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Prohibido a propósito

Prohibido a propósito

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance oscuro
Popularitas:51.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ophelia Blaire

A los veinte años, Wren Ashford tiene una vida perfecta sobre el papel: un apellido poderoso, un novio encantador y una familia que solo exige una cosa: que no arruine nada. Lo que nadie sabe es cuánto desea ella justo lo que no debería tener.

Una foto enviada por error lo cambia todo. En vez de llegar a su novio, aterriza en el teléfono de Weston Sinclair: el hombre más frío e intocable que conoce, dueño de un imperio tecnológico… y prometido de su hermana mayor.

Él podría destruirla con un solo mensaje. En cambio, le propone un trato.

Lo que empieza como un secreto para sobrevivir se convierte en un juego peligroso de miradas robadas, encuentros a puerta cerrada y una atracción que ninguno de los dos puede apagar. Cada regla que rompen los acerca más al abismo: si los descubren, no pierden solo un romance, pierden a sus familias, sus planes y la vida cuidadosamente construida de Wren.

Pero cuanto más finge que puede parar, más claro le queda la verdad: lo prohibido no fue un accidente. Lo eligió a propósito.

NovelToon tiene autorización de Ophelia Blaire para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: La contraseña era su cumpleaños

# Capítulo 8: La contraseña era su cumpleaños

Rosalind volvió a decir su nombre, apenas lo bastante alto para oírse por encima de la regadera. Weston levantó la cabeza del hombro de Wren. Ella se había quedado inmóvil contra él.

Tenía las pestañas mojadas. El camisón se le había arrugado alrededor de las caderas, y trataba de subirlo con una mano. Weston alcanzó una toalla y se detuvo cuando ella se encogió. Se había movido demasiado rápido.

—Wren.

Ella alzó los ojos hacia los suyos en el espejo. Ni siquiera intentaba sonreír. La había asustado, y ahora ella esperaba que él la sacara de aquello.

—Respira —dijo él.

—Está despierta.

—No.

—Dijo tu nombre.

—Lo hace cuando el medicamento la saca a medias del sueño. —Mantuvo la voz baja y pareja—. Se volverá a dormir antes de acordarse de por qué se movió.

Cuando ella levantó la mano, él vio la mordida en su muñeca. La envolvió en la toalla y se la acomodó bien firme bajo los brazos.

Luego cerró la regadera. Wren tomó aire bruscamente en el repentino silencio.

—No hagas ruido —dijo él.

Ella le lanzó una mirada furiosa. Le alivió verlo; un momento antes había parecido a punto de llorar.

Weston quitó el seguro de la puerta del baño y la abrió un palmo. La habitación volvía a estar a oscuras.

Rosalind estaba acostada de lado, con una mano bajo la mejilla y el cabello desparramado sobre la almohada. La lámpara estaba apagada. Su respiración había vuelto al ritmo pesado que siempre le daban las pastillas.

Esperó un poco más para asegurarse, consciente de que Wren le apretaba la camisa por la espalda.

Weston salió primero, interponiendo el cuerpo entre el baño y la cama. Wren lo siguió descalza, sujetándose la toalla bajo los brazos, pálida y con los labios hinchados.

Cuando Rosalind se movió, Wren se quedó paralizada detrás de él. Weston se volvió y la levantó por la cintura antes de que pudiera tropezar con algo.

Cargarla haría menos ruido que dejarla tropezar por la habitación. Esa razón bastaba. No necesitaba detenerse en la manera en que ella escondió la cara contra su cuello.

En la puerta de la habitación, Rosalind murmuró algo sin palabras. Los dedos de Wren se le clavaron en el hombro. Weston no se detuvo.

Abrió la puerta, cruzó al pasillo privado y dejó a Wren junto a la puerta que comunicaba con su suite. Lo único que la había dejado afuera era el pestillo del balcón.

Wren empujó la puerta. Su teléfono seguía cargándose junto a la cama deshecha. Él echó un vistazo a la puerta del balcón y tomó nota mental de mandar revisar el pestillo.

Ella entró y luego se volvió. Por primera vez desde el baño, quedaron frente a frente sin vapor ni espejo de por medio.

—Lo de esta noche no pasó —susurró.

Weston miró la toalla que le resbalaba del hombro, la mordida en la muñeca, la boca que él había lastimado, los ojos que seguían negándose a suplicar.

—Si así quieres llamarlo.

A ella se le endureció la cara. Él había querido tranquilizarla y no se había acercado ni de lejos.

—Ve a acostarte —dijo.

—No me digas qué hacer.

—Entonces quédate ahí parada en toalla hasta que alguien te encuentre.

Ella retrocedió y le cerró la puerta en la cara. Él se quedó ahí un poco más, atento a cualquier movimiento adentro, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Regresó a su habitación.

Rosalind dormía. El baño olía a vapor, a sal, a sexo y al shampoo de Wren.

Weston se lavó las manos, tomándose más tiempo del necesario.

En el lavabo notó la marca en la palma, donde ella lo había mordido. La medialuna de dientes había empezado a oscurecerse.

La presionó con el pulgar hasta que le dolió.

Sabía que no debía dejar que ella se quedara en el baño. Ella también lo sabía. Ninguna de las dos cosas le servía ahora.

No dejaba de recordar su cara cuando entró en ella, lo sorprendida que se veía. Había confiado en que él pararía si se lo pedía. No sabía qué hacer con eso.

Weston se secó las manos y salió al balcón.

Abajo, el océano estaba negro. Un empleado cruzó un sendero de servicio con un carrito. Weston se apartó del barandal antes de que lo vieran.

Debía dejarla en paz. Tenía veinte años, salía con su hermano y era la hermana de Rosalind. Cualquiera de esas cosas debería bastar.

En cambio, estaba mirando el balcón de ella, preguntándose si se habría acostado. No había luz detrás de las cortinas. Volvió a fijarse antes de entrar.

Al amanecer, todavía no había dormido.

Más tarde esa semana, de vuelta en la ciudad, Bowen dejó su teléfono sobre la mesa de juntas de Weston. La pantalla se iluminó con el nombre de Wren. El mensaje en sí estaba oculto.

Weston miró hacia el pasillo. Su hermano seguía afuera.

Bowen se había quejado una vez de que Wren nunca se acordaba de su cumpleaños, mientras que él usaba el de ella para todo. Weston probó con el cumpleaños de ella. El teléfono se desbloqueó.

*Wren:* Conseguí que mamá aprobara Miami. Dos noches. Esta vez no llegues tarde.

Le siguió otro mensaje.

*Wren:* Lo digo en serio, Bowen. No aguanto otro viaje familiar contigo llegando cuando ya pasó todo.

Weston debió haber bloqueado el teléfono. Esperó a ver si ella mandaba algo más.

Recordó el concierto del que ella había publicado algo, y el hotel etiquetado en una de sus historias. Había prestado más atención a esas publicaciones de lo que admitía.

¿Ella había querido que él lo notara? No sabía decirlo. Le desagradaba cuánto deseaba que la respuesta fuera sí.

Weston bloqueó el teléfono de Bowen y lo devolvió a la mesa.

Bowen regresó y se dejó caer en su silla. El teléfono volvió a iluminarse. Lo puso bocabajo sin leerlo.

Weston mantuvo la vista en el expediente. Ya sabía del viaje más de lo que debía.

Weston voló a Miami para una reunión legítima con el fundador de una startup de imagenología médica que Meridian quería adquirir antes de que un competidor inflara el precio.

Había reservado en el mismo hotel que Wren. La reunión le daba un motivo para estar en Miami; no lo obligaba a hospedarse ahí.

De camino a la cena, Weston la vio cruzar el vestíbulo con un vestido negro corto y el cabello suelto sobre los hombros. Se reía de algo en su teléfono. Bowen no estaba con ella.

En la cena hizo las preguntas necesarias, rechazó el postre y volvió al hotel.

El hotel le debía favores a Meridian. Weston había usado uno para entrar a la suite de ella, y ahora esperaba a que cruzara la puerta.

Se sirvió una copa de vino y no la probó.

Al otro lado de los ventanales de piso a techo, Miami brillaba en franjas de agua y luz blanca. La habitación olía a nardos. La maleta abierta de ella estaba junto al tocador.

Cuando la puerta se abrió, Wren entró hablando por teléfono.

—No tengo miedo —dijo, dulce y ofendida—. Estoy sola. Hay una diferencia.

La voz de Bowen salía débil del altavoz, borrosa por el ruido. Estaba en algún lugar ruidoso, lejos de ese hotel.

—Entonces ven —dijo Wren—. O no me digas que me extrañas.

Cerró la puerta de un taconazo, dejó caer su bolsito sobre la consola y se dio la vuelta.

El teléfono se le resbaló de la mano y cayó sobre la alfombra.

Se le quedó mirando. Él había querido sorprenderla; no esperaba que se viera tan asustada.

—¿Cómo es que estás aquí?

Weston dejó el vino intacto sobre la mesa.

—No es el saludo que esperaba.

La mirada de ella saltó al teléfono. La voz de Bowen seguía oyéndose, diminuta e inútil contra la alfombra. Weston lo miró y luego volvió a mirarla a ella.

—¿Esperabas a otra persona?

1
Sol Flores
Emocionante desde el comienzo.!
Graciela Saiz
la historia está buena , pero se hizo demasiada extensa, sin que en realidad pasara nada , 🤷
Graciela Saiz
la actitud de de ella me enoja TANTO!!!! a veces 😡,
Graciela Saiz
me van a volver loca éstos dos 🫣🤭
karen S
Se an enamorado sin aceptarlo aun 🤭☺️
Laura Paredes
🤭🤭
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