Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
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Capítulo 14: Los hermanos
El sonido de varios motores de gran cilindrada rompiendo la calma de la mañana en los jardines de Villa Moretti anunció la llegada de los herederos de la sangre.
Tres camionetas blindadas de color grafito y un Maserati negro derraparon sobre la grava del patio circular, levantando una nube de polvo y hojas secas. Los portazos resonaron casi al unísono, seguidos por las voces ásperas de hombres acostumbrados a dar órdenes entre el estruendo de los astilleros y el olor a salitre quemado de los muelles de Liguria.
En el vestíbulo principal, Martina terminaba de abrochar los botones de nácar de una camisa de seda negra de cuello mao y mangas largas, lo bastante holgada para ocultar el vendaje del antebrazo sin entorpecer la flexión de los tendones. Llevaba unos pantalones sastre en tono carbón y botines planos de cuero pulido.
Su semblante era una muralla de hielo, pero por dentro las horas de la madrugada seguían pasándole factura. Cada vez que sus ojos se cruzaban con la sombra de Dereck —apostado a tres pasos detrás de ella, enfundado en un traje oscuro impecable y con las manos cruzadas a la espalda—, la piel de su mano derecha recordaba la aspereza de la mandíbula de él y la gravedad de aquella promesa susurrada en la penumbra de la biblioteca: Ahora que sé quién eres, no hay infierno que me obligue a dar un paso atrás.
Dereck no había vuelto a romper la distancia desde las cuatro de la mañana. Se mantenía en su papel de guardia silencioso, pero su mirada gris ya no era una mirilla de francotirador buscando defectos; era un ancla ardiente, una vigilancia voraz que Martina sentía clavada en la base del cuello a cada segundo.
La pesada puerta de roble del vestíbulo se abrió de par en par.
—¡Por fin en casa, carajo! —la voz de Mateo Moretti retumbó en la bóveda de la estancia.
Mateo, de veintisiete años, primogénito de Don Lorenzo y comandante operativo de los puertos, entró sacudiéndose el abrigo de paño oscuro. Era alto, ancho de hombros, con el cabello negro cortado al rape y una cicatriz irregular sobre el puente de la nariz ganada en los tiroteos de Génova contra las células albanesas. Sus ojos eran oscuros como los de su padre, cargados de una brutalidad directa que no conocía la diplomacia de las oficinas.
Detrás de él, con un andar más elástico y una media sonrisa perezosa, avanzaba Luca, el menor de los hermanos, de veintitrés años. Luca vestía con una elegancia más descuidada: chaqueta de ante marrón, camisa blanca desabotonada y una mirada rápida, analítica, de las que detectan una navaja oculta antes de que se deslice de la manga.
Al ver a Martina al pie de la escalinata, el rostro endurecido de Mateo se transformó. Dejó caer su bolsa de viaje sobre el suelo de mármol y avanzó a zancadas hacia ella.
—¡Miren quién decidió abandonar los libros de leyes de América para volver al barro! —exclamó Mateo, envolviendo a su hermana en un abrazo brutal que le levantó los pies del suelo un centímetro.
Martina contuvo el aliento cuando la presión del abrazo rozó el borde vendado de su antebrazo, pero no emitió el menor quejido. Devolvió el gesto con dos palmadas firmes en la espalda de su hermano antes de que él la soltara para mirarla con los brazos abiertos.
—Sigues teniendo la misma cara de pocos amigos que a los dieciocho años, hermanita —rió Mateo, pellizcándole la barbilla con una confianza tosca—. Nos dijeron en Génova que ayer le rompiste los dedos a Castaldi en la torre. Papá casi se atraganta con el espresso cuando se enteró.
—Castaldi era un ladrón torpe —respondió Martina con una sonrisa seca y templada—. Si no intervenía las cuentas holding, la policía fiscal nos habría bloqueado los buques cisterna antes del fin de semana.
Luca se acercó despacio, besándole la mejilla con un afecto más sutil, mientras sus ojos oscuros la recorrían con una precisión meticulosa.
—La contabilidad no es lo único que aprendiste en Boston, por lo que veo —murmuró Luca, ladeando la cabeza—. Te mueves más ligera. Y tus hombros están más anchos que cuando te fuiste.
—El frío de Massachusetts te obliga a mantenerte activa si no quieres congelarte en la calle —esquivó ella con naturalidad absoluta.
Fue en ese instante exacto cuando los ojos de Mateo se desviaron hacia la figura que permanecía inmóvil tras la espalda de Martina.
La sonrisa de Mateo se borró de golpe.
Dereck estaba de pie a menos de dos metros, con la barbilla ligeramente alzada y los ojos grises fijos en los dos recién llegados. No había bajado la cabeza. No había hecho la leve reverencia de respeto que cualquier empleado de la familia Moretti debía ejecutar ante los herederos varones. Su presencia ocupaba el espacio con una autoridad natural, pesada y amenazante, que a Mateo le erizó la piel como un desafío territorial instantáneo.
—¿Y este quién demonios es? —preguntó Mateo, endureciendo la voz mientras daba medio paso al frente—. No lo conozco. No es de la gente de los astilleros ni de la guardia perimetral de Como.
—Es Dereck —respondió Martina con un tono plano y profesional—. Papá lo asignó a mi seguridad personal mientras dure la alerta por las tensiones con los Balcanes.
Mateo frunció el ceño con desprecio. Caminó despacio alrededor de Dereck, evaluando su metro noventa, el corte impecable del traje a medida que no lograba ocultar la musculatura densa de sus hombros y la ausencia total de miedo en sus facciones.
—Un perro guardián con traje caro —soltó Mateo, deteniéndose a escasos cuarenta centímetros de él, mirándolo desde abajo con la insolencia de un amo feudal—. ¿De dónde te sacó mi padre, grandullón? ¿De alguna agencia suiza para niños ricos?
Dereck no parpadeó. Sus ojos grises descendieron despacio hacia el rostro de Mateo. Por dentro, el futuro Capo del sindicato más poderoso del norte de Europa sintió el impulso homicida de doblar al hermano de Martina en dos, estamparle la cabeza contra el mármol del recibidor y enseñarle qué linaje gobernaba las rutas por las que sus propios barcos navegaban. Pero el recuerdo de la mirada de Martina en la biblioteca lo frenó.
Tragó el veneno, manteniendo la máscara de piedra.
—He trabajado en diferentes sectores de contrainsurgencia en el norte, signor Moretti —respondió Dereck con su voz cavernosa, neutra y rasposa—. Mi función es mantener con vida a la signorina Martina. Nada más.
—Entonces aprende una lección básica sobre esta casa, escolta —dijo Mateo, levantando el dedo índice para golpear con la yema la solapa del traje de Dereck, en un gesto deliberado de provocación física—. Aquí los que damos las órdenes somos los que llevamos este apellido. Y tú bajas la mirada cuando un Moretti te habla.
Antes de que el dedo de Mateo tocara la tela de su americana por segunda vez, la mano de Dereck se movió.
No fue un golpe. Fue un bloqueo milimétrico y sordo: la muñeca de Dereck se interpuso en la trayectoria, desviando el brazo de Mateo hacia el exterior con una fuerza tan implacable y seca que el mayor de los hermanos retrocedió un paso sobre la grava que aún ensuciaba sus botas.
El aire en el vestíbulo se congeló.
Los dos hombres de la escolta de Mateo que esperaban junto a la puerta echaron mano automáticamente a las solapas de sus chaquetas, listos para desenfundar.
Mateo apretó la mandíbula, con las venas del cuello latiéndole por la humillación del desvío. Dio un paso adelante con los puños cerrados, listo para desatar una pelea en mitad del vestíbulo.
—¡Basta! —la voz de Martina cortó la tensión como un latigazo de acero.
Martina se interpuso entre ambos sin vacilar, plantándose frente a su hermano con los ojos destellando en una furia fría.
—Se acabaron las payasadas de cuartel, Mateo —dijo ella, con un tono que no admitía réplicas—. Dereck responde directamente ante papá y ante mí. Si quieres medirte con alguien, ve a limpiar los muelles de Génova, que bastante desastre dejaste con los cargamentos retenidos.
Mateo clavó sus ojos en su hermana, respirando hondo para contener la rabia. Luego, desvió la mirada de nuevo hacia Dereck, quien sostenía su posición con la calma aterradora de un lobo que contempla a un cachorro ladrador.
—Tiene reflejos de militar —murmuró Mateo con una sonrisa torcida y amenazante—. Vamos a ver si aguantas el ritmo cuando las cosas se pongan calientes en la calle, escolta.
—Estaré listo cuando sea necesario, signor Moretti —respondió Dereck con una frialdad impecable.
Mateo resopló con desdén, recogió su bolsa de viaje y subió la escalinata a zancadas hacia el ala principal de la mansión, haciendo resonar sus botas sobre los escalones.
Sin embargo, Luca no lo siguió.
El menor de los hermanos permaneció de pie junto a la arcada del salón, apoyado contra una columna de mármol con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de ante. Sus ojos oscuros y calculadores no habían seguido el conato de pelea de Mateo; habían estado clavados en el lenguaje corporal entre Martina y su custodio.
Luca había visto la forma en que Dereck se tensó cuando Mateo abrazó a Martina. Había visto la fracción de segundo en que el guardaespaldas se colocó medio centímetro por delante del ángulo de tiro para cubrir el costado de ella. Y, sobre todo, había visto la chispa de complicidad salvaje, invisible para los ojos torpes de Mateo, que había cruzado las miradas de Martina y Dereck cuando el peligro estuvo a punto de estallar.
Luca dio dos pasos lentos hacia su hermana, con una media sonrisa enigmática bailándole en los labios.
—Un custodio interesante, Martina —dijo Luca en voz baja, con un tono que arrastraba una sospecha inteligente—. No parece el tipo de hombre que acepta cheques por quedarse parado en una esquina mirando el suelo.
Martina sostuvo la mirada de su hermano sin pestañear, blindando cada músculo de su rostro tras su máscara de ejecutiva.
—Es eficiente, Luca. Eso es lo único que me importa.
—Claro —susurró Luca, mirándola de reojo antes de deslizar la vista hacia Dereck con una curiosidad afilada—. Eficiente. Solo asegúrate de no olvidar una cosa, hermanita: los hombres que tienen esa mirada no se alquilan. Tienen sus propias guerras. Y tarde o temprano... cobran la factura.
Luca le dio una palmada suave en el hombro no herido y se dio la vuelta, subiendo las escaleras con paso tranquilo tras su hermano mayor.
Cuando el eco de sus pasos se extinguió en la galería superior, un silencio espeso volvió a caer sobre el vestíbulo.
Martina soltó el aire despacio por la nariz. Se giró hacia Dereck, clavándole los ojos castaños con una advertencia que vibraba con la adrenalina residual del momento.
—Casi haces que mi hermano te dispare en este vestíbulo, Dereck.
Dereck dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos hasta que su imponente figura volvió a cernirse sobre ella. La media sonrisa que curvó sus labios no tenía un ápice de sumisión; era la sonrisa oscura y peligrosa de un hombre que sabe exactamente cuánto poder tiene en las manos.
—Tu hermano no tiene la velocidad necesaria para sacar un arma antes de que yo le quiebre el brazo por tres partes, Martina —respondió él en un susurro bajo, ronco y abrasador, utilizando su nombre de pila sin el menor protocolo—. Y si vuelve a ponerte una mano encima de esa forma... voy a tener que recordarle quién tiene derecho a tocarte.
Martina sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje contra las costillas. La posesividad en las palabras de Dereck le quemó la piel como si le hubieran arrimado una brasa encendida. Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con toda la furia y el deseo que colisionaban en su pecho.
—Nadie tiene derecho a tocarme, guardaespaldas —siseó ella entre dientes, con la voz quebrándosele apenas en el filo—. Ni mis hermanos... ni tú.
Dereck bajó los ojos despacio hacia los labios de ella, con una fijeza tan devoradora que el espacio entre los dos pareció arder.
—Sigue diciéndote eso, Moretti —murmuró él, dando un paso atrás con una elegancia letal para abrir la puerta exterior—. El coche está listo. Vamos a ver si tu orgullo aguanta la reunión de esta noche.