Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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El Voto Sorpresa y La Fusión del Caos!!
El silencio que cubría el patio central de la Academia Élite Amagi era tan tenso que se podía escuchar el revoloteo de las palomas. Cientos de estudiantes de ambos pabellones retenían la respiración, mirando fijamente al estrado.
El Director Kenzo Shinohara sostenía la última papeleta entre sus manos temblorosas. Sus ojos estaban cristalinos, al borde de las lágrimas.
—Damas y caballeros... —tembló la voz del Director por el micrófono—. El recuento oficial ha dictado un empate absoluto de 349 a 349. Y este último papel... decidirá el destino de la nación estudiantil.
En la primera fila, Kenji Sato tenía las manos juntas rezándole a una consola portátil apagada, mientras Yumi Hayakawa apretaba los puños con los ojos cerrados a su lado. Al otro lado del patio, Ren y Aoi cruzaron una mirada rápida, sintiendo que el aire se les escapaba de los pulmones.
El Director Shinohara desdobló el papel con parsimonia dramática, ajustó sus gafas y leyó en voz alta:
—El último voto... ¡es un voto en blanco! ¡O mejor dicho... dice "Aguante el Club de Cocina"!
Un grito colectivo de frustración recorrió todo el patio central.
—¡¿QUIÉN RAYOS GASTÓ UN VOTO NACIONAL EN UN CLUB DE SÁNDWICHES?! —chilló Kenji cayendo de espaldas contra el suelo.
—¡Esto es inaceptable! ¡Exigimos una auditoría de las urnas! —protestó Yumi desde el lado del Pabellón Blanco.
Antes de que se desatara una revuelta estudiantil masiva, la Directora Chizuru Amamiya se levantó de su asiento con una expresión de frialdad aterradora, dio un paso al frente y golpeó el atril con un mazo de madera.
—¡Suficiente de berrinches infantiles! —rugió la Directora Amamiya, haciendo que el patio entero guardara silencio inmediato—. Como el Ministerio de Educación exige una respuesta hoy mismo y la junta directiva no tolerará más divisiones estúpidas entre pabellones, la decisión final ha sido tomada por la autoridad.
Ren y Aoi alzaron la vista con intriga.
—La Academia Élite Amagi no elegirá entre el teatro y los videojuegos —proclamó la Directora con absoluta seriedad—. ¡Ambos eventos se llevarán a cabo... pero fusionados en uno solo!
El patio entero se quedó congelado durante tres segundos completos.
—¿F-Fusionados? —balbuceó Aoi, abriendo los ojos de par en par con horror.
—¡Exacto! —continuó el Director Shinohara, recuperando su brillo emocional y secándose las lágrimas—. ¡A partir de hoy, los estudiantes de ambos pabellones protagonizarán el gran evento! ¡Se acabaron los actores externos; serán los chicos y chicas del internado quienes actúen en una obra de teatro basada en personajes de videojuegos! ¡Drama clásico mezclado con combates y fantasía de consolas!
Aoi y las chicas abrieron la boca para protestar por la locura, pero antes de que pudieran decir una sola palabra... el bando de los chicos estalló en un grito unánime de euforia apocalíptica.
—¡¡¡SIIIIIIIIIIIIIIU!!! —gritó Kenji Sato, arrancándose la chaqueta del uniforme y arrojándola al aire mientras lloraba de la emoción—. ¡¡¡NUESTRO SUEÑO SE HIZO REALIDAD!!! ¡¡¡VOY A PODER ACTUAR COMO EL GUERRERO OSCURO DEL RPG!!!
—¡¡¡Apretaremos espadas de utilería y recitaremos versos épicos en el escenario principal!!! —gritó Daichi Matsuda, ajustándose los anteojos con una mirada de iluminación divina mientras sus ojos brillaban de felicidad—. ¡¡Es la combinación perfecta de estrategia, actuación y honor!!
Varios chicos cayeron de rodillas abrazando las columnas del patio, mientras otros se levantaban en hombros celebrando la victoria más grande de sus vidas.
Aoi, Yumi, Hana y todo el Pabellón Blanco se quedaron completamente petrificadas, mirando al bando masculino con rostros de absoluto shock, espanto y vergüenza ajena.
—¿Pero... pero qué les pasa a estos enfermos? —susurró Hana con el ojo temblando de incredulidad—. ¡Están celebrando vestirse con armaduras de plástico y decir diálogos cursis como si hubieran ganado la guerra mundial!
En medio de la locura general, Ren tuvo que hacer un esfuerzo titanico para mantener su postura seria y calculadora frente a Aoi, aunque por dentro sus ojos marrones brillaban con la misma euforia tonta de sus amigos.
(¡Maldita sea, voy a poder ser el espadachín legendario en el escenario!), pensó Ren gritando de felicidad por dentro, antes de ponerse serio y mirar a Aoi. (No, Kageyama, mantén la frialdad... tienes que coordinar esta locura con ella).
Esa misma noche, la oficina del consejo estudiantil parecía un campo de batalla de papel.
Sobre la gran mesa de caoba había borradores de guiones teatrales, fichas de personajes de RPG, bocetos de armaduras de cartón y tazas de café humeantes.
Aoi estaba sentada frente a su laptop con una vena marcada en la frente, tecleando a una velocidad furiosa.
—Esto es ridículo, Kageyama —soltó Aoi sin levantar la vista de la pantalla, con voz cortante—. Tus amigos llevan tres horas enviándome solicitudes para que sus personajes tengan espadas más grandes que ellos mismos y efectos de rayos en el guion. ¡Es una obra de teatro romántica, no un combate de jefes finales!
Ren estaba sentado al otro lado de la mesa, con la chaqueta verde abierta y el brazalete rojo ligeramente desajustado, sosteniendo el boceto de la espada de Kenji con una sonrisa de satisfacción disimulada.
—No te quejes, Kisaragi —respondió Ren con su habitual tono sereno y profundo—. Los chicos están 100% motivados. Kenji ya se memorizó tres páginas del libreto solo porque su personaje tiene un ataque especial en el acto dos. Si dejamos que se sientan como sus héroes de videojuegos, la actuación va a ser un éxito absoluto.
Aoi detuvo los dedos sobre el teclado, se giró lentamente y lo miró con los ojos azules inyectados en pura rabia contenida.
—¡Es que no entiendes! ¡Quieres que el clímax de la declaración de amor romántica sea una batalla de hechizos mágicos con música de combate de fondo! ¡¿Cómo se supone que el público sienta la elegancia del teatro si Kenji aparece gritando el nombre de su ataque a todo pulmón?!
Ren soltó una risa seca, recostándose en el respaldo de su silla.
—¡Quedaría épico y lo sabes, admítelo! Imagínate a los protagonistas declarándose su amor en mitad de un duelo legendario. Sería arte moderno, Kisaragi.
—¡Eso es una aberración cultural, Kageyama! —replicó Aoi dándole un golpe suave pero seco a la mesa con la palma de la mano.
Ren se quedó en silencio por un segundo, observándola fijamente. A pesar de que Aoi estaba furiosa, con el cabello rubio ligeramente revuelto y el listón morado un poco torcido por el cansancio de las últimas horas, Ren sintió que su corazón daba un vuelco tonto en el pecho.
(Qué hermosa se ve cuando se enoja defendiendo sus cosas...), pensó Ren, tragando saliva y desviando la mirada hacia los papeles para no delatar su debilidad. (Cálmate, Kageyama, recuerda que para ella sigues siendo el enemigo insoportable).
—Bien... dejemos los gritos de ataques especiales fuera del diálogo principal —cedió Ren suspirando con pesadez, levantando las manos en señal de paz—. Hagamos un trato: mantendremos la elegancia del drama romántico que tú quieres, pero los chicos podrán llevar sus trajes épicos de guerreros. ¿Contenta?
Aoi lo analizó por unos segundos, cruzándose de brazos, y finalmente asintió de mala gana.
—... De acuerdo. Es un compromiso razonable. Pero los ensayos de dicción los superviso yo con mano dura.
—Hecho —murmuró Ren.
El reloj de la pared marcó las dos de la mañana. El silencio volvió a instalarse en la oficina, roto únicamente por el zumbido suave del ventilador de techo.
Pasaron los minutos. Ren seguía revisando los borradores de los trajes, pero de pronto notó que los tecleos de Aoi se habían detenido por completo.
Levantó la vista con cautela.
Aoi se había quedado dormida sobre la mesa. Su cabeza descansaba directamente sobre los brazos cruzados, justo encima de las hojas del guion, con la respiración tranquila y el rostro completamente relajado. Las largas pestañas doradas hacían sombra sobre sus mejillas.
Ren se quedó paralizado. Su mente se puso en blanco al instante.
(¿Se durmió... así de la nada?), pensó Ren, sintiendo que los latidos de su corazón empezaban a acelerarse peligrosamente.
Miró alrededor de la oficina vacía. Afuera hacía frío y la ventana dejaba entrar una brisa nocturna bastante fuerte. Aoi solo llevaba la camisa ligera del uniforme sin su chaqueta.
Con el corazón en la garganta y moviéndose con el sigilo de un ladrón profesional para no despertarla, Ren se puso de pie. Se quitó lentamente su chaqueta verde esmeralda —la misma que llevaba el pañuelo rojo del Pabellón Negro en el brazo— y, con un pulso tembloroso, se la colocó con muchísimo cuidado sobre los hombros a Aoi, arropándola para que no pasara frío.
Al acercarse tanto, el sutil aroma a azahares del shampoo de Aoi golpeó directamente los sentidos de Ren. Tragó saliva con fuerza, sintiendo que las mejillas le quemaban.
Con infinita delicadeza, estiró los dedos y le retiró un pequeño mechón de cabello rubio que le cubría la frente, acomodándoselo detrás de la oreja.
—Descansa un poco, guerrera terca... —susurraló Ren en un tono tan imperceptible que ni el viento pareció escucharlo, esbozando una sonrisa sincera y triste a la vez.
Sin embargo, lo que Ren no sabía es que los ojos de Aoi no estaban completamente cerrados.
Bajo la penumbra y el calor de la chaqueta que acababa de recibir, Aoi había abierto los ojos apenas unos milímetros. Había sentido perfectamente el roce de sus dedos en su cabello, el peso de la chaqueta sobre sus hombros y había escuchado claramente su susurro en la quietud de la noche.
Su corazón dio un salto descomunal dentro del pecho, y un calor repentino le inundó el rostro.
(¿Kageyama... me acaba de poner su chaqueta?), pensó Aoi en completo shock, conteniendo la respiración para que él no notara que estaba despierta. (Y... ¿por qué me ha hablado con esa voz tan suave? ¿Qué significa todo esto...?!)