En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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Rumores y distancias
Los días siguientes trajeron consigo una atmósfera pesada y silenciosa. Los rumores no llegaron como un estallido, sino como un susurro que se filtraba por cada rincón de la ciudad: en las tiendas, en las plazas, en los pasillos del palacio. Nadie decía el nombre de Mariana abiertamente, pero todos hablaban de una viuda distinguida que había hechizado al hombre más poderoso del Imperio después del Emperador. Algunos aseguraban que usaba hierbas y encantamientos; otros, más moderados aunque igual de dañinos, decían simplemente que lo manipulaba a su antojo para proteger sus intereses, que no era amor sino ambición lo que la movía, y que Roberto Cáceres había perdido el juicio por culpa de una mujer mayor que él.
Mariana escuchaba estos comentarios con el corazón apretado, pero sin defenderse en público. Sabía que cuanto más dijera, más reales parecerían las acusaciones. Sin embargo, cada palabra que escuchaba le dolía profundamente, no por ella misma, sino por él. Roberto estaba pagando un precio que no merecía por el simple hecho de haber creído en la verdad y en ella. Y no había forma de aliviar esa carga sin empeorar las cosas.
Roberto, por su parte, cumplía su parte del acuerdo: no la buscaba en público, no la miraba de forma que pudiera notarse, no le enviaba mensajes que pudieran comprometerlos. Pero cada vez que sus caminos se cruzaban en la corte, Mariana veía en sus ojos una angustia contenida, como si quisiera detenerse y hablarle pero supiera que no podía. Esa distancia forzada era un suplicio para ambos, aunque ninguno se lo dijera al otro.
Una tarde, mientras caminaba por uno de los corredores exteriores, escuchó a dos nobles jóvenes conversando cerca de una columna, creyendo que no había nadie cerca:
—Es vergonzoso. El Gran Duque pone en riesgo su reputación por esa mujer. Si el Emperador fuera mayor de edad y gobernara por sí mismo, ya lo habría apartado de su cargo. No se puede gobernar un Imperio cuando se está enamorado como un muchacho inexperto.
—Peor aún —respondió el otro con malicia—. Dicen que ella lo tiene bajo su influencia, que le da consejos que no debe darle una mujer ajena a la corte. Que está usando su poder para enriquecer a su familia. Y lo peor es que él no se da cuenta, o no quiere dárselo. Alguien debería hacerle ver que está siendo engañado antes de que sea demasiado tarde para todos.
Mariana se alejó despacio, con paso firme pero con el alma herida. No le importaba lo que dijeran de ella; le dolía que dañaran su nombre. Esa noche, no pudo contenerse más. Escribió una nota breve y sincera, sin firmar con su nombre pero con la frase que solo ellos conocían: "Lo que dicen de nosotros no es verdad, pero tampoco puedo permitir que usted pague por ello. Si alejarse de mí es lo que necesita para que dejen de atacarlo, lo entenderé. No quiero ser su debilidad. Quiero ser su tranquilidad."
Al amanecer del día siguiente, recibió respuesta. Su caligrafía era inconfundible, firme pero con rasgos ligeramente temblorosos: "No me ofrezca alejarme como si eso fuera una solución. Si me alejo de usted, pierdo mi tranquilidad, no la recupero. Lo que digan los demás es ruido. Lo que sentimos es silencio y verdad. No me pida que elija entre mi deber y mi corazón. No debería tener que elegir cuando ambos me dicen que usted es lo correcto. Solo tenga cuidado. Algo se está preparando contra nosotros, y esta vez no es solo contra sus tierras."
Mariana quemó la nota como siempre hacía, pero esta vez se quedó mirando las cenizas durante mucho tiempo. Él no se apartaría. No importaba el costo. Y esa determinación la conmovía y a la vez la aterraba, porque sabía que cuanto más firmes estuvieran juntos, más brutal sería el golpe cuando su enemigo finalmente decidiera atacar.
Ese ataque llegó de una forma que nadie esperaba. Tres días después, el Emperador, acompañado por varios miembros del Consejo y por Damián Ledesma en persona, convocó a Roberto a una audiencia oficial sin previo aviso. Las acusaciones eran graves: se decía que Roberto había filtrado información confidencial del Consejo a Doña Mariana Mancilla, que había abusado de su influencia para favorecer sus intereses en el juicio de las tierras, y que su relación con ella era impropia de alguien en su posición. No había pruebas concretas, solo rumores y suposiciones, pero el ambiente en la sala estaba cargado de desconfianza.
Roberto escuchó cada acusación en silencio, con la cabeza alta y la mirada serena. Cuando terminaron de hablar, respondió con voz tranquila pero firme:
—No he filtrado información confidencial a nadie. He escuchado a ambas partes por igual y he actuado según la ley, no según mis afectos. Si mi respeto por una mujer honorable y valiente se confunde con algo más, eso habla de quienes lo confunden, no de mí. Y si mi cercanía a ella incomoda a alguien, que lo diga a la cara y presente pruebas. Pero no se construya un juicio sobre susurros y envidias. El Imperio se sostiene en la verdad, no en lo que la gente deseara que fuera verdad.
Sus palabras fueron claras y valientes, pero no lograron disipar por completo las dudas. El Emperador, joven e influenciable, pidió prudencia y discreción. Le sugirió, casi como una orden, que se alejara de la familia Mancilla durante un tiempo, hasta que los ánimos se calmaran. Roberto no prometió nada. Solo hizo una reverencia y salió de la sala, sabiendo que acababa de perder parte de su autoridad ante la corte, y que todo había ocurrido justo cuando pensaban que habían superado lo más difícil.
Cuando Mariana supo lo ocurrido, sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Habían logrado mantener sus tierras, pero ahora Peredo y sus aliados habían logrado algo mucho más peligroso: habían sembrado la duda sobre la integridad de Roberto. Y mientras esa duda existiera, cualquier decisión que él tomara sería cuestionada. Estaban ganando la batalla, pero perdían la guerra. Y lo peor de todo era que ella no podía hacer nada para ayudarlo sin empeorar las cosas.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
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