Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 2
Valentina
Mi madre llegó al hospital apenas la llamé.
Cuando la vi entrar por la puerta de la habitación, con el rostro pálido y los ojos llenos de preocupación, sentí que por fin podía respirar.
—Mamá...
Se acercó rápidamente y me abrazó con cuidado.
—¡Valentina! Dios mío, ¿estás bien?
—Sí. Estoy bien.
Intenté sonreír para tranquilizarla, aunque todavía sentía un dolor incómodo en el hombro.
La policía ya había tomado mi declaración. Después de revisar las cámaras y hablar con los testigos, descubrieron algo que, por alguna razón, me hizo sentir todavía más inquieta.
El arma utilizada contra mí había sido de fogueo.
No había una bala real.
Pero el golpe me había lastimado y, según el médico, había sido cuestión de suerte que las consecuencias no fueran peores.
—No tienes una lesión grave —me explicó el médico—. Tendrás algunos días de dolor, pero te recuperarás completamente. Y tranquila, no te quedará cicatriz.
Asentí.
Una cicatriz era lo último que me preocupaba.
Yo seguía pensando en aquel hombre.
En sus pasos.
En la forma en que me había seguido.
En el miedo que sentí cuando pensé que podía alcanzarme.
Mi madre canceló toda mi agenda para ese día.
No discutí.
Cuando llegamos al apartamento, tomé los medicamentos que me habían recetado y me quedé dormida casi inmediatamente.
Dormí durante horas.
Cuando desperté ya era de noche.
Tenía varias llamadas perdidas.
Una de ellas era de mi padre.
Suspiré antes de devolverle la llamada.
Mi padre siempre había sido muy cariñoso conmigo.
Yo era su única hija.
Su pequeña.
Su princesa.
Durante toda mi vida había sido incapaz de decirme que no.
O, al menos, eso creía.
La llamada fue respondida casi inmediatamente y su rostro apareció en la pantalla.
—Mi cielo, ¿cómo estás?
—Bien, papi. Los medicamentos me dan mucho sueño.
Su expresión se suavizó.
—Lo imaginé. Por eso no insistí en llamarte.
—Mamá ya te contó lo que pasó, ¿verdad?
—Sí. Hablé con ella.
Me acomodé entre las almohadas.
—Probablemente fue un intento de robo.
Mi padre permaneció en silencio unos segundos.
Demasiados.
—Regresas al país mañana.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Regresas mañana.
Solté una pequeña risa, pensando que estaba bromeando.
—No, de ninguna manera.
—Valentina...
—Papá, no puedo irme. Tengo sesiones, contratos, reuniones. Mi carrera está aquí.
Su mirada cambió.
—Puedes continuar tu carrera desde aquí.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo.
—No, no lo es.
Me incorporé en la cama.
—París es mi vida.
Mi padre respiró profundamente.
—Y tu vida vale más que cualquier carrera.
—Estoy bien.
—Te dispararon.
—¡Con un arma de fogueo!
Su mandíbula se tensó.
—No quiero discutir contigo.
—Pues parece que ya decidiste por mí.
—Sí.
Lo miré incrédula.
—¿Y mamá está de acuerdo contigo?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Tu madre sabe que tengo razón.
—Eso es imposible.
—No, princesa. No lo es.
Su voz seguía siendo tranquila, pero había algo diferente en ella.
Algo que nunca había escuchado antes.
—Regresas mañana —repitió—. Y no quiero más excusas.
—Papá...
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla.
Jamás había visto a mi padre comportarse así conmigo.
Siempre había sido el hombre que consentía todos mis caprichos. El que me decía que persiguiera mis sueños. El que presumía de mí frente a todo el mundo.
Pero aquella noche no me había pedido nada.
Me había dado una orden.
Decidí no empacar.
Pensé que se le pasaría.
Quizás estaba asustado.
Quizás simplemente estaba siendo demasiado sobreprotector.
Pero a las ocho de la mañana mi madre apareció en mi apartamento.
—Levántate, cielo.
Abrí un ojo.
—No me quiero ir.
—Lo sé.
—No quiero volver.
Mi madre se sentó en el borde de la cama.
—Solo será por un tiempo.
—Eso dijo papá.
—Valentina...
—Mamá, yo amo París.
—Y podrás volver.
—¿Cuándo?
Ella guardó silencio.
Ese silencio me dio una respuesta que no quería escuchar.
Discutimos durante casi una hora.
Yo no quería marcharme.
No quería abandonar mi apartamento, mi trabajo, mis amigos ni la vida que había construido desde que tenía catorce años.
Pero mi padre ya había tomado una decisión.
Y, aparentemente, no había espacio para mi opinión.
Mientras mi madre terminaba de empacar algunas cosas, varios hombres llegaron al apartamento.
—¿Qué hacen ellos aquí?
Mi madre bajó la mirada.
—Tu padre los envió.
—¿Para qué?
No obtuve respuesta.
Uno de ellos tomó mi equipaje.
—¡No!
Intenté detenerlo.
—Yo no me voy.
—Señorita Montenegro...
—¡He dicho que no!
Mi madre me tomó del brazo.
—Valentina, por favor.
—¡No quiero irme!
Me sentía furiosa.
Humillada.
Pero no tuve opción.
Me sacaron del apartamento mientras yo protestaba durante todo el camino.
Horas después, el avión aterrizó en el país.
Ya era de noche.
Seguía molesta.
No quería hablar con nadie.
Mucho menos con mi padre.
Pero, apenas llegamos, me llevaron directamente a su residencia.
Él estaba esperándome.
Cuando me vio, caminó rápidamente hacia mí y me abrazó.
—Mi niña...
Me quedé rígida durante unos segundos antes de devolverle el abrazo.
—Papá, esto fue exagerado.
Se apartó y sostuvo mi rostro entre sus manos.
—No lo fue.
—Me sacaron de mi casa.
—Porque estabas en peligro.
—Podrías haberme explicado las cosas.
Su expresión se ensombreció.
—Todo tiene un motivo.
Me quedé callada.
Mi padre acarició mi mejilla.
—Han estado llegando amenazas desde hace días.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Amenazas?
Asintió.
—No hemos podido descubrir quién las envía.
—¿Y por qué nunca me dijiste nada?
—Porque no quería asustarte.
Me abrazó otra vez.
—Pero en la última amenaza dijeron que lastimarían a la persona que más amo.
Hizo una pausa.
—Y esa persona eres tú, mi pequeño ángel.
Mi enojo comenzó a desaparecer.
Era exactamente lo que mi padre quería.
—Papá...
—Perdóname por haberte traído así, princesa. Pero tenía que hacerlo.
Lo miré.
Parecía afectado.
Incluso sus ojos tenían un brillo extraño.
Por primera vez entendí que quizás realmente estaba asustado de perderme.
—Te amo, hija.
—Yo también te amo.
Me besó la frente.
—Por eso he tomado algunas medidas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué medidas?
—Tendrás un escolta.
—¿Un escolta?
—El mejor que tengo.
—Papá, no necesito...
—No voy a discutir esto contigo.
Su tono volvió a cambiar.
Sonrió inmediatamente después, como si quisiera suavizar sus palabras.
—Además, no es propiamente un escolta de profesión. Pero hace un excelente trabajo.
Se volvió hacia la puerta.
—Pueden hacerlo pasar.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
La puerta se abrió.
Y entonces lo vi.
El hombre de París.
El mismo rostro.
La misma barba.
La misma mirada.
El hombre que había desaparecido de mi apartamento aquella mañana.
El hombre que había dejado una nota en mi nevera.
Gael.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Él caminó hasta nosotros con una tranquilidad que me enfureció todavía más.
Mi padre sonrió.
—Princesa, te presento a Gael Santoro.
Gael me miró.
No hubo sorpresa.
No hubo nervios.
Ni siquiera una señal de reconocimiento.
Solo una expresión fría y distante.
—Buenas noches.
Sentí que la sangre me hervía.
¿Cómo podía fingir que no me conocía?
Apreté los puños.
Mi padre nos observaba a ambos.
Y, aunque yo todavía no podía saberlo, aquella presentación no había sido una casualidad.
Mi padre acababa de poner frente a mí al hombre que más quería olvidar.
Y yo estaba a punto de descubrir que el hombre que creía conocer no era el hombre que tenía delante.
Augusto Montenegro, 53 años.