ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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El experimento 69B
Amy salió del laboratorio y caminó por los pasillos hasta llegar a la oficina del jefe de la guarida.
Tocó la puerta dos veces.
—Adelante —se escuchó desde el interior.
Amy entró y cerró la puerta detrás de ella. El jefe permanecía sentado detrás de su escritorio, revisando varios documentos.
—Ya hice lo que me ordenó —informó Amy—. Le administré las dos inyecciones al número 69B.
El hombre levantó la mirada.
—¿Se dio cuenta de algo?
—Hizo algunas preguntas, pero no insistió demasiado. Se marchó después de recibirlas.
El jefe dejó los documentos sobre la mesa.
—Bien. Quiero que lo vigilen de cerca. Necesitamos comprobar si el tratamiento está funcionando.
—Entendido.
Amy inclinó ligeramente la cabeza y abandonó la oficina.
No sabía cómo reaccionaría el alfa, pero tenía claro que aquella vez los responsables del laboratorio no pensaban dejar escapar ningún detalle.
Mientras tanto, el alfa caminaba por los pasillos de la guarida.
Al principio solo había sentido un poco de mareo, pero, con el paso de los minutos, su estado comenzó a empeorar.
Su respiración se volvió pesada.
El sudor le recorría la frente y sentía el cuerpo cada vez más caliente. Sus mejillas estaban enrojecidas y las piernas apenas le respondían.
—¿Qué… me está pasando? —murmuró.
Se apoyó contra la pared, intentando recuperar el equilibrio.
Recordó las dos inyecciones que le habían administrado.
—Malditos científicos…
Apretó los dientes y continuó avanzando hasta llegar a su habitación.
Cerró la puerta y se quitó las vendas de los ojos. Después se sentó en el borde de la cama, respirando con dificultad.
Intentó tranquilizarse.
—Solo necesito descansar un poco…
Pero el mareo aumentó repentinamente.
El alfa trató de levantarse para alcanzar un vaso de agua, aunque sus piernas flaquearon antes de que pudiera dar un paso.
—Espera… No…
Cayó al suelo y perdió el conocimiento.
La habitación quedó en silencio.
Unos minutos después, dos hombres vestidos con batas blancas entraron en la habitación.
Uno de ellos se arrodilló junto al alfa y comprobó su estado.
—Está inconsciente.
—Tenemos que llevarlo al laboratorio inmediatamente —respondió el otro—. El jefe quiere que lo examinemos.
Entre ambos lo trasladaron hasta las instalaciones médicas.
Lo colocaron sobre una camilla y le sujetaron las muñecas y los tobillos con correas de seguridad, siguiendo el protocolo que utilizaban con los sujetos experimentales.
Después comenzaron a revisar sus signos vitales.
—Su temperatura está elevada —comentó uno de los científicos—. Y su pulso es irregular.
—Prepara el equipo para tomar muestras. Necesitamos averiguar qué está provocando esta reacción.
El segundo hombre preparó los instrumentos mientras su compañero revisaba los resultados de las pruebas anteriores.
Un rato después, el alfa comenzó a recuperar el conocimiento.
Abrió lentamente los ojos.
La luz blanca del techo lo obligó a parpadear varias veces. Sentía la cabeza pesada y el cuerpo débil.
Intentó incorporarse, pero algo se lo impidió.
Bajó la mirada.
Sus muñecas estaban sujetas a la camilla.
—¿Qué…? —Su voz salió ronca—. ¿Dónde estoy?
Giró la cabeza y descubrió a dos hombres con batas blancas junto a una mesa llena de instrumentos médicos.
De inmediato, tiró de las correas.
—¡¿Qué demonios hacen?! ¡Suéltenme!
Uno de los científicos se acercó.
—Tranquilízate. No te muevas demasiado.
—¡He dicho que me sueltes! —gruñó el alfa, intentando liberarse—. ¡¿Quién les dio permiso para atarme?!
El hombre ni siquiera se inmutó.
—Necesitamos realizar unas pruebas.
—¡No necesito sus pruebas!
El científico tomó una bandeja y preparó el material para extraerle sangre.
El alfa reconoció los instrumentos y comenzó a forcejear con más fuerza.
—¡No! ¡Aléjate de mí!
—Si sigues moviéndote, será más difícil terminar —respondió el hombre con frialdad.
El segundo científico sujetó su brazo para facilitar el procedimiento.
El alfa intentó apartarse, pero las correas lo mantenían inmovilizado.
—Por favor… —se le escapó en voz baja.
Los dos hombres se quedaron quietos durante un instante.
Era extraño escucharlo suplicar. El número 69B siempre había sido conocido por su carácter agresivo y por no mostrar miedo ante nadie.
Pero en aquel momento estaba enfermo, confundido y completamente indefenso.
El científico que tenía la jeringa evitó mirarlo a los ojos.
—No hagas esto más difícil.
Le extrajo una muestra de sangre y la colocó en un tubo etiquetado con el código 69B.
Después la entregó a su compañero.
—Analiza esta muestra y compárala con las anteriores. Quiero saber qué está ocurriendo.
El segundo científico se dirigió a una máquina situada al fondo del laboratorio.
Mientras tanto, el alfa permaneció inmóvil sobre la camilla, respirando con dificultad.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Cuándo van a dejarme en paz?
Ninguno respondió.
El primer científico revisó los datos registrados en una pantalla.
—Tenemos que repetir algunas pruebas. Su organismo está reaccionando de una manera que no habíamos previsto.
El alfa cerró los ojos con fuerza.
Otra vez.
Otra vez lo trataban como si no fuera una persona.
Como si su dolor no importara.
Como si el número escrito en su expediente fuera lo único que existía de él.
Y, en medio de aquella desesperación, un rostro apareció inesperadamente en su memoria.
El cabello amarillo.
Los ojos preocupados.
Aquella voz que le había preguntado si estaba bien en el parque.
Eiden.
El alfa tragó saliva y giró el rostro hacia un lado.
—Quiero irme a casa… —susurró.
Pero aquella habitación no era su hogar.
Y los hombres que lo rodeaban todavía no habían terminado con él.