Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 2: El ultimátum
Perspectiva de Mateo
La oficina del director Olmedo siempre me había parecido un lugar aburrido, pero esa tarde el aire dentro del despacho se sentía tan pesado que casi me costaba respirar. Olía a madera vieja, café frío y a la amenaza inminente de que nuestra temporada deportiva estaba a punto de irse al diablo.
A mi izquierda, Izan Vogel permanecía sentado con una postura tan rígida que parecía tallado en piedra. Tenía las manos cruzadas impecablemente sobre el regazo, los labios apretados en una línea fina y la mirada clavada en un punto fijo de la pared, justo encima del cuadro del colegio. A mi derecha, el director leía un expediente extenso con una expresión de absoluto cansancio, pasando las páginas con un chasquido lento que solo lograba ponerme más nervioso.
—La discusión de ayer en la zona de los vestidores fue la gota que derramó el vaso —sentenció Olmedo finalmente, quitándose las gafas de lectura para frotarse el puente de la nariz con pesadez—. Dos capitanes gritándose enfrente de media escuela e interrumpiendo las actividades de los demás por un cruce de horarios. Es una conducta inaceptable. La junta escolar revisó el presupuesto del área deportiva esta mañana y, si no ven una actitud de cooperación real entre ustedes, congelará los fondos para los torneos regionales de ambos equipos.
—¿Congelar los fondos? —intervino Izan de inmediato. Por primera vez en toda la reunión, su voz perdió esa compostura impecable y dejó ver una grieta de pánico puro—. Director, natación necesita ese presupuesto para los viajes, las inscripciones y el mantenimiento de los bloques de salida. Hemos entrenado todo el semestre para esto, no pueden quitárnoslo.
—Y el equipo de fútbol necesita renovar el equipamiento de protección antes de la próxima semana —añadí, inclinándome hacia adelante en la silla, apoyando los codos sobre las rodillas—. No es justo que todo el equipo pague las consecuencias por un malentendido de horarios.
—No fue un malentendido, fue una absoluta falta de madurez y de liderazgo por parte de ambos —marcó el director Olmedo, apoyando los puños firmemente sobre el escritorio y mirándonos por encima de sus cejas pobladas—. Si quieren asegurar ese dinero y competir en las finales, van a tener que demostrar que pueden coordinarse como adultos. Se encargarán, de principio a fin, de la organización de la Gala Anual del Instituto. Los dos juntos. Si el evento sale bien, es un éxito y no hay reportes de incidentes, conservan el presupuesto intacto. Si hay una sola discusión o falla en la logística, ambos equipos quedan automáticamente fuera de las regionales.
El silencio que siguió a sus palabras fue devastador. Salimos del despacho en medio de una tensión sepulcral. Las puertas dobles de roble se cerraron a nuestras espaldas y caminamos en paralelo por el pasillo principal hasta detenernos junto a la hilera de casilleros vacíos.
Izan dejó escapar un suspiro amargo y prolongado, pasándose los dedos por el cabello húmedo con evidente frustración.
—Increíble —murmuró para sí mismo, negando con la cabeza mientras apretaba los dientes—. Mi temporada entera, mi récord personal y el trabajo de mi equipo dependen ahora de que tú no arruines un evento formal.
—Oye, no soy el único involucrado en este desastre —respondí, apoyando la espalda contra el metal helado de los casilleros y cruzándome de brazos para mirarlo de frente—. Si queremos salir de este problema sin perder los regionales, vamos a tener que ceder los dos. Nos guste o no la idea, estamos metidos en el mismo enredo, Vogel.
Izan me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos, apretando la mandíbula con tanta fuerza que se le marcó el rasgo de la mejilla, antes de ceder a regañadientes con un gesto de resignación.
—Nos vemos hoy a las cuatro en el depósito del gimnasio para revisar la lista de tareas y los presupuestos —dijo en un tono cortante y distante—. Y haz el favor de no llegar tarde, Rivera. No pienso perder mi tiempo esperándote.