Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Aceptar a la nieta
Un llanto sordo, entrecortado, se colaba en la oscuridad.
Mateo aguzó el oído al percibir los sollozos de una mujer. Recorrió el lugar con la mirada afilada, buscando el origen de aquel sonido.
Cuanto más avanzaba, más nítido oía aquel llanto que se acercaba.
—¡Oye! ¿Quién anda ahí? —gritó al distinguir la espalda temblorosa de una mujer.
Se aproximó para averiguar quién lloraba en un sitio tan sombrío y desolado. El sollozo sonaba desgarrador, lastimero, y a Mateo se le desbocó el corazón conforme sus pasos se acortaban.
—¿Por qué lloras aquí? —dijo, de pie tras la mujer, cuya pena podía sentir aunque aún no le veía el rostro.
Empujado por la inquietud, se acercó todavía más y se plantó frente a ella, que mantenía la cabeza gacha.
—¿Quién eres? ¿Por qué lloras en un lugar como este? —insistió.
Mateo iba a tenderle la mano, pero la mujer, que hasta entonces miraba al suelo, alzó la cara. Y entonces le vio el rostro.
El corazón le dio un vuelco.
—¡Ara!
Mateo despertó de golpe con un grito, la respiración desbocada y el rostro empapado de sudor. Se incorporó de inmediato, la mirada extraviada.
—Mateo, ¿qué te pasa? —Delia, que llevaba rato velándolo, se sobresaltó al verlo despertar con semejante alarido.
—Ara, ¿por qué estás tan pálida? ¿Por qué te veo así de deshecha? ¡Ara! ¿Dónde estás? ¿¡Dónde!?
Mateo deliraba, histérico, repitiendo el nombre de Arabella con la cara bañada en lágrimas. En su sueño, la mujer que lloraba era ella, pálida y demacrada, y para colmo cargaba a un bebé en el mismo estado lastimero.
—¡Ara! ¿Dónde estás? ¡Vuelve, te amo!
Quiso bajarse de la cama, pero como aún no se había recuperado del todo, acabó en el suelo, entre sollozos, delirando y llamando a Arabella.
—Ara, perdóname. Perdóname. —Mateo lloraba a lágrima viva, como un hombre que ha perdido el rumbo.
Delia abrazó a su hijo, que no dejaba de delirar y sollozar. Por primera vez desde que era adulto, Mateo lloraba de aquella manera tan desoladora, y a ella se le partía el alma.
—Tranquilo, cariño. Vamos a encontrar a Ara, ya verás —lo consolaba, estrechándolo entre sus brazos, incapaz de contener su propio llanto ante el estado de su hijo.
Cuando Mateo se calmó un poco, Delia, con ayuda de la enfermera, volvió a recostarlo en la cama. Aún tenía el rostro húmedo de lágrimas.
—Tienes que reponerte pronto, cariño. Tienes que buscar a Arabella y pedirle perdón —le dijo, acariciándole la cabeza.
Él permaneció callado, con la mirada vacía, pero los ojos se le llenaron de lágrimas. Verlo así era más de lo que Delia podía soportar; sentía que le desgarraban el corazón.
Se levantó y fue hacia el armario. Sacó algo de allí y se lo mostró a Mateo.
—Mira, ¿verdad que es preciosa? —dijo, enseñándole un video guardado en el propio celular de Mateo.
Se lo mostraba a propósito, para darle un motivo por el cual querer sanar.
—A mí me encanta. Y me haría feliz que te casaras con ella —añadió con la voz quebrada.
Como madre, haría cualquier cosa por la felicidad de su hijo. Si Mateo les hubiera hablado antes de esa relación, quizá nada de esto habría ocurrido. Pero ya no había vuelta atrás: lo hecho, hecho estaba, y Mateo había cometido un error garrafal.
Al ver el fragmento de video, en el que Arabella cocinaba en el apartamento —lo había grabado él mismo—, Mateo la contempló con una tristeza inmensa, las lágrimas resbalándole por ambas mejillas.
Sentía una opresión enorme en el pecho; los recuerdos junto a Arabella giraban sin cesar en su cabeza, ahondando el dolor.
—Ara —musitó entre sollozos de arrepentimiento.
En el hospital, frente a un cristal tras el cual una diminuta bebé reposaba dentro de una incubadora, otro llanto llenaba la sala de neonatos.
—Es nuestra nieta —lloraba doña Ana en brazos de su marido. La alegría de ver nacer a su primera nieta se mezclaba con una tristeza profunda por todo lo que había caído sobre su hija y sobre la niña.
—Sí, mi vida, es nuestra nieta —dijo don Hernán, igual de conmovido. Aquel hombre que en su día había dejado de hablarle a su hija ahora se arrepentía, después de ver el estado en que se hallaban la madre y la bebé.
—Perdona a Ara, Hernán. Perdónala, y aceptémoslas para quererlas.
Don Hernán solo pudo asentir, incapaz de contener las lágrimas; le dolía en el alma ver la vida de su hija envuelta en tanta pena.
—Sí, mi vida. Las voy a acoger con los brazos abiertos.
Se abrazaron, embargados por la emoción y la tristeza, rezando por la recuperación de su hija y de su nieta, que seguían luchando.
Y es que no hay padre capaz de soportar el sufrimiento de un hijo; por mucho que la decepción los hubiera herido, ese resentimiento siempre acaba venciéndose ante el amor que le tienen.