En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 2: LA MESA DE LOS ENEMIGOS
El trayecto desde la casona de los Romano en Brooklyn hasta la propiedad de los Moretti en la costa norte de Long Island se realizó en absoluto silencio. Tres vehículos blindados de color negro azabache avanzaban en formación estricta por la autopista mojada.
Matteo viajaba en el asiento trasero del segundo automóvil, al lado de su padre, mientras las luces de la autopista proyectaban sombras intermitentes sobre los cristales tintados.
Don Vincenzo repasaba mentalmente los puntos de la reunión, revisando unos documentos guardados en una carpeta de cuero fino. A su lado, Matteo mantenía la mirada fija en el asfalto que se extendía bajo la lluvia. Vestía un traje de tres piezas en tono azul noche, confeccionado a medida en Italia, con una corbata de seda oscura perfectamente ajustada. Su aspecto proyectaba la sobriedad y la autoridad que correspondían al heredero del clan Romano, pero en su pecho albergaba una fría expectativa.
—Recuerda cómo debes comportarte esta noche, Matteo —dijo Don Vincenzo sin levantar la vista de sus papeles—. Stefano Moretti buscará cualquier grieta en tu compostura. Buscará una provocación, un gesto de arrogancia o un atisbo de duda para intentar renegociar los porcentajes de distribución en los muelles.
—Conozco mi papel, padre —contestó Matteo con voz pausada—. La diplomacia exige contención hasta que las firmas estén puestas. No seré yo quien rompa la tregua antes de que sirvan el primer plato.
—No se trata solo de la diplomacia de la mesa, sino de la muchacha —agregó el patriarca, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Elena Moretti es el único lazo de contención que nos garantizará que su hermano Marco no intente nada tonto en las rutas del sur. Asegúrate de que entienda que, a partir de la firma del compromiso, su lealtad pertenece a la casa Romano.
Matteo no respondió. Miró por la ventanilla cómo el convoy reducía la velocidad al aproximarse a las altas verjas de hierro forjado que delimitaban la finca Moretti. Cuatro hombres armados con abrigos oscuros y paraguas inspeccionaron el vehículo principal antes de accionar el mecanismo automático de apertura. Los automóviles avanzaron por un sendero flanqueado por cipreses altos hasta detenerse frente a la escalinata de mármol de la mansión.
El aire de la noche era helado y olía a sal pino y humedad. Al descender del vehículo, Matteo abrochó el botón central de su saco y ajustó sus guantes de piel. A ambos lados de la entrada, la seguridad de los Moretti permanecía alineada en silencio, observando la llegada de la comitiva rival con una mezcla de cautela contenida y hostilidad mal disimulada.
Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par. En el vestíbulo principal, bajo una majestuosa araña de cristal de Murano, Don Stefano Moretti esperaba a sus invitados flanqueado por su hijo mayor, Marco, y tres de sus capitanes más leales.
—Vincenzo —saludó Stefano con un tono seco pero ceremonioso, dando un paso al frente y extendiendo la mano derecha—. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que pisaste esta casa.
—Stefano —respondió Vincenzo, aceptando el apretón de manos con firmeza mientras apoyaba el peso de su cuerpo en el bastón de ébano—. Los tiempos cambian y los negocios nos obligan a dejar atrás las viejas disputas. Te presento a mi hijo, Matteo.
Stefano desvió sus ojos grises y calculadores hacia Matteo. El apretón de manos entre ambos fue breve, medido y tenso, como el contacto entre dos aceros que prueban la templanza del rival antes de un combate.
—Un placer, Matteo —dijo Stefano con una sonrisa helada que no llegó a sus ojos—. Tu reputación en la gestión de las navieras te precede. Dicen que no dejas ningún cabo suelto en las cuentas.
—En nuestro negocio, los cabos sueltos son un lujo que no podemos permitirnos, Don Stefano —contestó Matteo sosteniendo la mirada del anciano sin pestañear.
Marco Moretti dio un paso al frente, apretando la mandíbula. El hijo mayor de los Moretti era un hombre impulsivo, de complexión robusta y mirada desafiante, conocido por su preferencia por la violencia directa antes que por los acuerdos financieros. Saludó a Matteo con un asentimiento rígido que rozaba la descortesía.
—Pasemos al comedor principal —indicó Stefano, haciendo un gesto con la mano—. La cena está servida y las mujeres nos esperan.
El comedor de la mansión Moretti era una estancia vasta, presidida por una mesa de caoba maciza con capacidad para veinte comensales, iluminada por candelabros de plata y decorada con arreglos florales en tonos oscuros. En un extremo de la sala, junto a su madre, la Sra. Renata Moretti, permanecía Elena.
Matteo la divisó en cuanto cruzó el umbral.
Elena vestía un elegante vestido de seda en tono verde esmeralda, de corte sobrio que cubría sus hombros y caía en pliegues rectos hasta el suelo. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello estilizado y una tez pálida que contrastaba vivamente con la penumbra de la sala. No llevaba más joyas que un discreto broche de perlas en la solapa.
A diferencia de los hombres de su familia, que proyectaban una agresividad latente, la postura de Elena transmitía una calma estudiada, casi glacial. Sin embargo, Matteo, acostumbrado a leer los detalles microscópicos en el comportamiento humano, notó la leve tensión en la forma en que sus dedos presionaban la tela de su vestido y la rapidez casi imperceptible de su respiración.
Cuando Stefano presentó formalmente a los jóvenes, Elena dio un paso al frente y levantó la vista. Sus ojos verdes chocaron directamente con la mirada oscura de Matteo. No hubo sumisión ni temor en su gesto; en su lugar, Matteo percibió un orgullo altivo y una inteligencia analítica que evaluaba cada uno de sus movimientos.
—Es un honor conocerla, signorina Elena —dijo Matteo, inclinando levemente la cabeza y tomándole la mano con suavidad cortés. La piel de Elena estaba fría como el mármol, pero no retiró la mano hasta que él rompió el contacto.
—Bienvenido a nuestra casa, Matteo —respondió ella con una voz serena, grave y de entonación pulida—. Confío en que el viaje desde Brooklyn no haya sido demasiado incómodo.
—El clima era adverso, pero el destino justifica cualquier trayecto —contestó él, manteniendo la cortesía de la etiqueta.
La cena comenzó en un ambiente cargado de diplomacia rígida. Los criados con librea sirvieron varios platos de cocina tradicional italiana acompañados de vinos de reserva de la bodega personal de Stefano. En la cabecera de la mesa, Vincenzo y Stefano conversaron sobre las rutas marítimas, los permisos aduaneros en el puerto de Newark y la necesidad de presentar un frente unificado ante la presión creciente de las autoridades fiscales.
A la izquierda de Matteo, Marco Moretti bebía vino con frecuencia y lanzaba comentarios mordaces con doble sentido, buscando probar la paciencia de los visitantes.
—Tengo entendido que la semana pasada tuvieron ciertos contratiempos con la carga en el muelle cuatro, Matteo —dijo Marco, apoyando los codos sobre la mesa de forma provocadora—. Una lástima. Esos contenedores contenían maquinaria bastante costosa. Parece que la seguridad de los Romano ya no es lo que era.