Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
NovelToon tiene autorización de Inés Nsé para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 15
Sus ojos se detuvieron en una única persona.
Sayon.
Su Sayon.
Su Omega.
Y otro Alfa lo llevaba en brazos.
Lebrón se quedó completamente inmóvil.
Su mirada descendió lentamente.
Primero vio los pies descalzos de Sayon.
Después el camisón blanco, manchado de vino.
La chaqueta de aquel hombre cubriendo sus hombros.
La piel pálida.
El brazo marcado por los dedos de alguien.
Y finalmente las piernas ensangrentadas.
Algo dentro de Lebrón se quebró.
No fue un pensamiento.
Ni siquiera fue una emoción que pudiera controlar.
Fue una reacción instintiva.
Su cuerpo entero se tensó.
Su mandíbula se apretó hasta dolerle.
Los dedos de sus manos se cerraron lentamente en puños.
Y sus ojos...
Sus ojos se volvieron aterradoramente fríos.
Pero aquello apenas duró un segundo.
Porque debajo de aquella furia había algo mucho más profundo.
Miedo.
Un miedo que Lebrón jamás habría admitido.
Sayon estaba herido.
Sayon estaba descalzo.
Sayon llevaba la ropa de otro hombre.
Y otro Alfa lo estaba sosteniendo.
¿Por qué?
¿Quién lo había tocado?
¿Quién se había atrevido a tocarlo?.
Su mirada se clavó en Ray.
El Alfa que sostenía a Sayon sintió inmediatamente el peso de aquella mirada y, por primera vez desde que había entrado a trabajar en aquella residencia, comprendió por qué tantos hombres evitaban encontrarse a solas con su jefe.
Lebrón no necesitaba decir nada.
Su presencia era suficiente.
El ambiente entero pareció cambiar.
Los guardaespaldas bajaron la cabeza.
Nadie se atrevió a hablar.
Incluso Karen dejó de moverse.
Lebrón dio un paso hacia ellos.
Solo uno.
Pero Ray sintió que el corazón se le hundía en el pecho.
Lebrón volvió a mirar a Sayon.
Y entonces apareció otra emoción.
Confusión.
Aquel hombre había pasado semanas prácticamente inconsciente, encerrado en una habitación, y ahora estaba fuera.
En su invernadero.
Descalzo.
Herido.
En brazos de otro Alfa.
Lebrón no entendía nada.
Pero había algo que entendía perfectamente.
No soportaba verlo así.
Y mucho menos soportaba verlo en brazos de alguien más.
La marca de su cuello comenzó a dolerle.
Sayon también la sintió.
El vínculo entre ambos parecía reaccionar a la distancia que los separaba.
Sayon tragó saliva.
No sabía por qué.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Lebrón, un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Aquel hombre no parecía enfadado.
Parecía algo mucho peor.
Parecía estar conteniéndose.
Lebrón volvió a mirar al Alfa que lo sostenía.
Su voz, cuando finalmente habló, fue baja.
Demasiado baja.
—Bájalo.
Ray se quedó inmóvil.
—Señor Kambell, el señor Sayon está herido.
—He dicho...
Lebrón dio otro paso.
Sus ojos no abandonaron los de Ray.
—Que lo bajes.
No gritó.
No hizo falta.
Ray sintió cómo un sudor frío recorría su espalda.
Sayon, por su parte, observó a Lebrón en silencio.
No sabía qué estaba pasando por la cabeza de aquel hombre.
Pero sí podía verlo en sus ojos.
Furia.
Celos.
Preocupación.
Y algo más.
Algo mucho más oscuro.
Lebrón no estaba mirando a Ray como si fuera simplemente un empleado que había cometido un error.
Lo estaba mirando como si aquel hombre hubiera cruzado una línea que jamás debió tocar.
Porque para Lebrón, aquello no era simplemente un guardaespaldas cargando a un herido.
Era otro Alfa sosteniendo a su Omega.
A su esposo.
A la persona que lo pertenecía, Sayon era suyo.
Y la visión estaba despertando dentro de él un instinto posesivo que llevaba demasiado tiempo manteniendo encadenado.
Lebrón volvió a mirar las piernas ensangrentadas de Sayon.
Su expresión cambió ligeramente.
La furia seguía allí.
Pero ahora estaba acompañada de preocupación.
—¿Qué le pasó?
Nadie respondió inmediatamente.
Lebrón levantó la mirada.
—He preguntado qué le pasó.
Laila dio un paso adelante, temblando.
—Señor Kambell...
Lebrón la miró.
—La botella se rompió. El señor Sayon pisó los cristales. Ray estaba ayudándolo cuando...
Laila no terminó la frase.
No era necesario.
Lebrón volvió a mirar a Sayon.
Sus ojos se detuvieron en la pequeña marca roja de su brazo.
—¿Y eso?
La pregunta salió más fría.
Ray tragó saliva.
—Yo lo sujeté, señor. No fue mi intención hacerle daño.
Silencio.
Lebrón lo observó.
Una vez.
Dos.
Tres segundos.
Luego volvió a mirar la marca.
Su mandíbula se tensó.
—Entiendo.
Pero por la forma en que lo dijo, todos supieron que no entendía absolutamente nada.
Estaba conteniéndose.
Y todos en aquella residencia sabían que cuando Lebrón Kambell dejaba de levantar la voz, era cuando realmente había que tener miedo.
Sayon lo observó desde los brazos de Ray.
Y por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, sintió que quizá había cometido un error al salir de su habitación.
No por haber roto una botella.
No por haber entrado en el invernadero.
Ni siquiera por haber terminado herido.
Sino porque ahora tenía a Lebrón delante.
Y algo le decía que aquella noche iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.
vas a la casa de su padre pero ya es tarde 🤔🤔🤔🤔🤔