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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:289
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 2

Capítulo 2: Medio segundo

Subimos en fila por una escalera de madera que crujía, con el de la barriga adelante y otro atrás, y a cada escalón el vestido mojado se me pegaba a las piernas.

La casa era de las que están montadas sobre pilotes. Arriba había una terraza abierta, con techo de lámina y un ventilador de aspas que giraba sin ganas. Olía a cera de muebles y a pólvora vieja. Nos formaron en la orilla, las cuatro, de cara a la luz.

En el centro de la terraza había un sillón de madera oscura, y en el sillón, un hombre.

Tenía las botas cruzadas sobre otro sillón, como si el segundo sillón existiera para eso. Botas negras, militares, con barro seco en la costura. Camiseta negra. Era grande de una manera que no cabía bien en el mueble, y aun así estaba quieto, quieto de esa forma en que se quedan los animales que no necesitan moverse para que sepas que te están viendo. En la mano derecha tenía un encendedor de latón, viejo, y lo abría y lo cerraba con el pulgar. Clac. Clac.

A su lado, de pie, un hombre de traje gris con las manos cruzadas al frente no miraba a nadie.

Y frente a ellos, con una cadena de oro sobre una camisa abierta hasta donde le alcanzaba la panza, estaba el que tenía que ser don Basilio. El Basa. Sonreía con toda la cara menos con los ojos.

—Todas universitarias, señor Salvatierra. Recién llegadas de México, limpiecitas, ya las vio usted, bañaditas. —Nos señaló con la mano abierta, como quien muestra una vitrina—. Lléveselas todas. Es un detalle de su servidor Basáñez.

Clac.

El hombre del sillón cerró el encendedor y se quedó con él en el puño.

—No me interesan las mujeres.

Lo dijo sin subir la voz, sin mirarnos, y el Basa se rio como si fuera un chiste que ya conocía.

Yo dejé de estar ahí.

No sé explicarlo de otra manera. El cuerpo se me quedó en la fila, con las plantas de los pies ardiendo sobre la duela, y algo en mí se fue a la pared del fondo, detrás del sillón, donde colgaba un pergamino en un marco sin vidrio.

Era un mapa. Tinta ferrogálica oxidada a ese café que solo da el tiempo, letra cancilleresca en español antiguo, rosa de los vientos en la esquina inferior izquierda. Y una línea roja, punteada, que cruzaba todo el Pacífico de oeste a este. Manila. Acapulco. La ruta del Galeón. El año estaba en la cartela, medio comido por la humedad: 1786. Cartógrafo de la Armada. Lo había visto en una lámina del profesor Aguirre, en un salón con luz de neón, hacía un millón de años.

Se me llenaron los ojos de agua. No por miedo. Por la línea roja, por el pergamino que se estaba pandeando en las esquinas porque nadie en esa casa sabía lo que tenía colgado, por lo absurdo de que aquello estuviera ahí, en esa terraza, mirándome.

Medio segundo. Después supe que había sido eso.

Cuando volví a mi cuerpo, el hombre del sillón me estaba mirando a mí. No a la fila. A mí. Con los ojos negros y fijos y sin nada adentro que yo pudiera leer. Luego los quitó, como quien aparta la vista de una mosca, y el encendedor volvió a abrirse. Clac.

El Basa lo vio. Lo vio todo, porque para eso sirven los ojos que no sonríen.

—Esa —dijo, apuntándome con la barbilla—. La que mira el mapa. Esa se la guardo, señor. La educo y se la mando.

El hombre se puso de pie. Al levantarse, el sillón pareció encogerse.

—Como quieras.

Pasó delante de nosotras sin volver a mirarnos, con el de traje gris un paso atrás, y bajó la escalera. Las botas sonaron en la madera hasta que dejaron de sonar. Abajo arrancaron motores, varios, y el Basa se quedó en la terraza sacudiendo la cabeza y diciéndole a alguien que le trajera un tequila.

Uno de los guardias que me tenían del brazo murmuró, más para sí que para nadie:

—El Lobo nunca se lleva a ninguna. Nunca.

* * *

En la Suburban, el hombre del traje gris esperó a que cerraran el portón del rancho para hablar.

—Basáñez ofrece el veinte por ciento por la custodia de la mina, patrón. Quiere que Lobo Negro le mueva la turmalina verde de aquí al puerto.

Lucio Salvatierra no contestó. Miraba la selva por la ventanilla blindada, abriendo y cerrando el encendedor.

Le decían el Lobo. Lobo Negro guardaba y movía lo que valía: piedras, oro, cuadros, cajas que nadie abría. No tocaba droga. No tocaba gente. En Tierra Bruma hasta los niños sabían dónde estaba esa raya, y sabían también que quien la pisaba terminaba en el cerro. Al rancho de Basáñez no había ido nunca; había ido esa tarde porque alguien a quien le debía un favor le pidió que escuchara la oferta de la mina, y porque los favores en Tierra Bruma se pagan en persona.

El mapa de la pared lo había sacado él mismo, años atrás, de la casa de un jefe que ya no tenía casa. Se lo había regalado a Basáñez sin mirarlo dos veces, como se regala una silla.

—¿Y la muchacha? —preguntó el de gris, sin cambiar de tono.

Clac.

—Maneja.

* * *

A mí me sacaron de la fila antes que a las otras.

No fui a la casa negra. Me llevaron por un pasillo largo, al fondo, a un cuarto con una cama de verdad, un baño con olor a orines y una ventana alta, angosta, con barrotes. Me cerraron con llave. Me quedé de pie en medio del cuarto, con el vestido blanco todavía húmedo, y no me atreví a sentarme en la cama porque no sabía qué significaba esa cama.

De noche empezaron los ruidos en el patio.

Arrastré el tablón de la cama hasta la pared y me subí para alcanzar la ventana. Abajo, bajo un foco amarillo, había una muchacha de rodillas en la tierra, con las manos juntas, hablándole a un hombre que no la escuchaba. Alrededor, hombres. Muchos. Y a un lado, dos perros negros con las orejas paradas, sostenidos por una sola correa.

Vi cuando la correa se aflojó.

Aparté la cara. Pegué la frente a los barrotes y cerré los ojos con tanta fuerza que vi chispas. Escuché el grito de los hombres, que fue un grito de estadio, de gol. Y después escuché el silencio que vino cuando el grito se acabó.

Me bajé del tablón y vomité en el rincón. No salió nada más que bilis, amarga, tibia. No tenía otra cosa adentro.

Lo único que importa es estar viva.

Me acosté en el piso, no en la cama, con la espalda contra la pared y la cara hacia la puerta, y no dormí. Conté los pasos que pasaban por el pasillo. Conté las veces que ladraban los perros. Conté hasta que la luz de la ventana dejó de ser amarilla y empezó a ser gris.

Al amanecer abrieron la puerta. Era una mujer de unos treinta y tantos años, con una falda de tubo de tela estampada y el pelo recogido, que traía un plato con arroz blanco, tres hojas de algo verde, y una botella de agua de plástico.

—Es la ración de hoy —dijo, y la puso en el piso porque yo estaba en el piso.

Me abalancé sobre el agua antes de pensar en el arroz. Ella esperó a que respirara.

—Dos de tus compañeras durmieron anoche en el cuarto de don Basilio —dijo, sin mirarme, mirando la puerta—. A las otras hoy las pasan por el protocolo.

No pregunté qué era el protocolo. Ella tampoco me lo dijo. Se agachó a recoger el tablón que yo había dejado tirado y lo volvió a poner en su lugar, sobre las patas de la cama, con la naturalidad de quien ya ha hecho eso muchas veces en ese cuarto.

—Si el señor Salvatierra no te hubiera mirado ese medio segundo —dijo, ya en la puerta—, ahorita estarías en el trenecito.

Se me cerró la garganta alrededor del agua.

—¿Va a volver? —Me salió sin permiso, y me odié por la esperanza que se oyó en esa pregunta.

La mujer se encogió de hombros. Sacó la llave del bolsillo de la falda. Antes de cerrar, bajó la voz hasta que fue casi solo aire:

—Si en cinco días no vuelve, el Basa te manda con las otras.

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