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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:401
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 17

Capítulo 17 — Hero call

El casino estaba a nombre de Dante, como media ciudad. Lo supe porque, en cuanto enseñé la leona en la puerta, el hombre del traje que cuidaba la entrada cambió de cara como si hubiera visto pasar a un santo. Me hizo una reverencia pequeña, de esas que no se le hacen a una muchacha con fiebre y un vestido prestado, y me abrió el terciopelo rojo él mismo.

—La casa es suya, señora —dijo—. Lo que necesite.

Señora. A mí. Casi me río, pero me dolía demasiado el cuerpo para reírme.

Adentro todo era dorado y frío, con ese aire perfumado que esconde el olor del dinero y del miedo. Yo no había pisado un casino en mi vida. En mi pueblo se apostaba a los gallos y al dominó, y el que perdía la quincena tenía a la mujer esperándolo en la puerta con la escoba. Aquí se perdían casas enteras sin que nadie levantara la voz. Me senté en la primera mesa de cartas que vi, más por no caerme que por otra cosa, y puse la leona sobre el paño verde como quien pone las armas sobre la mesa.

El crupier la miró. Miró al gerente, que ya venía cruzando el salón a paso rápido. El gerente miró la leona, me miró a mí, y se puso pálido.

—Señora —murmuró, inclinándose—. Es un honor. ¿Con cuánto le abrimos la mesa?

Entendí entonces algo que me sirvió toda la noche: nadie en ese salón se atrevía a dejar perder a la mujer del patrón. Perder yo era hacer quedar mal a Dante, y hacer quedar mal a Dante en su propia casa era jugarse el cuello. De golpe, la más pobre del lugar era la más intocable.

Y déjenme decir la verdad, porque después me dio vergüenza: me gustó. Me gustó como no me había gustado nada en semanas. Toda mi vida había sido la que no se atreve, la que suma los pesos antes de pedir, la que en la fila del banco reza para que el cajero no le rebote el trámite. Toda mi vida había estado abajo, mirando para arriba. Y esa noche, aunque fuera por accidente y con fiebre y con dinero robado a mi carcelero, estuve arriba. Sentí en la nuca el respeto forzado de gente que en la calle no me habría abierto ni la puerta. Es un veneno dulce ese, el de estar arriba. Entendí, en una mesa de cartas de Panamá, por qué la gente mata por quedarse ahí.

Así que jugué.

Y jugué mal, con toda la insolencia de la fiebre. Iba de farol donde cualquiera se habría echado atrás; pagaba apuestas imposibles solo por ver las cartas; me quedaba a esperar el milagro cuando la razón decía huye. Y el milagro venía, una y otra vez, porque el crupier tenía las manos temblorosas y la suerte, esa noche, se puso de mi lado como se pone del lado de los que ya no tienen nada que perder. Gané una mano. Gané otra. Las fichas empezaron a apilarse frente a mí en torres de colores, y alrededor de la mesa se fue juntando gente, susurrando, esa gente rica que huele el dinero ajeno como los perros el miedo.

—¿Quién es? —oí que preguntaban.

—La mujer del dueño —contestó alguien, bajito, con respeto y con envidia.

Un señor de anillo grueso quiso sentarse a mi mesa a "acompañar a la dama" y el gerente, sin que yo dijera nada, le pidió con toda cortesía que se retirara: nadie se acercaba a la señora sin permiso. Una mujer de vestido caro me mandó una copa de champaña con una sonrisa que era mitad envidia; la acepté y no la bebí, porque hasta con fiebre uno no toma de manos que no conoce. Las torres de fichas frente a mí ya no cabían en el paño. El crupier me miraba pidiéndome con los ojos, casi rezando, que me detuviera antes de arruinar a la casa que era de su patrón.

Y yo, con cuarenta grados de fiebre y el estómago vacío, ganando una fortuna que no era mía en una ciudad que no era mía, sentí por un segundo —solo un segundo, pero lo sentí— lo que era estar arriba. Lo que era que el mundo entero se quedara callado esperando a ver qué carta pedía yo. La muchacha del malecón, la de los zapatos que no eran de su número, moviendo con un dedo un salón lleno de millonarios.

No sabía que, en ese mismo momento, a mil quinientos kilómetros, un hombre estaba dejando caer todo lo que tenía en las manos.

Me lo contó Saúl después, con esa voz suya de reporte militar, y lo contó porque le había impresionado, y a Saúl no lo impresionaba nada. Que a Dante le habían avisado, en mitad de la reunión, que la señora se había desmayado en la suite, que estaba enferma, sola. Que había una decisión sobre la mesa que llevaba semanas cocinándose, de esas que deciden el destino de fronteras y de hombres, y que Dante se levantó a media frase, sin cerrar el trato, sin explicar nada, y dijo dos palabras: "El avión."

Que en el aire preguntó tres veces por mí y que a la tercera nadie supo qué contestarle, porque nadie tenía noticias nuevas, y que se quedó mirando por la ventanilla el mar negro con una quietud que asustaba. Que al aterrizar subió al ático de dos en dos los escalones que un hombre como él nunca sube, y que al abrir la puerta de la suite se encontró la cama deshecha, el suero tirado, y nadie. Que ahí la cara se le puso de piedra, porque pensó lo único que podía pensar un hombre que lo había perdido casi todo antes de tener nada: que le había ganado la partida, que había corrido, que la puerta que él dejó abierta a propósito había sido puerta de verdad y yo la había cruzado. Saúl dijo que en ese segundo el patrón no parecía enojado. Parecía un hombre al que le acaban de arrancar algo, y que todavía no sabe gritar.

Y que entonces, con una calma que Saúl dijo que daba más miedo que cualquier grito, sacó el teléfono y rastreó la leona.

Yo estaba pidiendo carta —otra locura, otra que iba a salir bien— cuando el salón se calló de golpe.

No fue un grito. Fue lo contrario. Fue que el murmullo se apagó como se apaga una vela, que la gente se abrió sin que nadie la empujara, que el gerente se quedó tieso a media reverencia. Sentí el frío en la nuca antes de girarme. Y ahí estaba, parado al borde del salón dorado, todavía con el saco arrugado del vuelo, mirándome como se mira a alguien a quien uno ya dio por perdido.

Dante.

No dijo nada. Cruzó el salón entre la gente que le abría paso como el mar, y yo, tonta de mí, con las fichas apiladas y la barbilla en alto, alcancé a pensar que iba a estar orgulloso, o furioso, o cualquier cosa con nombre. No estaba nada con nombre. Estaba blanco. Se me plantó al lado, bajó los ojos, y vio lo que yo, en la fiebre y la euforia, ya no sentía: que estaba temblando, que el vestido finito me dejaba las piernas al aire en aquel salón helado, que tenía los labios sin color.

Se quitó el saco. Sin una palabra, se agachó y me tapó las piernas con él, acomodándomelo alrededor con las dos manos, despacio, como si yo fuera a romperme. El saco todavía tenía su calor y olía a él y a avión.

Alrededor nadie respiraba. El Rey sin corona, de rodillas frente a su mesa de cartas, arropándole las piernas a una mujer con fiebre.

—Recojan lo de la señora —dijo, sin levantar la vista, y su voz cortó el aire—. Todo.

Me alzó en brazos antes de que yo pudiera protestar, con saco y con fichas y con leona. Sentí su pecho subir y bajar demasiado rápido para un hombre tan quieto. Me llevó hacia la salida entre el silencio de todos, y solo cuando ya nadie podía oírnos, con la boca casi pegada a mi pelo, me habló, muy bajo, y no supe si aquello era rabia o algo peor:

—¿Dónde te duele? —dijo—. ¿O solo querías que volviera corriendo por ti?

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