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Ya no soy tu sustituta

Ya no soy tu sustituta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Juego de roles / Triángulo amoroso / Tú no me amas / Amante arrepentido / Amor platónico
Popularitas:279
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

023. Acoso en el bar

—¿Que adoptaran a Daniela? —preguntó Valentina.

Natalia negó con la cabeza. Se acercó un poco y bajó la voz.

—No solo eso. Le pidió a la señora Ferrer que Alejandro se casara con ella cuando creciera.

Valentina abrió mucho los ojos, sorprendida.

—¡Carajo! ¿En serio? —La voz de Mariana subió—. ¡Qué descaro para pedir eso!

—Después no sé qué le habrá dicho la señora Ferrer, pero la empleada aceptó que adoptaran a su hija como forma de agradecerle lo que hizo.

Mariana habló con desprecio.

—Claro. La señora Ferrer tiene un solo hijo. Cómo iba a casarlo con la hija de una empleada.

—Sí. Alejandro es el único heredero de los Ferrer. De ninguna manera iba a casarse con la hija de una empleada —coincidió Natalia.

Valentina tomó un sorbo de vino de frutas, pensativa. Mientras conversaban, ninguna vio a la mujer que las observaba desde cierta distancia, con una mirada feroz.

Valentina había bebido varias copas, pero tenían tan poco alcohol que no la emborrachaban. Después de charlar un rato se levantó.

—Voy al baño.

***

Al salir, dos hombres le cerraron el paso en el corredor. Uno era corpulento, de cabeza rapada y camiseta negra sin mangas, que dejaba al descubierto un brazo cubierto de tatuajes. Silbó y sonrió con una expresión extremadamente obscena.

—Guapa, ven a jugar un rato conmigo, ¿sí?

Valentina estaba respondiendo un mensaje. Al oírlo, levantó la vista. Sin llamar la atención, abrió la grabadora del teléfono y la puso en marcha. Después se lo guardó en el bolsillo.

El otro era un flacucho de pelo teñido de rubio, con un cigarrillo entre los labios.

—Está preciosa. Tiene que dar gusto tirársela.

Valentina respondió con frialdad:

—¿Acaban de comer en el baño? Porque les apesta la boca.

El rubio sonrió con aire de maleante.

—¿Cuánto por una noche? Di tu precio.

El pasillo era estrecho. No podía pasar con los dos bloqueándolo. Cruzó los brazos y se quedó donde estaba, serena.

—Velar al muerto, 800 dólares por noche. Llorar en el velorio cuesta 320 más. Banda de música fúnebre, 450. Cremación básica, 80. Con ataúd de cartón, otros 80. Si después de cremar quedan huesos enteros, triturarlos lleva un cargo de 190 por la mano de obra. ¿Quién se murió en tu familia? A partir de dos hay oferta. Cuantos más muertos, más descuento. Al llegar a 1 600 dólares, descontamos 160.

El rubio escupió, fuera de sí.

—¡Puta de mierda! ¡Encima de que te hablamos bien, nos desprecias!

El tatuado avanzó un paso con una sonrisa maliciosa y empezó a desabrocharse el cinturón.

—¿A qué juegas haciéndote la pura? Si ya te habrán usado hasta dejarte destrozada. ¿Todavía finges? ¡Hoy voy a cogerte aquí mismo!

Le hizo una señal con la barbilla al rubio.

—Vamos. La arrastramos al baño de hombres y nos divertimos bien con ella.

Los dos se acercaron. En cuanto el tatuado estuvo delante, Valentina levantó la pierna y le lanzó una patada rápida, certera y brutal a la entrepierna.

Puso en ella toda su fuerza.

—¡Aaah!

El hombre cayó al suelo con ambas manos sobre los genitales. Se encogió sobre sí mismo, retorciéndose en espasmos de dolor. Al verlo, el rubio flacucho se lanzó contra ella, agitando el puño y soltando insultos.

Valentina le sujetó el brazo y lo torció con fuerza.

Crac.

El brazo se le dislocó. Los gritos de dolor llenaron el corredor. Ella curvó los labios y entornó sus bonitos ojos.

—¿Eso es todo? Ni uno sabe pelear.

Sacó un pañuelo de papel y se limpió las manos con asco.

—Qué coincidencia. Sé un poquito de llaves de inmovilización y de combate cuerpo a cuerpo. Hace tiempo que no me ejercitaba. Ustedes me vienen bien para practicar.

Las palabras no hacían daño físico. La humillación, en cambio, era tremenda. El rubio levantó la otra mano y quiso atacarla de nuevo. Valentina lo proyectó por encima del hombro y lo estrelló contra el suelo.

Le pisó la cara y la restregó con el tacón, como si aplastara una hormiga.

—Vuelve a practicar.

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

El tatuado seguía sujetándose la entrepierna y pidiendo ayuda a gritos, con la voz desgarrada. Valentina volvió la cabeza. La tela del pantalón empezaba a mancharse de sangre.

Vaya. No había medido bien la fuerza. ¿Le habría reventado aquello de una patada?

El personal del bar llegó enseguida al oír los gritos. Al encontrarse con la escena, se quedó paralizado, sin saber qué hacer. El tatuado tenía sudor frío en la frente. Habló con dificultad desde el suelo.

—¡Me muero del dolor! ¡¿Qué miras?! ¡Llama a emergencias! ¡Me muero del dolor!

El alboroto atrajo pronto a un montón de gente. Como Valentina tardaba tanto en volver, Natalia y Mariana fueron a buscarla, preocupadas. Lo que encontraron las dejó pasmadas.

—¡Mierda! —Mariana corrió hacia ella, entre exclamaciones—. ¡Vale, volvieron tu Patada sin Sombra y tus Dieciocho Palmas Domadragones!

Natalia miró a los dos hombres que gemían y gritaban en el suelo, chasqueó la lengua y se volvió hacia su amiga.

—Vale, ¿te lastimaron?

Ella se acomodó el cabello.

—No. Entre los dos no me tocaron ni un pelo.

—¡Eres una bestia, Vale! —Mariana la miraba con admiración—. Debí haber ido a aprender combate contigo.

El personal llamó a la policía y al servicio de emergencias. Una ambulancia se llevó a los dos hombres al hospital. La policía llevó a Valentina y a la persona responsable del bar a la comisaría. Natalia y Mariana fueron también.

La gente se dispersó. Daniela salió despacio de detrás de una columna, con un brillo frío en los ojos.

Inútiles.

Dos contra una y Valentina no tenía ni un rasguño. No esperaba que aquella mujer delgada, que parecía tan frágil, supiera pelear. Unos matones de poca monta no podían con ella. La próxima vez tendría que buscar más hombres, y profesionales que se encargaran de ella.

***

Cuando llegó Alejandro, Valentina estaba declarando. En la comisaría habían revisado las cámaras y confirmado que los dos hombres habían provocado el enfrentamiento e iniciado la agresión. Ella se había defendido.

Sin embargo, el hospital informó que el tatuado estaba grave. Tenía una rotura testicular y debían evaluar las lesiones. Era muy posible que la defensa de Valentina hubiera superado los límites necesarios y se considerara excesiva.

—Por ahora no podemos dejarla ir.

Alejandro estaba a punto de llamar a sus contactos para conseguir que la soltaran. Valentina lo detuvo y se dirigió a la policía con toda calma.

—La rotura de un testículo se considera una lesión leve. La de los dos, grave. Si los dos se hubieran roto y hubiera sido necesario extirparlos, sí podría considerarse un exceso de legítima defensa. En ese caso, podrían abrir una investigación por lesiones dolosas.

Aquello entraba de lleno en su especialidad.

—Pero…

Sacó el teléfono, abrió la grabación y reprodujo el audio. Había registrado, de principio a fin, todo lo que los hombres dijeron en el corredor. Su mirada era serena. Habló despacio.

—Agente, tengo pruebas de que estos hombres pretendían violarme. Ante un delito violento como una violación, mi resistencia es razonable y justificada. No constituye un exceso de legítima defensa.

Puso el teléfono sobre la mesa, con expresión seria.

—Quiero presentar una denuncia formal. Esos hombres intentaron violarme.

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ysabel cecilia contreras
Miércoles llegó con otra 👿🤣🤣🤣🤣🤣
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