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AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

Status: En proceso
Genre:Edad media / Traiciones y engaños
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.

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LA PELEA JUNTO AL ARCO

Esa tarde, junto al gran arco de la entrada real, el aire se sentía tenso. Los jenízaros, que custodiaban el paso, observaban en silencio, atentos a todo lo que ocurría a su alrededor. Mustafa había buscado el enfrentamiento desde que llegamos. Su madre le había llenado la cabeza de mentiras, y él, cegado por el orgullo herido, no había dejado de lanzarme miradas llenas de desprecio. Yo no quería pelear. Pero tampoco permitiría que me pisoteara como si yo fuera menos que él. Cuando empujó mi hombro por tercera vez, supe que no me dejaría opción.

—Deja de actuar como si fueras superior —me espetó, con la voz ronca de rabia—. No eres nadie sin el favor de nuestra madre y de nuestro padre. Sin ellos, no serías más que una sombra a mi lado.

—No busco ser superior, Mustafa —le respondí, manteniendo la calma—. Solo busco que nos respetemos como hermanos. Pero si insistes en desafiarme, acepto tu reto. Que sea justo, sin ventajas.

Los jenízaros abrieron un círculo en silencio. Mustafa se lanzó sobre mí con furia brusca, pero desordenada. Yo conocía sus movimientos mejor que nadie. Sabía dónde golpeaba con fuerza y dónde era débil. Esquivé su primer golpe, luego el segundo, y cuando perdió el equilibrio, lo deslicé con facilidad hasta que cayó al suelo. Se levantó, con el rostro encendido de vergüenza, y volvió a intentarlo. Una y otra vez lo superé, no con brutalidad, sino con habilidad y control. Al final, terminé con él en el suelo por última vez, sin haberle hecho daño innecesario, pero dejando claro que yo era quien tenía la ventaja.

Los jenízaros no dijeron nada, pero sus miradas lo decían todo. Mustafa se levantó, temblando de rabia, con la mano en el costado donde lo había golpeado por error. Sangraba levemente. Y entonces, perdió por completo el juicio. Se abalanzó sobre mí y me golpeó en la cara con fuerza, haciéndome retroceder. Y allí, bajo aquel arco, delante de los soldados, olvidó toda prudencia y todo honor. Sus palabras salieron cargadas de veneno, tan altas que cualquiera podía oírlas.

—¡Maldito seas! —gritó, señalándome con el dedo mientras se llevaba la otra mano a su herida—. ¡Crees que has ganado algo hoy! Esto no termina aquí. Mientras sigas respirando, seré una espada sobre tu cabeza. Y cuando yo sea Sultán, tú y esa mujer… esa perra que llamas madre… pagarán cada lágrima que me han hecho derramar. No habrá lugar donde esconderse. No habrá piedad. Los veré caer a los dos, y me reiré mientras supliquen por sus vidas.

En ese momento, las palabras murieron en su garganta. La figura del Sultán Solimán apareció bajo el arco. No había ruido de pasos, ni aviso. Solo estaba allí, de pie, con el rostro serio como la piedra, pero con una furia silenciosa que hizo que el aire mismo se detuviera. Había escuchado cada amenaza. Había visto cada golpe. Y lo que había visto no era lo que esperaba de su hijo mayor.

Mustafa dio un paso atrás, pálido.

—Padre… yo… no quería…

Solimán levantó una mano, y él calló de inmediato.

—He escuchado cada palabra —dijo Solimán, y su voz no era un grito, sino algo mucho más temible: una sentencia fría y definitiva—. Has amenazado a tu hermano. Has insultado a la madre de tu hermano. Has jurado muerte y venganza como si ya llevaras la corona y pudieras disponer de vidas ajenas. Y lo has hecho delante de mis soldados. ¿Es este el hombre que crié? ¿Es este el Sultán que esperaría su turno o el lobo que devoraría a su propia familia?

—Estaba enfadado, padre —balbuceó Mustafa—. No lo decía en serio.

—¿No lo decías en serio? —repitió Solimán, acercándose un paso—. Las palabras que salen del corazón no se borran con excusas. Si puedes decir eso en un momento de ira, ¿qué dirás cuando no haya nadie que te frene? ¿Qué harás cuando tengas el poder en tus manos?

Se giró hacia ambos con una expresión de decepción que dolía más que cualquier castigo.

—Vayan a Manisa. Los dos. Mahidevran también. Quédense allí. No regresen a la corte hasta que yo lo ordene. Y piensa bien lo que dijiste, Mustafa. Porque una vez que se dice algo así, el eco no se va tan fácil.

Solimán se marchó sin mirar atrás. Mustafa me miró con odio una última vez y se fue, cojeando, seguido por su madre que había llegado justo a tiempo para ver cómo su plan se volvía en su contra. Yo me quedé solo bajo el arco, tocándome el labio donde me había golpeado. No me dolió el golpe. Me dolió saber que había llegado a esto entre nosotros. Pero sonreí en silencio. Todo había salido exactamente como necesitaba.

Porque ahora, cuando todos crean que he muerto en esa cacería, él recordará este momento. Recordarán sus amenazas. Sus palabras sobre que cuando fuera Sultán nosotros pagaríamos. Nadie olvidará lo que gritó bajo este arco. Y esa sombra… esa sombra de sospecha caerá sobre él y sobre Mahidevran con un peso que no podrán sacudirse. Mustafa, esta vez no te librarás tan fácil. Y tú, mujer que lo envenenaste… tu precio ha comenzado a subir. Aún no he desaparecido. Pero cuando lo haga, serás la primera en ser buscada. Y nadie creerá en tu inocencia. Nadie.

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