Ella reencarna en un mundo mágico. Una familia militar, pero ella solo quiere verse linda y leer.. y sobre todo ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Los Müller 1
Durante los días siguientes, Ellie convirtió las visitas a la posada y a la casa Müller en una parte habitual de su rutina. Es que a veces la atendían en la posada y a veces en la residencia Müller que quedaba cerca de la posada.
Por las mañanas se arreglaba con cuidado, desayunaba con su familia y, cuando terminaba sus obligaciones, se dirigía al establecimiento de los Müller para continuar con las sesiones de magia.
Al principio, se limitaba a saludar a Gemma, conversar un poco con ella y esperar a que Stefan estuviera disponible.
Pero pronto las cosas cambiaron.
Gemma tenía una personalidad tan cálida que resultaba difícil no sentirse cómoda en su compañía.
Le hablaba de los clientes habituales, de las dificultades de administrar una posada y de las ocurrencias de sus hijos.
Ellie, por su parte, comenzó a contarle algunas de sus preferencias, especialmente su amor por los libros y su interés por aprender más sobre la magia de aquel mundo.
Con el paso de los días, dejaron de tratarse como dos personas que acababan de conocerse.
Cuando Ellie entraba, Gemma la saludaba desde el otro lado del salón.
—¡Buenos días! ¡Hoy tenemos pasteles recién hechos!
Y la joven respondía con una sonrisa radiante.
—¡Buenos días, Gemma!
A veces, Scarlet estaba sentada cerca de la cocina, jugando con algunos objetos seguros mientras su madre trabajaba.
Otras veces, Scott corría de un lado a otro, perseguido por alguien que intentaba evitar que se acercara demasiado a las mesas.
Ellie comenzó a reconocer sus pequeños hábitos.
Scarlet era curiosa y parecía interesada en todo lo que se movía.
Scott, en cambio, tenía una expresión especialmente traviesa, como si estuviera planeando alguna pequeña aventura incluso cuando permanecía sentado.
[¡Estos dos van a darle mucho trabajo a sus padres!].
En más de una ocasión, Ellie se quedó unos minutos jugando con ellos antes de que Stefan la llamara para la sesión.
Y, cada vez que la pequeña Scarlet le sonreía, sentía unas ganas irresistibles de cargarla en brazos.
Pero había otra cosa que comenzó a conquistarla.
La comida.
¡La comida de Gemma!
El primer día había probado un pastel de crema.
El segundo, una pequeña tarta de frutas.
El tercero, un panecillo relleno que estaba tan delicioso que tuvo que preguntarle a Gemma cómo lo preparaba.
Y para el cuarto día, Ellie había descubierto que la cocina de aquella posada representaba un peligro mucho mayor para su fuerza de voluntad que cualquier novela romántica.
Una mañana, después de terminar su sesión, Gemma colocó delante de ella un plato con varios pasteles pequeños.
—Pruebe estos. Los preparé esta mañana.
Ellie miró el plato.
Después miró a Gemma.
—¿Todos?
—¡Por supuesto! Quiero saber cuál le gusta más.
La joven tomó uno.
Lo probó.
Cerró los ojos.
Y experimentó una felicidad que solo podía compararse con la de haber descubierto una librería repleta de novelas nuevas.
[¡¿QUÉ ES ESTO?!].
Mordió otro trozo.
[¡Está delicioso!].
Gemma la observaba, divertida.
—¿Le gusta?
Ellie dejó el pastel sobre el plato y la miró con absoluta seriedad.
—Gemma, necesito hacerle una pregunta importante.
La mujer parpadeó.
—¿Sí?
Ellie señaló el pastel.
—¿Consideraría usted enseñarme a preparar esto?
Gemma soltó una carcajada.
—¡Claro que sí!
La joven sintió que acababa de recibir la noticia más importante de su vida.
[¡Voy a aprender a preparar pasteles mágicos!].
Miró el plato nuevamente.
[¡Puedo tener libros, cuidar mi piel y comer estas delicias siempre que quiera!].
Se llevó una mano al pecho.
[¡Esta vida es demasiado buena!].
Desde el otro lado de la habitación, Stefan observó la escena mientras guardaba sus utensilios.
—Parece que mi esposa ha encontrado una nueva amiga.
Gemma sonrió.
—Y yo creo que esta jovencita tiene muy buen gusto.
Ellie, que había escuchado el comentario, levantó la cabeza.
—¡Muchísimo gusto!
Los tres se echaron a reír.
Y así, entre sesiones de magia, conversaciones interminables, niños pequeños y platos de comida deliciosa, Ellie comenzó a formar parte de la vida cotidiana de los Müller.
Cada día se sentía más cómoda en su nueva existencia.
Su piel iba mejorando poco a poco, su confianza aumentaba y había descubierto que el mundo podía ofrecerle muchas cosas además de libros y vestidos bonitos.
También había personas con las que podía conversar sin sentirse obligada a mantener una postura perfecta.
Personas que la recibían con una sonrisa.
Personas que le ofrecían un pastel sin pedirle nada a cambio.
Y, aunque todavía no lo comprendía del todo, aquella pequeña posada comenzaba a convertirse en uno de sus lugares favoritos de Sunderland.
Por supuesto, Ellie seguía siendo Ellie.
Una mujer coqueta, vanidosa, trabajadora cuando hacía falta y absolutamente incapaz de resistirse a las cosas bonitas.
Por eso, cuando Gemma le preguntó una tarde si deseaba llevarse algunos pasteles a casa, la joven respondió con una sonrisa radiante..
—¡Sí, por favor! Pero solo unos pocos.
Hizo una pausa.
Miró la bandeja.
Calculó mentalmente cuántos podía llevar sin que pareciera excesivo.
—Quizá seis.
Gemma levantó las cejas.
—¿Seis?
Ellie asintió con solemnidad.
—Tres para mí y tres para compartir con mi familia.
[¡Una mujer debe mantener una buena reputación!].
Gemma se echó a reír mientras comenzaba a preparar el paquete.
Y Ellie, satisfecha con sus decisiones, pensó que aquella nueva vida estaba resultando mucho mejor de lo que jamás habría imaginado.
Lo único que todavía no había resuelto era cómo convencer a su familia de que necesitaba visitar la posada con más frecuencia.
Aunque, considerando lo deliciosos que eran los pasteles de Gemma, sospechaba que no tendría que esforzarse demasiado.
Después de todo, incluso los generales más severos podían dejarse convencer por un buen postre.
Y si no...
Siempre podía ofrecerles uno mientras les pedía dinero para comprar libros.