentó a su lado.

—Primero descubrimos exactamente por qué falló.

Afuera, Aethelgard continuaba con su tranquila rutina.

Carretas.

Vendedores.

Niños corriendo por las calles.

Personas reconstruyendo una ciudad que apenas unas semanas atrás había estado cubierta de humo.

Y dentro del taller, sobre una mesa llena de papeles, un padre y su hija intentaban arreglar un dibujo.

Por primera vez en mucho tiempo, Leo descubrió que no necesitaba ser el hombre que tenía todas las respuestas.

Solo necesitaba tener la paciencia suficiente para encontrar algunas junto a alguien más.

Clara volvió a acercarse a la mesa y tomó el lápiz.

—Entonces... ¿qué hacemos?

Leo se sentó a su lado.

—Primero descubrimos exactamente por qué falló. Después pensamos en una solución y, cuando creamos tenerla, volvemos a comprobarla. No importa cuánto te guste una idea, pequeña ingeniera; si no funciona, tenemos que averiguar por qué.

—¿Y si después de arreglarla vuelve a fallar?

—Pues lo intentamos otra vez.

Clara lo miró con cierta desconfianza.

—¿Y si falla muchas veces?

Leo se acomodó en la silla y apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Entonces vamos a tener muchas oportunidades para aprender algo. Aunque te voy a confesar una cosa: cuando una máquina falla por quinta vez, uno empieza a considerar seriamente la posibilidad de arrojarla por la ventana.

Clara soltó una carcajada.

—¡Pero dijiste que había que descubrir por qué fallaba!

—Y lo vamos a descubrir. Después de arrojarla por la ventana.

—¡Papá!

—Es broma, es broma. Tu madre me arrojaría a mí detrás de la máquina.

La risa de Clara llenó el taller. Leo sonrió y volvió a mirar el papel, esta vez sin la urgencia de encontrar una solución inmediatamente.

El dibujo estaba lejos de ser perfecto. Había líneas torcidas, anotaciones en los márgenes y varias partes que ni siquiera ellos sabían cómo resolver. Pero eso no importaba demasiado. No estaban intentando construir algo aquella mañana; estaban aprendiendo a pensar en ello.

Al menos, eso era lo que Leo se repetía.

—Mira, ¿y si cambiamos esto de lugar? —propuso Clara, señalando la pieza que había causado el problema—. Así ya no chocaría con la otra.

Leo examinó la propuesta.

—Podría funcionar sobre el papel, pero mover una pieza también puede afectar a las demás. Tenemos que pensar en todo el conjunto, no solamente en el problema que tenemos enfrente.

—¿Como cuando arreglas una cosa de la casa y se descompone otra?

Leo giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Quién te dijo eso?

—Mamá. Dijo que una vez arreglaste una puerta y después ya no cerraba la ventana de tu habitación.

—Esa puerta tenía problemas estructurales.

—¿Y la ventana?

—La ventana tenía problemas personales.

Clara volvió a reírse.

Leo aprovechó para explicarle que las máquinas, como las personas, podían depender de muchas cosas a la vez. Una pieza podía parecer perfecta por separado y aun así causar problemas cuando trabajaba junto a las demás. Clara escuchaba con atención, aunque de vez en cuando interrumpía con preguntas que lo obligaban a buscar una explicación más sencilla.

Algunas respuestas le salían de inmediato. Otras necesitaban varios intentos.

Y eso terminó sorprendiéndolo.

Estaba acostumbrado a explicar conceptos complicados con dibujos, fórmulas y comparaciones. Sin embargo, enseñar a una niña que todavía estaba aprendiendo a multiplicar requería algo diferente: no bastaba con saber la respuesta. Tenía que encontrar la manera de ayudarla a llegar a ella.

—Creo que ya entendí —dijo Clara después de un rato—. No sirve de nada que una pieza haga muy bien su trabajo si termina estorbándole a las demás.

—Exactamente.

—Entonces, ¿por qué no hacemos una máquina que tenga una sola pieza y ya?

Leo levantó las cejas.

—Porque hay cosas que una sola pieza no puede hacer.

—¿Y si la hacemos más grande?

—Tampoco.

—¿Más fuerte?

—Clara...

—¿Más rápida?

—Pequeña ingeniera, estás intentando resolver todos los problemas del mundo con una sola pieza.

Ella bajó la mirada hacia el dibujo.

—Bueno, alguien tiene que intentarlo.

Leo no pudo evitar reírse.

—Eso es verdad.

La puerta del taller se abrió antes de que Clara pudiera proponer una máquina de una sola pieza capaz de cultivar papas, fabricar zapatos y preparar el desayuno.

Garrik entró cargando una caja de madera contra el pecho. La dejó sobre una mesa despejada y se sacudió las manos, que estaban cubiertas de polvo oscuro.

—Espero no interrumpir una de esas importantes reuniones de ingenieros —dijo—. Aunque, por lo que veo, el consejo está formado por un hombre que no se peinó y una niña que dibuja círculos más grandes que su cabeza.

Clara se llevó una mano al cabello de Leo.

—¡Papá sí se peinó!

Garrik la miró.

—Entonces tenemos un problema más grave de lo que pensaba.

—Qué gracioso, herrero. ¿Ya terminaste de molestar o también traes algo útil en esa caja?

—Traigo materiales que me pediste revisar. Y una noticia maravillosa: el mundo sigue sin acabarse, así que todavía tienes tiempo para aprender a peinarte.

Leo le lanzó un trapo. Garrik lo atrapó contra el pecho y sonrió con satisfacción.

—Gracias. Justamente necesitaba uno.

Clara se rio mientras Leo negaba con la cabeza. Aquellas pequeñas discusiones se habían convertido en parte de su rutina. Garrik podía encontrar una forma de burlarse de él incluso cuando se limitaba a pedirle una herramienta, y Leo sospechaba que el herrero consideraba aquello una de sus mayores contribuciones a la reconstrucción del reino.

Garrik se acercó al dibujo.

—¿Qué tenemos aquí?

—Un diseño que no funciona —respondió Clara antes de que Leo pudiera hablar—. Pero ya casi lo arreglamos.

—Ah, entonces es un diseño normal. Los que funcionan a la primera son los que deberían preocuparme.

Garrik estudió las líneas durante unos segundos, sin fingir que comprendía todos los principios que Leo intentaba enseñarle a su hija.

—¿Esto es para el rifle del que hablaste durante el desayuno?

—Es una idea preliminar. Todavía no hay nada construido.

—Bien. Porque si piensas empezar a fabricar algo nuevo, primero quiero revisar el metal que tenemos disponible. No voy a desperdiciar una semana de trabajo porque a ti se te ocurrió que podemos conseguir en dos días algo que a otros les tomó años perfeccionar.

Leo levantó la vista.

—No dije que fuera a hacerlo en dos días.

Garrik lo miró fijamente.

—No, claro que no. Tú solamente dices que será sencillo, que ya sabes cómo hacerlo y que lo complicado será conseguir suficientes manos para ayudarte. Luego explota algo y todos fingimos que era parte del proceso.

—Eso pasó una vez.

—¿Una vez?

—Una vez particularmente memorable.

—¡La explosión dejó una mancha en el techo!

Clara miró hacia arriba, buscando la marca.

—¿Cuál explosión?

—Ninguna que debas imitar —respondieron ambos al mismo tiempo.

La niña los observó con una sonrisa traviesa.

—Creo que voy a preguntarle a mamá.

—Traición —murmuró Leo.

—Supervivencia —corrigió Garrik.

El herrero abrió la caja y sacó varias muestras de metal, unas más oscuras que otras. Las colocó sobre la mesa, lejos de los dibujos, y explicó que no todas habían respondido de la misma manera durante los trabajos de reconstrucción. Algunas piezas antiguas se habían deformado con facilidad; otras habían resistido mucho más de lo esperado.

Leo las examinó con interés, pero esta vez no comenzó a proponer soluciones de inmediato.

—¿Sabes de dónde salieron estas?

—De distintos talleres y almacenes. Algunas estaban destinadas a herramientas agrícolas; otras se recuperaron de estructuras dañadas durante el asedio. No todas tienen la misma composición, y no pienso garantizarte nada hasta que las revisemos como corresponde.

—Entonces tendremos que hacer pruebas antes de elegir un material.

Garrik cruzó los brazos.

—Mira nada más. Estás aprendiendo a escuchar.

—No te acostumbres.

—Tranquilo. Todavía te falta mucho.

Clara tomó una de las muestras, pero Garrik la detuvo antes de que pudiera levantarla.

—Esa no, pequeña. Tiene bordes ásperos y no quiero que te cortes. Si vas a ayudar aquí, primero vas a aprender a reconocer qué puedes tocar y qué debes dejarle a los adultos.

Leo asintió, serio por primera vez en varios minutos.

—Garrik tiene razón. En este taller puedes preguntar todo lo que quieras, dibujar lo que se te ocurra y equivocarte cuantas veces necesites. Pero no vas a manipular materiales peligrosos ni herramientas sin que alguno de nosotros te enseñe a usarlos y esté presente.

Clara hizo una pequeña mueca.

—¿Ni siquiera si prometo tener cuidado?

—Especialmente si prometes tener cuidado —respondió Leo—. La gente suele cometer sus peores errores cuando cree que nada puede salir mal.

Garrik lo observó un instante, como si hubiera notado algo particular en aquella respuesta, pero no hizo ningún comentario.

En cambio, empujó hacia Leo una de las muestras que ya había revisado.

—Por ahora, ustedes pueden seguir con sus dibujos. Yo voy a comprobar qué materiales tenemos realmente. Cuando lleguemos a una idea que merezca probarse, hablamos de cómo hacerlo sin desperdiciar recursos ni poner a nadie en riesgo.

Leo asintió.

No era la respuesta que habría preferido unos meses atrás. Entonces probablemente habría comenzado a diseñar un prototipo con lo que tuviera a la mano y habría obligado a los demás a seguirle el ritmo. Ahora tenía una ciudad que reconstruir, herramientas agrícolas que fabricar y personas que no podían permitirse perder una semana de trabajo por un capricho suyo.

O, al menos, sabía que debía tener todo eso en cuenta.

—De acuerdo —dijo—. Primero revisamos los materiales y comprobamos el diseño. No vamos a construir nada hasta saber qué necesitamos.

Garrik sonrió con una satisfacción sospechosa.

—¿Escuchaste eso, Clara? Tu padre acaba de pronunciar una frase razonable. Voy a anotarla en el calendario.

—Te voy a sacar de mi taller.

—Este taller también es mío.

—Entonces voy a sacar el calendario.

Garrik se echó a reír y regresó a la puerta, satisfecho con haber conseguido otra discusión sin necesidad de levantar un martillo.

Cuando se fue, Clara volvió a sentarse frente al dibujo.

—Papá, ¿tú siempre quisiste construir cosas?

Leo se quedó pensando antes de responder.

—Desde que era niño me gustaba descubrir cómo funcionaban. A veces desarmaba cosas que no debía y después me metía en problemas porque no siempre sabía armarlas de nuevo.

—¿Y nunca te cansaste?

—De construir, no. De equivocarme... algunas veces sí.

Clara dejó el lápiz sobre la mesa.

—Pero dijiste que equivocarse servía para aprender.

Leo miró el papel. Las líneas torcidas seguían allí, recordándole que todavía quedaba mucho por resolver.

—Y es verdad. Lo que pasa es que saber algo no siempre hace que sea fácil aceptarlo.

—Eso no tiene mucho sentido.

—Ya lo entenderás cuando seas mayor.

—Eso dices cuando no sabes explicar algo.

Leo soltó una carcajada tan repentina que tuvo que cubrirse la boca con una mano.

—¿Quién te está enseñando a contestar así?

—Tú.

—Voy a tener que revisar mis métodos educativos.

Clara recuperó el lápiz y volvió a concentrarse en el dibujo.

—Entonces, ¿seguimos?

Leo acercó una silla.

—Seguimos.

Y así pasó otra hora. No fabricaron ningún rifle, no inventaron un mecanismo revolucionario ni encontraron una solución extraordinaria que pudiera cambiar el futuro del reino. Hicieron preguntas, borraron líneas y discutieron sobre una pieza que todavía no sabían cómo resolver.

Para cualquiera que entrara al taller, habría sido una mañana corriente.

Para Leo, sin embargo, había algo extraño en aquella tranquilidad. No necesitaba dirigir soldados, calcular distancias ni decidir quién debía vivir para que los demás sobrevivieran. Solo tenía que sentarse junto a Clara y ayudarla a comprender por qué un dibujo no funcionaba.

Y descubrió que podía hacerlo.

Al menos, mientras el problema fuera un dibujo.

Todavía no sabía si sería capaz de mantener la misma paciencia cuando los errores dejaran de estar sobre una hoja y comenzaran a afectar a las personas que dependían de él.

Capítulo 24 — Una mañana en Aethelgard

La luz que entraba por las ventanas del taller había cambiado de posición cuando Leo decidió que ya era hora de dejar de dibujar círculos.

Sobre la mesa había tres hojas llenas de anotaciones, dos dibujos descartados y una cuarta página que Clara había decorado con una pequeña figura humana sosteniendo lo que, según ella, era el rifle más bonito del mundo.

Leo la observó durante unos segundos.

—¿Por qué tiene cuatro cañones?

Clara levantó la cabeza, orgullosa de su creación.

—Porque así puede disparar cuatro veces antes de recargar.

—¿Y por qué tiene una rueda debajo?

—Para que no pese tanto.

Leo volvió a mirar el dibujo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Pues tú llevas toda la mañana intentando que el tuyo funcione.

El comentario lo dejó callado un instante.

Desde la otra mesa, Garrik soltó una carcajada.

—La niña tiene futuro. Si sobrevive a tus lecciones, algún día será una ingeniera extraordinaria.

—Preocúpate por tus metales, herrero.

—Mis metales no necesitan cuatro cañones ni ruedas para funcionar.

Leo tomó la hoja de Clara y la colocó a un lado, con mucho cuidado, como si estuviera archivando un documento de importancia militar.

—Esto se queda. Algún día vamos a recordar esta conversación y nos vamos a reír.

—Yo ya me estoy riendo —respondió Clara.

—Sí, ya me di cuenta.

Leo volvió a extender sus dibujos. Había llegado el momento de dejar de pensar en un rifle como una versión más larga de sus Peacemakers. Un arma de ese tipo tenía que responder a una necesidad diferente: permitirle a una persona apuntar con mayor estabilidad y alcanzar objetivos a distancias en las que un revólver dejaba de ser una opción confiable.

No necesitaba cuatro cañones. Tampoco necesitaba adornos ni mecanismos innecesariamente complicados.

Necesitaba un concepto que pudiera fabricar con los recursos disponibles, mantener sin depender de un taller extraordinariamente especializado y reparar si alguna pieza fallaba lejos de Aethelgard.

Escribió tres palabras en la parte superior de una hoja:

Alcance. Fiabilidad. Mantenimiento.

Clara se inclinó para leerlas.

—¿Por qué no escribiste potencia?

—Porque tener más potencia no resuelve todos los problemas. Si un arma es difícil de mantener, se rompe con facilidad o resulta demasiado complicada para quien la utiliza, entonces su potencia sirve de poco.

Garrik se acercó a la mesa, limpiándose las manos con un paño.

—Eso suena bastante sensato. Me preocupa que estés enfermo.

—¿Quieres que te dibuje una rueda para tu próxima espada?

—Retiro lo dicho. Sigues siendo el mismo imbécil de siempre.

Clara se rio mientras Leo apartaba otra hoja.

—Ahora en serio, papá. ¿Cómo sería tu rifle?

Leo apoyó un dedo sobre el dibujo principal.

—La idea general sería un rifle de cerrojo. En vez de tener varios cartuchos preparados dentro de un tambor, como mis revólveres, tendría una recámara que se abriría y cerraría mediante un mecanismo manual. Eso permitiría introducir un cartucho, cerrar el sistema y preparar el arma para un disparo. Después habría que operar el mecanismo otra vez para retirar la vaina y preparar el siguiente cartucho.

Clara abrió los ojos.

—¿Entonces tendrías que moverlo cada vez?

—Sí. Es una de sus limitaciones. Pero también tiene ventajas: podemos estudiar un mecanismo de alimentación distinto al de mis revólveres y diseñarlo pensando en la precisión, la resistencia y la facilidad de mantenimiento.

Garrik apoyó una mano sobre la mesa.

—Espera un momento. ¿Estás hablando de fabricar también los cartuchos?

Leo dejó de mover el lápiz.

Esa era la pregunta que llevaba un rato evitando.

Sus armas actuales utilizaban una tecnología que él conocía lo suficiente como para improvisar, reparar y modificar. Sin embargo, pasar a un sistema de cartucho metálico moderno no consistía únicamente en dibujar una nueva arma. También exigía materiales apropiados, procesos de fabricación consistentes y una munición que funcionara de manera fiable.

Podía imaginar el resultado final. Eso no significaba que pudiera fabricarlo con lo que tenían a su disposición.

—Si queremos un sistema de cartucho metálico, sí. Tendríamos que resolver también ese problema —respondió finalmente—. No voy a fingir que podemos hacerlo todo hoy.

Garrik asintió, satisfecho con la respuesta.

—Bien. Porque puedo trabajar el metal, pero no voy a prometerte piezas uniformes solo porque me mires con esa cara de genio incomprendido.

—No pongo esa cara.

—La tienes puesta ahora mismo.

Clara miró a su padre y después al herrero.

—Sí la tiene.

Leo levantó ambas manos.

—Perfecto. Dos contra uno en mi propio taller.

La conversación volvió a arrancarle una sonrisa, aunque el problema seguía allí, ocupando un lugar en su cabeza.

El rifle no sería una simple extensión de lo que ya sabía hacer. Para llevarlo del papel al mundo real tendría que aprender, probar materiales, corregir errores y aceptar que algunos procesos superarían los recursos actuales de Aethelgard.

Y eso significaba que el proyecto no avanzaría tan rápido como él quería.

Leo miró la lista de prioridades que había escrito antes.

Alcance. Fiabilidad. Mantenimiento.

Debajo añadió una cuarta palabra:

Viabilidad.

—No vamos a construir el rifle completo todavía —dijo—. Primero quiero establecer qué podemos fabricar de forma consistente y qué tendríamos que desarrollar desde cero. Si nos adelantamos, terminaremos gastando materiales en un proyecto que no podemos mantener.

Garrik lo observó con una expresión entre sorpresa y diversión.

—Definitivamente estás enfermo.

—Garrik...

—Está bien, está bien. Me callo.

El herrero regresó a sus muestras y comenzó a separar las que podrían servir para futuras pruebas de las que debían reservarse para herramientas agrícolas. No iba a permitir que Leo consumiera los materiales necesarios para reconstruir la ciudad en una idea que todavía existía principalmente en su cabeza.

Mientras tanto, Clara señaló una parte del dibujo.

—¿Y cómo sabes si el rifle va a ser preciso?

Leo se tomó un momento antes de responder.

—No lo sé todavía. Puedo hacer estimaciones y utilizar lo que conozco de la balística, pero un dibujo no demuestra que un arma vaya a comportarse como esperamos. Para eso hacen falta pruebas controladas, mediciones y correcciones. Y antes de llegar a esa etapa, tenemos que asegurarnos de que el diseño sea seguro y de que los materiales sean adecuados.

—Entonces, ¿puede salir mal aunque hagas todos esos cálculos?

—Por supuesto.

Clara frunció la nariz.

—No me gusta esa parte.

—A mí tampoco —admitió Leo—. Pero prefiero descubrir que una idea no funciona cuando todavía está en el papel, en lugar de descubrirlo cuando alguien depende de ella.

La niña pareció reflexionar sobre aquello.

—¿Como lo que pasó con el dibujo de esta mañana?

—Exactamente. Solo que las consecuencias pueden ser mucho mayores.

Clara volvió a mirar las hojas.

—Entonces todavía no tienes un rifle.

Leo contempló el diseño principal. La forma general estaba definida: un arma larga, pensada para apuntar con estabilidad, con un sistema de cerrojo como objetivo de diseño y una configuración que priorizara la fiabilidad. Sin embargo, las partes más difíciles seguían sin resolverse.

No tenía un prototipo funcional.

No tenía una solución definitiva para la munición.

Y tampoco tenía pruebas que demostraran que el concepto podría fabricarse con los recursos disponibles.

Pero, por primera vez aquella mañana, tenía algo más concreto que una idea emocionante.

Tenía un plan de trabajo.

—Todavía no —respondió—. Pero ya sabemos qué queremos conseguir, qué problemas tenemos que resolver y cuáles son las cosas que no podemos dar por hechas.

Clara sonrió.

—Eso suena a que avanzamos.

—Avanzamos bastante.

—¿Puedo dibujarle una rueda?

Leo cerró los ojos durante un segundo.

Garrik empezó a reírse antes de que pudiera responder.

—Una rueda no —dijo Leo—. Pero puedes dibujarle una funda, una correa o cualquier cosa que no intente convertirlo en una carreta.

Clara tomó el lápiz con renovado entusiasmo.

—¡Le voy a hacer una correa!

—Eso sí tiene sentido.

—Y una rueda pequeña.

—Clara.

—Por si acaso.

Garrik tuvo que apoyarse en la mesa para no doblarse de la risa.

Leo intentó mantener una expresión severa, pero terminó sonriendo también.

Por el momento, el rifle seguía siendo un conjunto de dibujos, preguntas y problemas sin resolver. No iba a cambiar el equilibrio militar del continente al día siguiente, ni mucho menos. Primero tendría que convertirse en un objeto real; después, demostrar que merecía existir.

Y Leo, que durante la guerra había aprendido a convertir la urgencia en una forma de vida, tendría que acostumbrarse a una idea que le resultaba bastante menos emocionante que cualquier arma nueva:

Esta vez, avanzar significaba tener paciencia.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
total 1 replies
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