Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 16
Antes de que el hombre pudiera reaccionar o voltear, Milton se abalanzó sobre él como una tromba destructiva. Lo tomó por el cuello de la camisa con una fuerza descomunal y lo arrancó de encima de Alexia, estrellándolo contra la estantería de archivos con un estruendo metálico. El gerente intentó defenderse, balbuceando excusas y acusaciones falsas, pero Milton no le dio tregua. La furia ciega guiaba cada uno de sus movimientos; lo golpeó con los nudillos abiertos, una y otra vez, con una brutalidad implacable que reflejaba el terror que Alexia acababa de sufrir. Los golpes secos retumbaron en la pequeña habitación hasta que el hombre, sangrando por la nariz y el labio partido, cayó semiinconsciente al suelo, gimiendo de dolor y completamente reducido.
Milton se detuvo de golpe, respirando agitadamente, con los nudillos ensangrentados y el pecho subiendo y bajando con violencia. Apenas notó el dolor en sus manos; giró sobre sus talones y vio a Alexia acurrucada en una esquina del escritorio, temblando de pies a cabeza, con la blusa rasgada y las lágrimas surcando su rostro pálido.
En una fracción de segundo, la furia homicida de Milton se transformó en una ternura desgarradora. Se arrodilló frente a ella con rapidez, temblando tanto o más que ella, y la envolvió en sus brazos protectores.
—Ya pasó, mi amor, ya pasó. Estoy aquí. Nadie te va a volver a tocar jamás, te lo juro —susurró contra su cabello, estrechándola con desesperación mientras Alexia se aferraba a su chamarra como si fuera lo único sólido en el universo.
Minutos después, las luces azules y rojas de las patrullas policiales iluminaban el escaparate de 'El Grano de Oro'. Los oficiales entraron con linternas y rostros serios, encontrando al gerente magullado en el suelo y a una joven visiblemente traumatizada abrazada a un joven de imponente estatura que no se apartaba ni un centímetro de su lado. Tras una rigurosa revisión de las cámaras de seguridad del establecimiento —que capturaron claramente el acecho y el intento de agresión por parte del gerente—, y los testimonios temblorosos pero firmes de Alexia respaldados por la furia justiciera de Milton, los agentes determinaron los hechos con claridad meridiana. El gerente fue esposado en el acto, acusado de intento de abuso y acoso laboral agravado, mientras que la acción de Milton fue catalogada de inmediato como un acto legítimo de defensa propia y defensa de su pareja. El caso se resolvió con la destitución fulminante del individuo, su procesamiento judicial y una cuantiosa multa para los dueños del local por negligencia y tolerancia de abusos.
Los días posteriores al incidente trajeron consigo una primavera inesperada en los pasillos de la preparatoria. Ya no había secretos ni miradas furtivas desde la distancia; la prueba de fuego por la que habían atravesado había roto las últimas barreras del orgullo y el miedo. Alexia y Milton pasaban cada minuto libre juntos, desafiando con su felicidad abierta las normas no escritas del estatus social que los rodeaba.
Era común verlos en las mesas del patio central, compartiendo un almuerzo sencillo mientras las risas de Alexia resonaban con una ligereza que antes le parecía imposible. Milton la miraba con una devoción casi reverente, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el mantel a cuadros, acariciando su mano con una suavidad que contrastaba con la fuerza que había demostrado aquella noche en la cafetería. Alexia florecía a su lado; sus ojos verdes brillaban con una confianza renovada, el color había regresado a sus mejillas y la sombra del abandono parecía haberse disipado bajo el sol cálido de un amor que se sabía invencible. Se robaban besos en los rincones menos esperados de los pasillos, ajenos a los cuchicheos envidiosos de la clase alta que los observaba desde las escalinatas principales.
Esa atmósfera de dicha absoluta alcanzó su punto culminante un viernes por la mañana, cuando se publicaron los resultados oficiales de los exámenes simulacros para el ingreso a la universidad. Durante semanas, Milton había estudiado hasta altas horas de la madrugada, guiado pacientemente por Alexia, quien se había convertido en su tutora y ancla intelectual. Cuando las listas fueron colgadas en el tablero de anuncios del vestíbulo principal, un murmullo de sorpresa recorrió a los estudiantes.
Milton Vance había obtenido calificaciones sobresalientes, ubicándose en el top cinco de toda la institución, un logro académico que destrozaba por completo la etiqueta de heredero frívolo que muchos le colgaban.
Lleno de una euforia desbordante y un orgullo incontenible por el esfuerzo compartido, Milton corrió por los pasillos, esquivando a los profesores y desatendiendo las llamadas de sus compañeros, con un solo objetivo en mente: encontrar a Alexia. Sabía que ella solía refugiarse en las hileras más silenciosas de la biblioteca escolar durante el bloque libre de la mañana, repasando fichas de lectura o adelantando ensayos.
Empujó las pesadas puertas de roble de la biblioteca con una sonrisa radiante que iluminaba todo su rostro.
—¡Alexia! ¡Lo logramos! —exclamó con voz vibrante, aunque moderada por el entorno solemne de la sala—. ¡Estoy en los primeros puestos! ¡Tu esfuerzo dio fruto, mi amor!
Avanzó con pasos rápidos entre las estanterías de madera oscura, guiado por el familiar aroma a papel antiguo y cera, hasta doblar el pasillo que conducía al rincón de consulta más alejado, el sector donde las sombras de los altos estantes bloqueaban la luz directa de los ventanales.
La sonrisa se le congeló en los labios de golpe.
Entre las estanterías solitarias, acurrucada contra la base de un estante de enciclopedias polvorientas, encontró a Alexia. Estaba completamente destrozada. Tenía las rodillas contra el pecho, el rostro enterrado entre las manos y los hombros sacudidos por un llanto tan profundo, tan desgarrador y silencioso, que a Milton le pareció escuchar el sonido de su propio corazón partiéndose en dos.
—Alexia... —murmuró él, perdiendo toda la euforia en un segundo. Se arrodilló a su lado con una velocidad desesperada, extendiendo los brazos temblorosos para rodearla—. ¿Qué pasa? Mi amor, mírame. ¿Quién te ha hecho esto? ¿Estás lastimada? Dímelo, por favor.
Cuando Milton la envolvió en su abrazo protector, buscando infundirle calor y seguridad como lo había hecho tantas veces, Alexia no se calmó; por el contrario, se rompió aún más. Sollozó con un desgarro que parecía arrancarle el alma, aferrándose a su camisa con los nudillos blancos, incapaz de articular palabra alguna.
En la mente de Alexia, retumbaban con la fuerza de un trueno las palabras venenosas que los padres de Milton le habían propinado apenas diez minutos antes, cuando la habían emboscado a solas en el recibidor lateral de la biblioteca, aprovechando la ausencia momentánea de testigos. Los rostros gélidos, los ojos desprovistos de toda humanidad y las amenazas calculadas con precisión quirúrgica seguían quemándole los oídos.
«Crees que puedes jugar a la Cenicienta con nuestro hijo, niña ridícula», le había susurrado la madre de Milton con una sonrisa helada y cortesía venenosa, mientras el padre asentía con la autoridad implacable de quien posee media ciudad. «Escúchanos bien: o rompes con él hoy mismo, inventando cualquier excusa absurda, o nos encargaremos de destruir cada aspecto de tu vida y la de tu patética madre. En menos de veinticuatro horas, tu madre será despedida del hospital, su nombre será vetado en cualquier centro médico de este estado, y terminarán viviendo bajo un puente, mendigando para comer. Tienes el poder de arruinarle la vida a tu propia madre por tu capricho adolescente. Decídelo con inteligencia».
Alexia sentía que el mundo se le venía encima. No podía dejar a Milton porque lo amaba con cada célula de su ser, porque él era su refugio, su luz y su escudo en un mundo hostil. Pero tampoco podía confesarle la verdad, ni pedirle ayuda, aterrorizada de que la furia protectora de Milton contra sus propios padres desencadenara una represalia aún más brutal que destruyera no solo a ella, sino la vida entera del hombre que amaba. Atrapada en ese laberinto sin salida, con los brazos de Milton apretándola con ternura mientras él le suplicaba una respuesta que ella no podía darle, Alexia cerró los ojos con fuerza, sabiendo que su hermoso sueño de amor estaba condenado a convertirse en la más cruel de las pesadillas.