Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 12: La armadura de seda
A las cinco de la tarde del viernes, el subsótano de ciberseguridad parecía el puesto de mando de una operación de sabotaje internacional.
Chloe Bennett tenía tres pantallas abiertas: en la izquierda, el plano arquitectónico del Palazzo Visconti con las salidas de emergencia y los puntos ciegos de las cámaras; en la central, la lista de invitados confirmados por la Cámara de Comercio; y en la derecha, una transmisión en directo del tráfico entre Porta Nuova y el centro histórico.
—Davenport confirmó asistencia —dijo Chloe, arrojando una bola de papel de aluminio hacia la papelera—. Tu padre mandó a Thomas Davenport como jefe de la delegación de Hayes Global. Sabe exactamente quién eres, qué estás haciendo aquí y prometió por su paquete accionario que no te llamará «señorita Hayes» ni aunque te tropieces con una bandeja de champán.
Gabriela estaba sentada sobre una caja de servidores vacía, revisando una tableta. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris de algodón, con el pelo suelto cayéndole en ondas oscuras sobre los hombros tras haberse duchado en el vestuario de la planta baja.
—Davenport es leal a mi padre desde hace treinta años —respondió Gabriela sin levantar la vista—. No me preocupa él. Me preocupa Marco Santoro. Estará allí con la comitiva del club náutico de Génova, buscando cualquier excusa para cobrarse la humillación del lunes.
—Santoro es un idiota con traje caro, Gaby —bufó Chloe, girando en su silla ergonómica—. La verdadera bomba de tiempo es Christian Vance. Me pasé la tarde rastreando su geolocalización: su jet privado no despegó hacia Londres. Se quedó en Milán. Va a estar en la gala. Y ese tipo no solo te miró las manos en el restaurante; te analizó como si fueras un prototipo de túnel de viento.
Gabriela soltó una media sonrisa fría, guardando la tableta en su bolso:
—Vance es un jugador. Sabe que hay una apuesta sobre la mesa y va a disfrutar viendo cómo Matteo se estrella contra el muro. Mientras no abra la boca antes de tiempo, me sirve que esté cerca para mantener a Castelli ocupado.
Chloe señaló con la barbilla una funda de lona negra que colgaba de la taquilla metálica:
—Hablando de estrellarse... ¿Segura de que quieres ponerte eso? Matteo esperaba que aparecieras con un vestido de monja o con un trapo de segunda mano para burlarse de ti toda la noche.
Gabriela se puso de pie, deslizando la cremallera de la funda con un movimiento seco:
—Matteo Castelli cree que la elegancia femenina consiste en enseñar carne y sonreír como un florero de diseño. Esta noche le voy a enseñar que una mujer puede paralizar un salón entero sin regalarle ni un milímetro de piel.
A las ocho y cuarto de la noche, un Maserati Quattroporte negro azabache frenó junto al bordillo de un edificio de apartamentos discreto en Vía San Vittore.
Matteo Castelli bajó la ventanilla trasera del vehículo, tamborileando los dedos enguantados sobre el cuero de la puerta.
Iba impecable: esmoquin de corte sastre en lana fría de color azul medianoche con solapas de seda negra, camisa de piqué blanco inmaculado con botonadura oculta de ónice y una pajarita de satén anudada a mano con simetría milimétrica. Con el cabello oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula limpia y su metro ochenta y ocho de presencia atlética, Matteo parecía recién salido de la alfombra roja de Venecia.
Había decidido pasar a buscarla en persona por una razón puramente sádica: quería ver el momento exacto en que la señorita Novak se diera cuenta de que su ropa de segunda mano no tenía cabida en el palacio más aristocrático de Milán. Quería verla dudar, ruborizarse, pedirle disculpas o rogarle que la dejara quedarse en el coche.
La puerta del portal de madera antigua se abrió.
Una figura emergió a la acera iluminada por las farolas amarillas.
Matteo detuvo los dedos sobre el cuero. Los párpados se le entornaron; la respiración se le trabó en la garganta y una descarga eléctrica le bajó en línea recta por la columna vertebral.
No había vestidos floreados. No había lanas raídas ni prendas dos tallas más grandes.
Gabriela Novak vestía un esmoquin femenino de tres piezas en crepé negro mate, confeccionado con una severidad arquitectónica tan perfecta que parecía esculpido directamente sobre su anatomía.
La chaqueta, entallada en una cintura que Matteo jamás había sospechado, tenía solapas estrechas de raso negro que caían hacia un solo botón abrochado; los pantalones eran rectos, con una caída pesada y limpia que rozaba unos zapatos de salón negros de tacón fino de siete centímetros. Debajo llevaba un chaleco a juego y una camisa blanca de cuello rígido, abotonada hasta la nuez con gemelos oscuros, rematada por una corbata fina de seda negra que caía con precisión milimétrica.
El cabello oscuro estaba recogido en un moño bajo, tan pulido y tenso que destacaba la línea afilada de su mandíbula y el arco aristocrático de su cuello. Y sobre su rostro, las gafas de carey de montura gruesa ya no parecían el accesorio de una bibliotecaria: en combinación con el traje negro y la blancura inmaculada de su piel, le otorgaban el aura implacable, gélida y letal de una diplomática de alto rango lista para firmar una declaración de guerra.
Avanzaba sobre la acera con una soltura imponente, con el paso largo y seguro de quien pisa alfombras de Estado a diario.
El chófer de Matteo bajó a toda prisa para abrir la puerta trasera.
Gabriela subió al habitáculo con un movimiento fluido, sentándose en el extremo opuesto del asiento de cuero sin que la tela de su esmoquin hiciera una sola arruga. Dejó un bolso de mano rígido sobre su regazo, cruzó los tobillos y miró al frente.
El interior del Maserati se inundó de golpe con ese aroma desconcertante y sutil a almendras amargas y piel tibia que a Matteo lo estaba volviendo loco desde hacía semanas.
Matteo permaneció inmóvil durante cinco segundos interminables, con los ojos avellana clavados en el perfil de ella. El choque estético había sido tan violento que su cerebro de piloto tardó varias revoluciones en recuperar la telemetría verbal.
—Ocho y veintidós, señor Castelli —dijo ella, sin girar la cabeza, con su habitual dicción limpia y neutra—. Si el tráfico en Corso Magenta se mantiene en los parámetros previstos, llegaremos al Palazzo Visconti con tres minutos de margen antes del discurso de la Cámara de Comercio.
Matteo carraspeó, tragando saliva para lubricar una garganta que de pronto se sentía seca como el desierto.
—Novak... —su voz salió más baja y ronca de lo que pretendía—. ¿Se puede saber qué demonios lleva puesto?
Gabriela ladeó el rostro despacio. Las gafas de carey devolvieron el reflejo de las luces de la ciudad, pero debajo de los cristales, sus ojos verdes sostuvieron la mirada del italiano con una serenidad cortante:
—Un esmoquin de noche, señor Castelli. Etiqueta rigurosa según la tarjeta de invitación que usted dejó sobre mi escritorio.
Matteo soltó una risa ahogada, sacudiendo la cabeza con una mezcla de furia e incredulidad:
—Eso no es un vestido de noche. Es un uniforme de combate. Parece un banquero suizo que viene a embargarme el coche.
—El código de vestimenta exigía «Black Tie», no especificaba el uso forzoso de faldas de tul ni escotes de fantasía —replicó ella con una tranquilidad demoledora—. Y considerando que esta noche represento a la dirección ejecutiva frente a los socios de Chicago, preferí una indumentaria que comunique solvencia financiera en lugar de disponibilidad reproductiva.
Matteo sintió que la sangre le hervía bajo el cuello de piqué blanco. Se inclinó hacia ella en el asiento trasero, invadiendo el espacio hasta que su hombro rozó la lana fría de la chaqueta de Gabriela:
—¿Está insinuando que las mujeres que usan vestidos tradicionales en estas galas están comunicando disponibilidad?
Gabriela no retrocedió un milímetro. La cercanía en el espacio cerrado del coche era asfixiante: el calor corporal de Matteo, su colonia pesada de madera y esa presencia física autoritaria chocaban directamente contra su armadura de seda.
—Estoy diciendo, señor Castelli —susurró ella, bajando el tono hasta que las palabras sonaron como hielo raspado—, que usted esperaba que yo apareciera vestida como una indigente para poder regodearse frente a sus amigos de carreras y justificar su complejo de protector benevolente. Lamento haber arruinado su espectáculo antes de cruzar la puerta.
Matteo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los tendones de su cuello se recortaron bajo la piel. Sus ojos devoraron la línea del cuello de Gabriela, la sombra de su clavícula oculta bajo la camisa almidonada y la curvatura firme de unos labios que, sin una gota de carmín, tenían un tono rosado y natural que le provocaron un impulso salvaje de morderla ahí mismo para borrarle la soberbia de un solo golpe.
—Usted no ha arruinado nada todavía, Novak —gruñó él en un susurro gutural, con las pupilas encendidas en un fuego oscuro—. La noche recién empieza. Y en el Visconti va a tener que sostener esa arrogancia delante de doscientas personas que no toleran a los advenedizos.
—Sostener mi posición es mi especialidad, señor Castelli —respondió ella, mirando por la ventanilla mientras el coche doblaba hacia la entrada del palacio—. Le sugiero que revise los botones de su chaleco; parece que la irritación le está tensando el diafragma.
El Palazzo Visconti resplandecía bajo la iluminación monumental de la fachada barroca.
Decenas de fotógrafos de la prensa económica y social se agolpaban tras los cordones de terciopelo rojo mientras limusinas y deportivos de lujo descargaban a la élite financiera de Lombardía. En lo alto de la escalinata de mármol, las puertas doradas daban paso a un salón de espejos y frescos dieciochescos iluminado por arañas de cristal de Murano.
El Maserati se detuvo frente a la alfombra roja.
El aparcacoches abrió la puerta. Matteo descendió primero, ajustándose la americana con un movimiento mecánico, ofreciendo su porte de celebridad a los flashes que comenzaron a dispararse de inmediato: el soltero de oro de Milán, el piloto intocable, el heredero de la industria aeroespacial.
Matteo se giró hacia el coche y extendió la mano derecha hacia el interior, esperando que Gabriela necesitara su apoyo para descender del vehículo.
Gabriela no tomó su mano.
Bajó del coche con una agilidad seca, apoyando los tacones sobre la alfombra roja, alisándose las solapas del esmoquin con un gesto rápido de los dedos enguantados en cuero fino y colocándose a su lado con la barbilla en alto.
Los fotógrafos se quedaron mudos durante dos segundos.
Luego, el tiroteo de flashes se duplicó.
La imagen era un choque visual irresistible: Matteo Castelli con su esmoquin clásico de terciopelo y porte de galán mediterráneo, flanqueado no por la habitual modelo de turno con vestido vaporoso, sino por una mujer enfundada en un traje sastre negro de una severidad implacable, con gafas de carey y una mirada que parecía capaz de liquidar un banco central en tres firmas.
—Sonría a las cámaras, Novak —masculló Matteo entre dientes, manteniendo su sonrisa de portada mientras subían los peldaños de mármol—. O van a pensar que la traigo escoltada a un juicio por fraude fiscal.
—Prefiero que piensen que soy su abogada penalista, señor Castelli —respondió ella en un murmullo glacial, sin mover un solo músculo del rostro—. Le da a la empresa un aire de seriedad que sus últimas apariciones en las revistas del corazón habían destruido por completo.
Cruzaron el umbral del gran salón de baile.
El murmullo de conversaciones en italiano e inglés se mezclaba con el choque de las copas de cristal de Bohemia y la música suave de un cuarteto de cuerdas. En el centro de la sala, bajo un fresco colosal que representaba el triunfo de los dioses olímpicos, Giancarlo Castelli conversaba animadamente con un hombre corpulento de cabello gris plata y traje gris marengo de tres piezas: Thomas Davenport, vicepresidente ejecutivo de Hayes Global.
Al ver entrar a su hijo, Giancarlo levantó la copa de champán con una sonrisa triunfal.
Pero cuando la mirada del viejo patriarca se posó en Gabriela Novak... su copa se congeló a mitad de camino en el aire. Giancarlo abrió los ojos de par en par, ahogando una tos de asombro ante la estampa de la joven: la heredera de Chicago había llevado el juego del disfraz a un nivel de sofisticación tan letal que rozaba la genialidad táctica.
A unos metros de distancia, junto a la mesa del servicio de caviar, Christian Vance sostenía una copa de Dom Pérignon con una mano en el bolsillo del pantalón.
En cuanto los ojos azules del piloto británico barrieron la entrada y encontraron a Gabriela en su esmoquin negro, Vance soltó una carcajada limpia y deliciosa que hizo que dos baronesas milanesas se giraran a mirarlo.
Christian alzó su copa hacia Matteo en un brindis silencioso y burlón, articulando con los labios una sola palabra que el italiano leyó con perfecta claridad a través del salón:
«Horizonte».
Matteo tensó la mandíbula, sintiendo el lazo de la apuesta cerrándose alrededor de su garganta. Se giró hacia Gabriela, inclinando el rostro hacia su oído con una intensidad que hizo que varios empresarios cercanos pensaran que el magnate le estaba susurrando una confidencia íntima:
—Vance nos está mirando desde la barra, Novak. Y mi padre viene hacia aquí con el jefe de la delegación de Chicago. Espero que su libreta mental esté lista para recitar números en inglés.
Gabriela ladeó la cabeza apenas un milímetro, rozando casi la solapa del esmoquin de Matteo con la punta de su corbata negra. Sus ojos verdes brillaron detrás del carey con una calma imperial que le heló la sangre:
—Mi inglés es considerablemente más preciso que el suyo, señor Castelli. Y respecto a Chicago... no se preocupe. Estoy segura de que nos entenderemos a la perfección.
Dio un paso al frente sobre sus tacones negros, dejando a Matteo medio segundo detrás, avanzando hacia los magnates con la certeza absoluta de que esa noche la pista de baile iba a ser el escenario de su primera gran victoria.