A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 18. La que sobra en esta casa
Volé esa misma noche y llegué a Córdoba con el sol ya alto, cansada de esa manera en que cansa el miedo y no el sueño. La finca cafetalera Ávalos apareció al final del camino de tierra como siempre había estado: los cafetos en hileras verdes trepando el cerro, la casa grande de teja y muros gruesos, el olor a café tostado y a humedad de montaña que era el único olor que mi cuerpo reconocía como "casa" aunque mi cabeza supiera bien que ahí nunca lo había sido.
Fabiola me abrió con los ojos hinchados.
—Ya la dieron de alta anoche —me dijo abrazándome—. Fue un susto grande, se le disparó la presión y le falló el corazón, ya sabes cómo está desde la operación. Pero la estabilizaron. Está en su cuarto, descansando. Regina… no está bien de la cabeza todavía. A ratos se va.
Se iba, sí. Cuando entré al cuarto, mi madre estaba recostada contra las almohadas, más chica de lo que la recordaba, con esa fragilidad tramposa de los enfermos que a una la desarma justo antes de que abran la boca. Me miró largo. Y algo se le encendió y se le apagó en los ojos.
—Araceli —susurró, y estiró una mano hacia mí, temblorosa, dulce como nunca fue dulce conmigo—. Araceli, hija, viniste. Sabía que ibas a venir. Ven, siéntate aquí con tu mamá.
Se me cerró la garganta. Araceli llevaba seis años muerta. Y mi madre, que a mí no me tendía la mano ni para levantarme del suelo, se la tendía a la hija que ya no podía tomársela, confundiéndome con ella, dándome por un minuto un cariño que no era para mí y que de todos modos me dolió recibir prestado.
—Soy Regina, mamá —dije bajito—. La que sigue.
El reconocimiento le entró a la cara como entra el agua fría. La mano se le cerró y se retiró. La dulzura se le borró de un tirón.
—Ah. Eres tú. —Se acomodó contra la almohada, ya lúcida, ya filosa—. ¿Y esta a qué vino? ¿A restregarnos tu divorcio? Porque de aquí no salió nadie a pedirte que dejaras botado a tu marido. Vergüenza, eso es lo que trajiste. A esta familia lo que le traes es vergüenza.
No contesté. Hace años aprendí que con mi madre discutir es echarle leña. Me di la vuelta y me fui a la cocina, que es donde yo, desde niña, aprendí a poner las manos cuando las palabras no servían.
Puse a tostar café del bueno, el de la finca, y a molerlo, y a colarlo despacio en la olla de barro como me enseñó la única abuela que sí me quiso. La casa entera se llenó del aroma. Y ahí, atraído por el olor como se atraen ciertos animales, apareció él.
—Pero qué manos, Dios mío —dijo Heriberto Fierro desde la puerta, con esa voz aceitosa que se me pegaba a la piel—. Ningún café de por aquí sabe como el que hace Regina. Nadie tuesta como tú, mujer. Da gusto ver que sigues tan… tan entera.
Me barrió de arriba abajo con una mirada que me dio ganas de bañarme. Heriberto, el viudo de mi hermana. Vuelto a casar hacía años, con hijos nuevos, y sin embargo ahí estaba, arrimándose a servirse café de mi mano como si el mundo le debiera una segunda oportunidad y yo fuera el premio.
—Buenas, Heriberto —dije, seca, y le puse la taza en la mesa, no en la mano.
Mi madre, que había hecho que la trajeran a la sala en su silla, lo miraba a él con una ternura que a mí jamás me tocó.
—Ese hombre sí sabe apreciar —soltó—. Mira, Regina, ya que Dios quiso dejarte sin marido y sin hijos, óyeme bien lo que te voy a decir, que es por tu bien. Heriberto quedó solo con los dos niños de tu hermana. Dos varones, óyelo, dos nietos que son la bendición de esta casa. Tú no tienes a nadie ni sirves para tenerlo. ¿Qué te cuesta arrimarte a él, cuidar de esos muchachos, hacerte cargo? Sería tu manera de servir de algo por fin. De no morirte tan sola y tan seca como vas.
Me quedé quieta con el trapo en la mano. No era la primera barbaridad que le oía a mi madre. Pero casarme con el viudo de mi hermana muerta, entregarme como remplazo de recambio para criarle hijos a un hombre que me miraba las piernas mientras se tomaba mi café, eso era nuevo hasta para ella.
—No, mamá —dije, nada más. Tranquila. Definitiva.
—"No, mamá" —me remedó—. Siempre tan digna, tan por encima de todos. Ya ves de qué te sirvió la dignidad. Sola, divorciada y con la finca de tu abuela metida en tus papeles de reparto como si fuera tuya. ¡Tuya! —La voz se le agudizó—. Esa tierra era para los nietos varones, para los de Araceli, no para una que ni un hijo pudo parir. ¿Cómo acabó en tu nombre, a ver? ¿Cómo?
—Acabó en mi nombre porque yo la pagué —contesté, y por primera vez levanté la voz apenas lo justo—. Cuando ustedes la iban a perder por deudas, hace ocho años, ¿quién mandó el dinero? Yo. Sin decir nada. Para que no se perdiera lo de la abuela. Está en mis papeles porque es mía, mamá, legalmente mía, desde antes de este divorcio. Y aun así te la iba a heredar completa. Aun así.
Se hizo un silencio espeso. Heriberto carraspeó, incómodo, y jugó su otra carta, la del duelo.
—No es momento de hablar de tierras —dijo, poniendo cara de santo—. Bastante hemos sufrido en esta familia. Mi Araceli, que en paz descanse, me dejó tan solo… Uno hace lo que puede, Regina. Uno se aferra a lo que le queda.
Lo miré. Y me acordé, con una claridad de cuchillo, del año en que mi hermana se moría en la cama de arriba mientras este hombre andaba de parranda en Veracruz con quién sabe quién, gastándose en cerveza y en mujeres lo que hacía falta para sus medicinas. Me acordé de la cara de Araceli preguntándome, en un susurro, si sabía yo dónde andaba su marido. Me tragué el recuerdo. Todavía no era el momento. Pero lo guardé, afilado, para cuando lo fuera.
Nos sentamos a cenar todos: mi madre en la cabecera, Fabiola y Genaro, la pequeña Sofía columpiando los pies en la silla, Heriberto de arrimado. Mi madre comió tres cucharadas y se dedicó a lo que de verdad la alimentaba, que era señalar.
—Ni para eso serviste —me soltó a media mesa, viéndome servir—. Seca por dentro y por fuera. La que no sirve ni para parir. Trece años con un hombre y lo dejaste ir sin dejarle ni un heredero. ¿Sabes cómo se llama eso? Fracaso, Regina. Con todas sus letras.
Apreté los dientes y no dije nada, porque a mí ya me resbalaba, porque a mis años el veneno de mi madre me llegaba amortiguado por la costumbre. Iba a resbalarme. Iba a dejarlo pasar como dejé pasar cuarenta años.
Hasta que mi madre giró la cara, muy despacio, hacia la niña.
—Y esta —dijo, mirando a Sofía con un desprecio que le heló la cuchara a la niña a media altura—. Otra que salió mujercita. Otra inútil que no trae varón, otra boca que no le va a dar nada a nadie. En esta casa las viejas nomás vienen a quitar.
Solté el plato sobre la mesa.