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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: La sombra del pasado

El agua helada de los charcos caló la suela de los zapatos de Antonella, pero ella no sintió nada. El frío de Londres no era comparable con el abismo que acababa de abrirse bajo sus pies.

Allí estaba él.

No había cambiado en absoluto y, al mismo tiempo, parecía un hombre completamente distinto. La sombra de barba oscura sobre la mandíbula esculpida, el porte señorial, la espalda ancha y esos ojos dorados que quemaban a través de la llovizna. Pero ya no vestía la camisa de seda gastada ni los vaqueros deshilachados con los que había manejado durante dos días por el desierto; el abrigo de cachemira negra que llevaba puesto costaba el salario anual de cualquier chofer de Nueva York, y el aura que desprendía no era la de un asalariado del asfalto, sino la de un monarca que acaba de tomar posesión de su territorio.

Patrick, ajeno al pánico que congelaba el cuerpo de su madre, no retrocedió. Miró la mano grande que sostenía su cochecito amarillo y luego alzó la vista hacia el rostro del desconocido.

Sus pupilas infantiles, idénticas a las del hombre frente a él, se iluminaron con una curiosidad aplastante.

—Tienes mi auto —dijo el niño en un inglés pulcro y seguro, sin un ápice de timidez—. Y tienes ojos amarillos como los míos.

Andrew sintió un golpe sordo en el pecho. Las palabras del pequeño le perforaron la coraza corporativa con una puntería quirúrgica. Por un segundo, la arrogancia y la frialdad con las que había cruzado el Atlántico se evaporaron, dejándolo expuesto ante la réplica perfecta de su propia sangre.

—Es un buen auto —respondió Andrew, y su voz, habitualmente grave y autoritaria, se suavizó en un murmullo que apenas compitió con el rumor de la lluvia—. Muy rápido para una ciudad tan mojada como esta.

Patrick ladeó la cabeza, examinándolo con atención milimétrica.

—¿Tú eres Drew? —preguntó el niño con una naturalidad demoledora—. ¿El taxista de Las Vegas?

Andrew se quedó petrificado.

El mundo pareció detenerse a su alrededor. Lentamente, desvió la mirada hacia Antonella. Ella estaba a tres metros de distancia, lívida, con las manos temblorosas y los labios entreabiertos por el terror más puro.

Le había hablado de él.

A pesar de haber huido como una sombra, a pesar de haber cruzado el océano en un avión diplomático y de haberlo dejado con diez mil dólares sobre una mesa de noche, Antonella no había borrado su nombre. Le había dado al niño su recuerdo; lo había criado sabiendo que existía un hombre al volante que los había llevado hacia la libertad.

Esa revelación le apretó la garganta a Andrew con una fuerza descomunal.

—¡Patrick, ven aquí ahora mismo!

El grito de Antonella rompió el encanto. El instinto maternal más primitivo la arrancó de su parálisis; dio dos zancadas desesperadas sobre la grava, se interpuso entre el hombre y su hijo, y jaló a Patrick hacia su espalda con un movimiento protector, como si estuviera escudándolo de una fiera salvaje.

Bianca llegó jadeando al sendero con el paraguas en alto.

—¿Anto, qué pasa...?

Las palabras murieron en la boca de Bianca en el preciso instante en que sus ojos cayeron sobre Andrew.

La diseñadora se quedó boquiabierta. Miró al hombre alto que se ponía de pie con una lentitud amenazante, luego miró a Patrick que asomaba la cabeza detrás del abrigo de su madre, y el aire abandonó sus pulmones. No hacía falta ser muy perspicaz: aquel sujeto era el espejo en el que Patrick se miraría dentro de veinte años. La misma estructura ósea, la misma mirada penetrante y la misma boca desdeñosa.

—Dios mío... —susurró Bianca, retrocediendo un paso instintivo mientras se llevaba una mano al pecho.

Andrew se incorporó por completo. Su metro ochenta y ocho de estatura dominó el sendero arbolado, proyectando una sombra pesada sobre las dos mujeres. Guardó el cochecito de juguete en el bolsillo de su abrigo largo y clavó sus pupilas ámbar en Antonella, ignorando por completo la presencia de Bianca.

—¿Esa es la bienvenida que le das al hombre con el que te casaste, Antonella? —preguntó él con una tranquilidad glacial que destilaba peligro en cada sílaba.

Antonella levantó la barbilla. El temblor de sus manos cesó, sustituido por una furia helada. No iba a mostrarse débil. No delante de su hijo.

—Hicimos un trato en esa capilla, Drew —dijo ella, escupiendo el nombre falso con desprecio—. Te pagué diez mil dólares. Diez mil dólares en efectivo por una carrera y una firma. No me debes nada y yo no te debo absolutamente nada a ti. ¿Cómo demonios me encontraste?

Una media sonrisa, amarga y cargada de un cinismo refinado, curvó los labios de Andrew.

—Nueva York es un pañuelo cuando alguien decide prenderle fuego —respondió, dando un paso lento hacia ella. Antonella no retrocedió, aunque sus dedos apretaron la tela del abrigo de Patrick—. Tu padre se encargó de hacer suficiente ruido como para que medio continente se enterara de tu escapada. Y en cuanto a los diez mil dólares... —Andrew metió la mano en su bolsillo interior y sacó un clip de platino desgastado que no contenía nada—, me temo que calculaste mal los intereses de cinco años de abandono.

—¡No hubo abandono! —siseó ella entre dientes, cuidando el volumen de su voz para que Patrick no captara la hostilidad—. ¡Fue una transacción comercial! Te fuiste a dormir sabiendo perfectamente que yo me marchaba. Te dejé el dinero acordado. ¿Qué quieres ahora? ¿Más dinero? ¿Vienes a extorsionarme?

Andrew entrecerró los ojos. La palabra extorsión sonó tan ridícula en los labios de una mujer que desconocía que el consorcio de él valía billones, que por un instante tuvo que reprimir una carcajada sombría.

Sin embargo, debajo de la burla, la acusación le quemó el orgullo.

—¿De verdad crees que crucé el Atlántico por un puñado de libras esterlinas, Antonella? —preguntó él, bajando el tono a un registro grave y territorial—. Mírame bien. ¿Parezco un hombre que necesita tu limosna?

Antonella lo recorrió con la mirada por primera vez con ojos analíticos. El corte perfecto del abrigo de cachemira, la corbata de seda oscura bajo el cuello alzado, la piel cuidada y el reloj de titanio que seguía en su muñeca izquierda. No era la estampa de un taxista afortunado que había ganado una buena propina; era la presencia imponente, asfixiante y pulida de un tiburón corporativo de primera línea.

Una duda atroz, fría y punzante, comenzó a filtrarse en su mente.

—¿Quién eres en realidad? —exigió ella, con la voz perdiendo un milímetro de firmeza.

Antes de que Andrew pudiera contestar, Patrick tironeó de la falda del traje de su madre con insistencia.

—Mamá, tiene mi auto en el bolsillo. Dile que me lo devuelva para la carrera.

Andrew bajó la vista hacia el pequeño. El hielo en su mirada se fracturó de nuevo, dejando escapar una ternura salvaje y posesiva.

—Te devolveré tu auto, campeón —dijo Andrew, dirigiéndose directamente a su hijo con una seguridad absoluta—. Pero primero, tu madre y yo tenemos que terminar un viaje que dejamos a medio camino en el desierto.

—Él no va a ninguna parte contigo —cortó Antonella, empujando a Patrick suavemente hacia Bianca—. Bianca, llévatelo al auto. Antony envió al chofer de la embajada; debe estar esperando en la esquina de Mount Street. Llévense a Patrick a casa ahora mismo.

Bianca no dudó. Conocía a Antonella lo suficiente como para saber que cuando usaba ese tono no había espacio para debates. Tomó a Patrick de la mano con firmeza.

—Vamos, cielo. Te prepararé ese chocolate caliente con malvaviscos que te gusta.

Patrick protestó, girando la cabeza para seguir mirando al gigante de ojos dorados.

—¡Pero mamá! ¡Él es Drew! ¡Tiene que ver cómo armo el motor!

—Luego, Patrick. Ve con tu tía —ordenó Antonella con una severidad que hizo que el niño bajara la cabeza y obedeciera a regañadientes.

Andrew no intentó detenerlos. Observó cómo Bianca se llevaba al pequeño bajo el paraguas, registrando cada paso de su hijo, la forma en que caminaba con la espalda recta y esa bufanda roja balanceándose en el aire gris. Tuvo que hacer acopio de toda la disciplina de hierro que su abuelo le había inculcado para no ir tras ellos y arrancarle a Patrick de las manos a la mujer.

Cuando la silueta de ambos se perdió detrás de la verja de hierro del parque, el silencio regresó a Berkeley Square. Solo quedaba el rumor constante del agua y la respiración agitada de Antonella.

Ella se cruzó de brazos, empapada bajo la llovizna que arruinaba su peinado impecable, sosteniéndole la mirada con los ojos inyectados en fuego y desconfianza.

—Bien, Drew. Ya estamos solos —dijo ella, con un filo cortante en la voz—. Habla rápido antes de que llame a la policía de Mayfair y te haga deportar de este país antes de que caiga la noche. ¿Qué demonios haces en Londres?

Andrew dio dos pasos lentos hacia adelante, acortando la distancia hasta que Antonella pudo oler de nuevo ese perfume inconfundible: madera de cedro, lluvia y una masculinidad arrolladora que le revolvió el estómago con recuerdos que creía sepultados.

Se inclinó ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio con una insolencia calculada.

—Primero: la policía de Londres no me deportaría ni aunque se lo ordenara el primer ministro —susurró él, y el tono de su voz la hizo retroceder medio paso por puro instinto—. Segundo: no me vuelvas a llamar "Drew" con ese tono de desprecio, porque sabes perfectamente lo que pasó entre nosotros en esa habitación de Las Vegas. Y tercero...

Andrew extendió la mano y le rozó la línea de la mandíbula con el dorso de los nudillos, un gesto tan idéntico al de aquella madrugada en la suite que a Antonella se le cortó la respiración.

—No vine a pedirte dinero, Antonella. Vine a recordarte que ante la ley de los Estados Unidos sigues siendo mi esposa. Y que el niño que acaba de doblar esa esquina lleva mi sangre en las venas.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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