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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:335
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14 — La tormenta perfecta

Las semanas fueron pasando y yo me fui acostumbrando a lo que había jurado no acostumbrarme: al silencio de Damián, a las rabietas de Toñito, a la sonrisa fija de doña Herminia. Me acostumbré tanto que un día Juli me miró a los ojos, en un restaurante de cocina casera, con dos cervezas ya vacías entre las dos, y me preguntó lo que yo no me atrevía a preguntarme sola.

—Rena. ¿Te resignaste? ¿Así va a ser tu vida para siempre? ¿En serio?

Le di un trago largo a la tercera cerveza. O la cuarta. Ya no llevaba la cuenta.

—Aunque no me resigne —dije, y la lengua ya me pesaba—, fue el camino que yo elegí. Nadie me obligó a firmar. Me metí yo solita en esta jaula bonita.

—Eso es lo más triste que te he oído decir.

—Salud, entonces —brindé—. Por lo triste.

Bebimos hasta que el mundo se puso blando en los bordes. Y cuando miré el reloj, se me heló la borrachera: las tres y media. Tenía que recoger a Toñito.

Manejé despacio, con las ventanillas abiertas, masticando chicle como si eso engañara a alguien. Toñito subió al auto, olfateó el aire, y se tapó la nariz con las dos manos.

—¡Tía fea, apestas! —chilló—. ¡Hueles a los amigos de mi papá cuando toman!

—Es perfume nuevo —mentí sin ninguna dignidad—. "Cebada de los Alpes."

—¡Puaj!

—Sigue molestando —le advertí, girando en la esquina— y te vomito encima. Tengo justo lo necesario aquí adentro para hacerlo.

Toñito soltó un alarido de puro terror y se pegó a la ventanilla contraria, tan lejos de mí como se lo permitía el cinturón, vigilándome de reojo por si cumplía la amenaza. Yo me reí sola, con esa risa boba de las borracheras tristes.

*Mírate, Renata. Amenazando de vómito a un niño de cinco años. Tocaste fondo. O eso creías.*

Lo que yo no calculé fue que en la Villa nos esperaba Damián.

Bruno le había avisado. O don Quique. Da igual quién. El caso es que en cuanto crucé la puerta con Toñito de la mano, Damián se plantó en medio del salón con una cara que no le había visto nunca.

—¿Recogiste a mi hijo borracha? —dijo, muy despacio, cada palabra un ladrillo.

—Estoy perfectamente...

—¡Apestas a cervecería! —estalló, y la voz retumbó en el techo alto—. ¿Y si le pasa algo en el auto? ¿Y si chocas? ¡Es lo único que tengo!

Doña Petra se llevó a Toñito a la cocina antes de que la cosa creciera. E hizo bien, porque creció.

—¿Y tú quién eres para decirme qué hacer? —le solté, y toda la contención de semanas se me rompió de golpe—. ¿Eh? ¿Quién eres tú en mi vida, Damián? ¡Dímelo! ¡Porque yo no lo tengo claro!

Sus ojos se pusieron rojos. Dio un paso hacia mí.

—¿Que yo quién soy? —repitió, y bajó la voz hasta un lugar feroz—. ¿Quién soy yo en *tu casa*? —Y marcó ese "tu" como si me clavara una astilla—. Contéstame eso tú a mí.

Nos quedamos frente a frente, respirando fuerte, dos desconocidos que compartían apellido y techo y nada más.

—¡Me importa un comino! —grité, y ya me temblaba todo—. ¡No aguanto más! ¿Me oyes? ¡No aguanto más!

Subí las escaleras corriendo, tropezando con mis propios pies, y me encerré con un portazo que hizo temblar los cuadros.

Saqué la maleta de encima del ropero. La abrí sobre la cama y empecé a meter cosas a puñados, sin orden, con las manos torpes por el alcohol y por la rabia. *Me voy. Se acabó. Que se quede con su casa, con su hielo, con su niño imposible y con su nombre prohibido.*

El teléfono sonó. Mi padre.

—¡Renata! —rugió antes de que yo dijera nada—. ¿Qué demonios hiciste?

—Papá...

—¡El señor Valcárcel canceló la inversión! ¡La canceló! ¿Lo hiciste enojar? ¿Qué le hiciste? ¡Comercial Paredes se hunde y es por tu culpa!

Me senté en el borde de la cama, con un suéter apretado contra el pecho.

—Papá, yo no...

—¡Escúchame bien! —Su voz se puso ronca de furia—. ¡Si te vas de esa casa, no vuelvas jamás a la mía! ¿Me oyes? ¡Jamás! Nunca debimos haberte tra...

Se cortó. En seco. Como si se hubiera mordido la lengua a tiempo.

—¿Nunca debieron haberme qué, papá? —pregunté, y de golpe se me pasó la borrachera—. ¿Qué ibas a decir?

—Nada. Deshaz esa maleta y arregla las cosas con tu marido. Es una orden.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono muerto en mi mano. *Nunca debimos haberte... ¿traer? ¿tratar? ¿tener? ¿Qué, papá? ¿Qué es lo que nunca debieron?*

Una grieta se me abrió en el pecho, fría, en un lugar que yo no sabía que tenía. Y en esa grieta cabía toda una vida de sospechas pequeñas que nunca me había atrevido a mirar de frente.

Guardé el suéter otra vez en el cajón. Cerré la maleta vacía. La subí al ropero. *No tengo adónde ir. Esa es la verdad. No tengo una sola casa en el mundo que sea mía.*

Bajé. Damián estaba en el estudio, sirviéndose un whisky que no se tomaba.

—Perdón —dije desde la puerta, y la palabra me raspó la garganta—. Por lo del auto. Tuviste razón. No debí manejar así con el niño.

Él no se volvió.

—Vete a dormir, Renata.

—Damián, estoy tratando de...

—Vete a dormir.

Me rechazó sin siquiera mirarme. Y yo, demasiado cansada para pelear, demasiado borracha aún para tener orgullo, me dejé caer en el sofá del salón. Cuando él pasó rumbo a la escalera, mi mano salió sola y se aferró a su brazo. No lo pensé. Lo agarré como se agarra un pasamanos al borde de una caída.

Él se detuvo. No se soltó. Y yo, con los ojos ya cerrados, hundiéndome en el sueño pesado del alcohol, murmuré cosas que a la mañana siguiente juraría no haber dicho.

—Soy mujer, ¿sabes...? —dije contra la tela de su manga—. Nunca tuve novio antes de casarme. Ni uno. Nadie me tomó de la mano en la vida... y de repente estoy casada. Con un extraño. Con un niño que me odia. —Se me trabó la voz—. ¿Alguien... alguien me preguntó alguna vez si yo quería esto? ¿Alguien me preguntó?

No hubo respuesta. Solo el brazo, que no se apartó, y el latido de un corazón que yo, medio dormida, sentí acelerarse bajo la camisa.

Los días siguientes fueron una tregua rara, tensa, de esas que uno sabe que no van a durar. Y no duraron.

La maestra Marlene me llamó del jardín. Toñito estaba molestando a sus compañeros: les escondía las cosas, les jalaba el pelo, había hecho llorar a la pequeña Fabi. Fui por él decidida a corregirlo de una vez, con firmeza, como una madre de verdad.

—Toñito —le dije en el auto, seria—, no se molesta a los amiguitos. Eso no se hace. Mañana le pides perdón a Fabi.

Él cruzó los bracitos y me miró con toda la crueldad limpia de la infancia.

—¡Tú no eres mi mamá! —gritó—. ¡No tienes derecho a mandarme! ¡No eres nadie!

Y algo, después de semanas y semanas de aguantar, se me quebró.

—¡Eres un niño sin educación! —le grité de vuelta.

Y en el peor momento posible, en el instante exacto, la puerta se abrió. Damián acababa de llegar. Y lo único que oyó, lo único, fueron esas cinco palabras mías gritándole a su hijo.

Lo que vino después fue la peor pelea de todas. No recuerdo la mitad de lo que nos dijimos. Recuerdo el veneno, recuerdo la palabra "niñera", recuerdo la palabra "ingrata", recuerdo mi propia voz diciendo cosas afiladas para hacer daño porque a mí me lo estaban haciendo. Recuerdo a Toñito llorando en la escalera y a doña Petra tapándole los oídos.

Y recuerdo el momento en que agarré mi bolso de la mesa del recibidor, abrí la puerta de un tirón y salí a la noche sin abrigo, sin plan, sin nada.

Detrás de mí, la voz de Damián, temblando de rabia, dijo lo que yo necesitaba oír para no volver a entrar jamás:

—Que se vaya a donde quiera.

El portazo sonó como un disparo en el silencio de la montaña.

Caminé calle abajo sin saber adónde iba. La noche estaba fría y las farolas zumbaban. Encontré una avenida, un hotelito barato de luz parpadeante al otro lado, y pensé que ahí, al menos por esa noche, podría ser nadie sin que nadie me lo reprochara.

Llegué a la esquina. El semáforo estaba en rojo. Esperé, abrazándome a mí misma, con la cara mojada de un llanto que ni sentía caer.

El semáforo cambió a verde.

Di un paso para cruzar la avenida.

Y lo último que oí fue un frenazo.

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