Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 18: Chantaje, marcas en la memoria y cuentas saldadas
Dante puso los ojos en blanco, ignorando el veneno que goteaba en las palabras de Sara, y se sentó directamente frente a ella en la mesa de madera, invadiendo su espacio vital sin pedir permiso. Con dos dedos, dio un golpe seco y rítmico sobre la superficie de la mesa, mirándola fijamente a los ojos.
—Quiero hablar contigo, capitana —soltó Dante con una calma exasperante.
Sara cruzó los brazos con fuerza sobre su pecho, marcando una barrera infranqueable, y lo fulminó con la mirada.
—Ya te dije que no tenias nada que venir a buscar aquí conmigo, Kaelen. ¿De verdad te gusta tantear el límite de mi paciencia, o es que tienes algún tipo de fetiche oculto con que las mujeres te rompan la nariz?
Dante soltó una risa seca, ladeando la cabeza con una sonrisa retorcida.
—Necesitamos hablar sobre tu nueva deuda, capitana —dijo, haciendo un par de golpecitos ligeros con el dedo índice justo sobre su propi mejilla derecha, recordando con picardía el lugar exacto del golpe en el callejón.
Sara apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le retumbó.
—¿Te atreves a cobrarme algo que te ganaste tú solito por idiota? —escupió ella con veneno.
Dante levantó una ceja, impasible ante su furia.
—Me atrevo —respondió con total naturalidad—. ¿Tienes tiempo más tarde?
—No —contestó ella de inmediato, cerrando sus apuntes de golpe con un ruido seco que hizo sobresaltar a Lara y Katy.
—Bien, te buscaré después de clases, entonces —sentenció él sin inmutarse.
—Te dije que no —repitió Sara entre dientes, poniéndose de pie de un salto, con los ojos ámbar echando chispa.
Dante se levantó con la misma lentitud desesperante, se inclinó un poco hacia ella y, con una voz apenas audible para el resto de la cafetería pero cristalina para sus oídos, soltó el golpe final:
—Bien, entonces iré con tus compañeras y con todo el equipo a contarles exactamente lo que me hiciste la otra noche... detrás del depósito de basura —murmuró, rozando con fingida inocencia su propio labio con la yema del dedo.
Sara sintió que la sangre le hervía hasta el cerebro.
—Eres un maldito bastardo —siseó ella, temblando de rabia.
—A las seis en la salida, capitana. O te buscaré yo mismo por los talleres, tú eliges... pero irás conmigo a hablar —dijo Dante con una sonrisa de depredador satisfecho, dándose la media vuelta para irse a su clase de dirección deportiva.
Mientras el equipo de básquet se alejaba entre risas disimuladas, Sara le gritó a toda pulmón con el rostro encendido de ira:
—¡Engreído infeliz! ¡Será mejor que si tienes intenciones de seguir respirando mañana, estés preparado!¡Maldito psicópata!
A su alrededor, los murmullos de los estudiantes estallaron en la cafetería. Nadie podía creer el nivel de cercanía y hostilidad que se traían el capitán de básquet y la intocable capitana de voleibol, mientras el reloj comenzaba la cuenta regresiva hacia las seis de la tarde.
—¿Que miran?—grito Sara a los chismosos a su alrededor colocando los apuntes en su mochila para marcharse a su clase. Sin más las demas se levantaron y también la siguieron.