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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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Una vida entre dos

El médico tragó saliva, buscando las palabras con cuidado.

—Señor… ella…

—¡Dilo de una vez! —bramó Gino, dando un paso hacia él, con los ojos desorbitados por la desesperación y una cólera más feroz de lo que nadie había visto jamás en él—. ¡No me hagas esperar! ¡Dime qué le pasa!

—Está embarazada, señor —dijo el médico de golpe, con voz firme pero suave—. La señorita está embarazada.

Gino se quedó inmóvil, como si esas palabras hubieran detenido el tiempo en la sala. Parpadeó lentamente, procesando lo que acababa de escuchar, y una expresión extraña cruzó su rostro, entre la incredulidad y la certeza repentina.

—Lo sabía —murmuró, casi para sí mismo—. Cuando tomé su pulso… sentí algo distinto. Me resultó extraño, demasiado débil. Por eso insistí. Por eso te llamé. Sabía que algo había ahí que no lograba ver.

Se giró de inmediato hacia uno de los hombres que esperaban en silencio, aún visiblemente conmocionado por lo que acababa de escuchar.

—Tú —señaló con decisión—. Ve arriba y acondiciona la habitación principal. Todo debe estar listo en diez minutos. Sábanas limpias, mantas cálidas, cortinas cerradas. Que no entre luz fuerte ni corrientes de aire.

Miró al segundo hombre.

—Ve a la cocina ahora mismo —ordenó—. Diles que preparen caldos nutritivos, frutas frescas, infusiones suaves, todo lo que sea bueno para una mujer embarazada. Que no falte nada. Que lo lleven arriba en cuanto esté listo.

Luego miró al mayordomo, que aparecía en la puerta con semblante serio.

—Tú —dijo Gino, suavizando apenas el tono—. Vigila que todo esté en orden. Que nadie entre ni la moleste. Que el ambiente sea tranquilo. Que el silencio se respete en esa ala de la casa.

Sin esperar respuesta, se agachó con una lentitud que contrastaba con su brusquedad de minutos antes, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Candance y otro por su espalda, y la alzó con cuidado como si fuera de cristal. Su cuerpo era ligero entre sus brazos, frágil, inconsciente. Y así, el hombre que minutos antes había estado dispuesto a quitarle la vida, la llevaba ahora como si fuera lo más preciado que poseía.

—Usted —le dijo al médico sin detenerse—, venga conmigo. Se queda a su lado. No se irá hasta que despierte. No me importa cuánto tiempo tarde. No se mueve de ahí hasta que ella abra los ojos.

Caminó por el pasillo en silencio, subió las escaleras despacio, evitando cualquier movimiento brusco, y la depositó suavemente sobre la cama grande de su propia habitación, cubriéndola con cuidado antes de apartarse un poco, con la mirada fija en su rostro pálido, como si temiera que si apartaba la vista, ella pudiera desaparecer.

Dos días tardó en despertar. Dos días en los que Gino apenas se alejó de esa puerta. Cuando por fin abrió los ojos, lo primero que vio fue al médico sentado junto a ella, revisando sus pulsaciones.

—Oh, Dios mío, al fin despertó, señorita —dijo él, ajustándose las gafas con evidente alivio—. Realmente me asustó. Ha estado inconsciente cuarenta y ocho horas enteras.

—¿Dónde estoy? —susurró ella, confundida, intentando incorporarse pero sintiéndose débil, pesada, extraña. Empezó a tocarse el cuerpo, el pecho, los brazos, buscando heridas, buscando el corte que había sentido antes—. ¿Qué… qué me pasó? ¿Estoy bien?

—Está en su cama, a salvo —le dijo él con amabilidad—. Pero debe cuidar mucho su salud. Lo que ha pasado no es cualquier cosa. Ha estado sometida a mucho estrés, no ha comido bien, y eso… no es lo mejor ahora mismo.

Candance lo miró con el ceño fruncido, sin comprender del todo.

—¿Qué quiere decir? ¿Estoy enferma?

—No estás enferma, señorita. Estás esperando un bebé —dijo él con una sonrisa suave—. Lleva una vida en su vientre. No puede tomar decisiones precipitadas, ni dejar de comer, ni exponerse a emociones tan fuertes. No solo se pone en peligro a usted misma. También a él.

Candance se quedó lívida. Sus manos se posaron instintivamente sobre su abdomen, como si necesitara confirmar con el tacto lo que acababa de escuchar.

—¿Embarazada? —susurró, con el corazón latiéndole de forma extraña—. ¿De cuánto tiempo?

—Casi tres meses, diría yo —respondió el médico—. Los análisis confirman todo. Pero también muestran que está muy anémica. Debe comer a sus horas, descansar, no hacer esfuerzos. Su cuerpo necesita fortalecerse para lo que viene. ¿Entiende, señorita? No puede arriesgarse así otra vez.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Gino entró despacio, apoyado perezosamente en el marco, observándola con una intensidad que la hizo estremecer.

—Al fin despiertas —dijo, sin acercarse todavía—. Creí que tendría que esperar más tiempo para hablar contigo.

Candance lo miró asustada, instintivamente apretando las sábanas contra sí misma. Gino dirigió la vista al médico.

—Retírate —ordenó—. Hablaré con ella.

El médico no necesitó que se lo repitiera. Agarró su maletín y salió de la habitación con pasos rápidos, cerrando la puerta tras de sí.

Gino avanzó despacio hacia la cama. Candance se encogió contra las almohadas, temblando como una hoja. Se detuvo al borde del colchón y la miró con una mezcla de furia contenida y algo que no lograba descifrar.

—Así que encima de fugarte —dijo con voz baja y tensa—, intentabas llevarte a mi hijo. ¿Eso era lo que planeabas, Candance? ¿Escapar para criarlo lejos de mí, como si nunca hubiera existido su padre?

Ella movió la cabeza desesperadamente, con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo no lo sabía, Gino. Te lo juro que no lo sabía. Si lo hubiera sabido… no sé qué habría hecho, pero no lo sabía. Por favor, créeme. No lo supe hasta ahora.

Él se inclinó y tomó su rostro entre las manos, sosteniéndola para que no pudiera apartar la mirada. Sus ojos la escrutaban, buscando cualquier rastro de mentira.

—Parece que no —murmuró—. Parece que realmente no lo sabías. Esos ojos tuyos… sé cuándo mienten. Y ahora no mientes. Pero eso no borra lo que hiciste. No termina tu culpa. Te pusiste en peligro a ti misma y a mi hijo. Arriesgaste lo más importante que tengo por un impulso estúpido de huir. ¿Qué debería hacer contigo, Candance?

Ella tragó saliva y bajó la cabeza, sin saber qué responder. ¿Qué podía decirle a este hombre que con chasquear los dedos podía decidir su destino y el de esa pequeña vida que empezaba a crecer dentro de ella?

Gino soltó su barbilla lentamente.

—No te haré nada por el momento —dijo, con voz más grave—. Mi hijo es lo más importante ahora. Y mientras él esté dentro de ti, te protegeré. Te cuidaré. Pero no te confundas con eso. No significa que te perdone. No significa que olvide lo que hiciste.

Candance levantó la mirada y lo vio: esa misma mirada intensa que la había fascinado y aterrorizado desde el principio. Esa mirada que ahora tenía un motivo nuevo, una razón de ser más poderosa que cualquier control que hubiera ejercido sobre ella antes. Tragó saliva, intentando recuperar algo de compostura.

—Te quedarás en esta habitación —continuó él, señalando el espacio con un gesto firme—. No saldrás de esta ala de la casa sin mi permiso. Nada de tonterías, nada de riesgos que pongan en peligro mi sangre ni mi linaje. Porque si algo le ocurre a este bebé… si siento que lo pones en riesgo aunque sea con un pensamiento… entonces lo que te espera será peor que cualquier cosa que hayas imaginado hasta ahora. ¿Entiendes? Ahora no eres solo tú. Eres parte de algo mucho más grande. Y esa vida… esa vida me pertenece tanto como te perteneces tú a mí. Así que cuídate. Cuídalo. Y no me obligues a elegir entre lo que siento por ti y lo que debo proteger. Porque ya sabes cuál será siempre mi elección.

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