¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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La búsqueda
Cedric Vellane llevaba tres días buscando esposa y empezaba a pensar que había cometido un error al creer que sería sencillo.
La primera candidata había aceptado escucharlo con una sonrisa encantadora. Todo iba bien hasta que ella comenzó a hablar de los viajes que harían juntos, las fiestas a las que asistirían y la posibilidad de que, con el tiempo, él terminara enamorándose.
La segunda había sido todavía peor. Apenas escuchó la palabra matrimonio, empezó a preguntarle por los preparativos de la boda y por la posibilidad de tener hijos.
La tercera ni siquiera había llegado a escuchar la propuesta completa. Reconoció su apellido, se emocionó al descubrir cuánto dinero tenía y comenzó a hablar de las ventajas de convertirse en una Vellane.
Ninguna servía.
—¿Qué esperabas? —preguntó Julián, sentado frente a él en el despacho—. Estás buscando una mujer que acepte casarse contigo, finja estar enamorada delante de tu abuela y firme un documento para que te divorcies de ella cuando todo termine. No es precisamente una oferta romántica.
Cedric dejó caer la carpeta sobre el escritorio.
—No necesito romance.
—Eso ya lo sabemos. Lo que no sé es por qué crees que una mujer aceptaría todo eso sin querer nada a cambio.
—Va a recibir dinero.
Julián soltó una carcajada.
—Claro. ¿Cómo pude olvidarlo? El amor, la compañía y los sentimientos se solucionan con una transferencia bancaria.
Cedric le lanzó una mirada de advertencia.
—¿Viniste a ayudarme o a molestar?
—A divertirme. George me dijo que estabas desesperado.
—George habla demasiado.
—Y tú tienes un problema bastante divertido.
Cedric se levantó de su silla y caminó hasta el ventanal. La ciudad se extendía bajo sus pies, llena de personas que probablemente tenían preocupaciones más importantes que encontrar una esposa dispuesta a fingir durante unos meses.
Como él, por ejemplo.
Su abuela estaba enferma. No sabía cuánto tiempo le quedaba y no soportaba la idea de que se marchara creyendo que él terminaría solo, rodeado de dinero y sin nadie que lo quisiera de verdad.
No iba a prometerle amor a una desconocida. Tampoco pensaba casarse por sentimientos. Solo necesitaba encontrar una mujer discreta, razonable y capaz de comprender que aquel matrimonio sería un acuerdo.
¿Tan difícil podía ser?
Aparentemente, sí.
—Cancela las reuniones que quedan para hoy —ordenó.
—¿También la de las cuatro?
—Especialmente esa.
Julián sonrió.
—Te estás rindiendo.
—Estoy evitando perder más tiempo.
—Es una forma elegante de decirlo.
Cedric ignoró el comentario, tomó su chaqueta y salió del despacho antes de que su amigo pudiera añadir algo más.
Tenía hambre, estaba irritado y necesitaba alejarse de las carpetas, los contratos y las mujeres que parecían interesadas en convertirse en su esposa incluso antes de saber qué clase de hombre era.
O quizá sí lo sabían y, precisamente por eso, estaban tan interesadas.
Mientras conducía, recordó fugazmente el restaurante al que había ido unos días atrás.
Recordó a una camarera con ojeras marcadas, el cabello recogido de cualquier manera y una expresión de agotamiento que ni siquiera había intentado disimular. La había visto marcharse apresuradamente después de recibir una llamada, dejando su mesa sin terminar de atender.
No sabía su nombre.
Tampoco sabía nada de ella.
Pero había algo en aquella mujer que le había llamado la atención: no había intentado sonreírle de más, no había buscado prolongar la conversación ni había mostrado el menor interés en quién era él.
Simplemente había estado trabajando.
Cedric giró el volante.
Quizá estaba perdiendo el tiempo buscando en los lugares equivocados.
El restaurante estaba bastante concurrido cuando llegó.
Cedric entró, eligió una mesa junto a la ventana y dejó el teléfono sobre la superficie. Un camarero se acercó para ofrecerle el menú, pero él apenas lo miró.
Sus ojos ya habían encontrado a la mujer que buscaba.
Estaba al otro lado del salón, sosteniendo una bandeja mientras escuchaba a un cliente que hablaba con un tono cada vez más elevado.
La camarera parecía todavía más cansada que la última vez.
Tenía el uniforme impecable, aunque algunas hebras de cabello se habían soltado de su recogido. Sus movimientos eran rápidos y eficientes, pero había una tensión evidente en sus hombros.
—Le estoy diciendo que pedí el plato sin cebolla —insistió el hombre sentado frente a ella—. ¿Tan difícil es seguir una instrucción?
Ella miró el plato.
—Lo siento, señor. Voy a pedir que se lo preparen de nuevo.
—¿Y cuánto voy a tener que esperar? Llevo veinte minutos sentado aquí.
—Voy a intentar que salga lo antes posible.
—No quiero que lo intente. Quiero que haga su trabajo.
Cedric observó la escena mientras el camarero que lo había recibido esperaba a su lado.
La joven apretó los labios durante un segundo, como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente por mantener la calma.
—Entiendo que esté molesto, señor, pero le agradecería que no me hablara de esa manera. Voy a solucionar el problema.
El hombre soltó una risa desagradable.
—¿Ahora vas a enseñarme modales? Llama a tu encargado.
Ella respiró hondo.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta, pero el cliente volvió a llamarla antes de que pudiera alejarse.
—¡Y procura que esta vez lo hagan bien!
La camarera se detuvo. Por un instante, Cedric creyó que iba a contestarle algo que terminaría en una discusión mayor. Sin embargo, ella solo cerró los ojos brevemente, recuperó la bandeja y siguió caminando.
No parecía sumisa.
Parecía agotada de tener que soportar cosas que no podía permitirse discutir.
Aquello le resultó extrañamente familiar, aunque no supo por qué.
—¿Señor? —lo llamó el camarero—. ¿Ya sabe qué va a pedir?
Cedric apartó la mirada de la joven.
—Un café. Y algo de comer.
—¿Alguna preferencia?
—Lo que recomiende la casa.
El camarero se marchó.
Cedric volvió a observarla.
La mujer se encontraba junto a la barra, hablando con otro empleado. Se frotó discretamente la frente antes de recoger una nueva comanda. Cuando pasó cerca de su mesa, llevaba dos platos en una mano y una jarra en la otra.
—Disculpe —la llamó Cedric.
Ella se volvió hacia él.
—¿Sí, señor?
De cerca, pudo apreciar las sombras bajo sus ojos y la palidez de su rostro. Era hermosa, sin duda, pero no tenía la apariencia de alguien que se preocupara por serlo. Su atención estaba puesta en las mesas, en los pedidos y en el reloj que consultaba cada pocos minutos.
—¿Podría traerme un café solo?
Ella miró la comanda que sostenía.
—Ya lo pidieron para usted. Se lo traerán enseguida.
—Bien. Gracias.
La joven asintió y siguió su camino.
Eso fue todo.
Ni una sonrisa coqueta, ni una mirada prolongada, ni un intento de averiguar quién era él.
Cedric se quedó contemplándola un segundo más antes de bajar la vista hacia su teléfono.
No tenía sentido.
No sabía nada de aquella mujer. Ni siquiera había conseguido mantener una conversación de más de diez segundos con ella.
Sin embargo, mientras esperaba su café, empezó a considerar una posibilidad que hasta entonces no había tomado en serio.
Quizá no necesitaba buscar a una mujer que deseara convertirse en su esposa.
Quizá necesitaba encontrar a una que tuviera razones para aceptar un acuerdo sin confundirlo con una historia de amor.
Y aquella camarera, con su expresión cansada y su evidente falta de interés en impresionarlo, parecía muy distinta de las mujeres con las que había hablado durante los últimos días.
Cedric apoyó la espalda contra la silla.
Primero tendría que averiguar quién era.
Y, sobre todo, si estaba dispuesto a escuchar una propuesta semejante.