Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 12: Te amo, mi reina
POV: Joaquín Zapata
Después de comer y conversar un buen rato, Gabriela se quedó sentadita a mi lado en el sofá. Yo tenía un brazo alrededor de sus hombros y ella estaba entretenida mirando algo en su celular. De vez en cuando me mostraba alguna cosa y se reía, y yo me quedaba mirándola como un bobo enamorado.
Parce, esa mujer me tenía llevado del putas, pero de la manera más bonita.
Todavía me quedaban algunas dudas por la foto que había visto, pero no quería pasarme toda la noche discutiendo. Lo único que quería era disfrutar de tenerla conmigo, sentir su compañía y olvidarme un rato de todo lo demás.
Le acaricié suavemente el cabello.
—Muñeca.
—¿Qué pasó, amor? —respondió, sin apartar la mirada del celular.
—Vení, vamos a mi habitación y te acostás en mi pecho.
Ella levantó la cara y me miró con una sonrisa pícara.
—¿Ah, sí? ¿Y usted qué pretende, pues?
Solté una carcajada.
—¡Ay, Gabriela! ¿Uno ya no puede querer abrazar a su novia o qué?
—Pues claro que puede, mi amor. Pero es que usted tiene una cara de consentido que ni pa' qué.
—Es que quiero que me consienta, ome. ¿Qué tiene de malo?
Ella dejó el celular sobre la mesa y se puso de pie.
—Bueno, pues, vamos. Pero no me vaya a salir con sus dramas otra vez.
—Se lo prometo, mi reina.
Le tomé la mano y caminamos hasta mi habitación. Ella entró primero y se sentó sobre la cama mientras yo cerraba la puerta. Después me acomodé contra las almohadas y abrí los brazos.
—Vení, muñeca.
Gabriela se acercó, se acostó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Yo la rodeé con mis brazos, acomodándola con cuidado para que estuviera cómoda. Ella suspiró y se acurrucó un poquito más.
—Ay, qué rico estar así —murmuró.
Le di un beso en la frente.
—¿Sí, mi vida?
—Sí, amor. A veces uno necesita dejar de pensar en tantas cosas y simplemente descansar.
—Entonces descansá, que yo te cuido.
Gabriela levantó la cabeza para mirarme.
—¿Y quién lo cuida a usted, ah?
—Usted, mi reina. ¿Quién más va a ser?
Sonrió y volvió a acomodarse sobre mi pecho. Yo le acariciaba el cabello despacito mientras ella jugaba con los dedos de mi mano.
Nos quedamos callados un rato. No era un silencio incómodo, de esos en los que uno siente que tiene que decir algo para llenar el espacio. Era un silencio bonito, tranquilo, de esos que permiten disfrutar de la compañía de alguien sin necesidad de hablar todo el tiempo.
La miré y sentí una ternura enorme.
—Te amo, mi reina —le dije bajito.
Ella se quedó quieta unos segundos y después alzó la mirada.
—¿Qué dijiste, amor?
Sonreí.
—Que te amo, Gabriela. Te amo mucho, muñeca.
Sus ojos se iluminaron y me acarició la mejilla.
—Yo también te quiero muchísimo, Joaquín.
—¿Muchísimo nada más? —pregunté, haciéndome el ofendido.
—¡Ay, este hombre! ¿Qué quiere, que le firme un documento ante notario?
Me eché a reír.
—No estaría mal, ome. Con sello y todo.
Ella me dio un golpecito suave en el pecho.
—Bobo.
—Pero suyo.
—Sí, mi amor. Suyo.
Le di un beso y después apoyé mi mejilla sobre su cabello. Por un momento me sentí el hombre más afortunado del mundo.
—¿Sabés qué me gusta de estar con vos? —le pregunté.
—¿Qué cosa?
—Que puedo hablarte de cualquier bobada, que puedo contarte cómo me fue en la universidad y que no tengo que hacerme el fuerte todo el tiempo. Con vos siento tranquilidad, muñeca.
Gabriela me apretó la mano.
—Yo quiero que siempre podamos hablar así, Joaquín. Que si algo nos molesta, lo conversemos sin gritarnos ni hacernos daño.
—Tenés razón, mi vida. Y por eso quiero mejorar. Hoy me dieron celos por esa foto y me dejé llevar. No quiero que pensés que voy a desconfiar de vos por todo.
Ella levantó la cabeza y me miró con dulzura.
—Vamos aprendiendo, amor. Ninguno de los dos es perfecto.
—Pero yo sí soy el más lindo de esta relación —dije, tratando de hacerla reír.
—¡Joaquín Zapata, no sea tan creído!
—¿Entonces no soy lindo?
—No dije eso, bobo.
Nos reímos juntos y ella volvió a acomodarse en mi pecho.
La abracé un poquito más, sin apretarla demasiado, y le di otro beso en la frente.
—Descansá, mi reina. Hoy no quiero que pensés en nada.
—¿Y usted?
—Yo me quedo aquí, feliz de tenerte conmigo.
Gabriela cerró los ojos mientras yo seguía acariciándole el cabello. Poco a poco, su respiración se volvió más tranquila y supe que estaba a punto de quedarse dormida.
Me quedé mirándola con una sonrisa.
Yo estaba enamorado de esa mujer, parce. Enamorado de verdad.
Y aunque sabía que nuestra relación tenía complicaciones, esa noche no quería adelantarme a los problemas del mañana. Solo quería disfrutar de aquel momento, de su confianza y de la tranquilidad de tenerla cerquita.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, mi apartamento ya no se sentía tan vacío.
Mi muñeca estaba conmigo, descansando sobre mi pecho, y yo no necesitaba nada más para sentirme feliz.
Parce yo tenía otra planes quería cojermerla bien rico la bese y le quiete todo le pase la lengua por su clitoris y ella me la chupo uyy parce así queria un mujer con experiencia después la aparté y le abrir las piernas y se la metí de una sola emboscada le di duro y la puse en 4 ella Gemia _ Ahhhhh ahhh _
finalmente acabe dentro de ella